La etiqueta racista

Redacción

Por Redacción

Un puñado de episodios ocurridos durante el Mundial de Fútbol, multiplicados por la velocidad de las redes sociales, recogidos por medios extranjeros y luego amplificados en la propia Argentina, terminaron instalando un debate que excede largamente el deporte. La discusión dejó de ser táctica y deportiva para convertirse en una cuestión de identidad: ¿es la Argentina una sociedad racista? La pregunta merece ser observada con mucho cuidado porque las respuestas apresuradas suelen simplificar una realidad mucho más compleja.


Antes de colgarle a la Argentina el cartel de “país racista” conviene tomar distancia de la coyuntura y mirar a la historia. No se trata de buscar excusas ni atenuantes, sino de entender cómo se fue armando la sociedad. Recién entonces será posible preguntarse si el concepto de racismo describe con precisión el caso argentino o si, al menos en parte, se están utilizando categorías elaboradas para explicar procesos históricos distintos de otros lugares.


La Argentina no recibió una inmigración; recibió inmigraciones. No nació de una única tradición cultural, sino del aporte de muchas. Sobre la base preexistente de los pueblos originarios, españoles e italianos constituyeron las corrientes más numerosas, pero también llegaron judíos, árabes, polacos, alemanes, rusos, armenios, galeses y de muchas otras comunidades. La identidad nacional no surgió de una raíz única, sino de la convivencia -no siempre sencilla- entre tradiciones, costumbres y orígenes diversos.


Esa experiencia derivada de la construcción plural de la sociedad no prueba, por sí sola, la inexistencia del racismo, pero sí obliga a preguntarse si el concepto alcanza para definir una realidad cuya identidad se fue forjando con los ingredientes de quienes llegaron desde los más diversos rincones del mundo.


Una nación construida de ese modo no queda inmunizada contra los prejuicios; los hay y sería absurdo negarlos. Existen discriminaciones, estigmatizaciones y miradas despectivas hacia distintos grupos sociales o culturales, pero reconocer esa realidad no obliga, sin más, a aceptar la etiqueta de “país racista”. Entre admitir conductas de exclusión y sostener que el racismo constituye el rasgo definitorio de una sociedad existe una diferencia conceptual que conviene no perder de vista si se pretende discutir el problema con rigor y sin dogmatismos.


Convertir episodios concretos en la esencia de un país siempre entraña un riesgo severo de simplificación. Antes de aceptar cualquier etiqueta conviene preguntarse de qué se habla exactamente cuando se habla de “racismo”.

Porque si bajo ese término se incluyen todas las formas de marginación, el debate queda cancelado de antemano. Si, en cambio, se reserva para describir una forma específica de concebir las relaciones humanas, entonces la discusión cambia por completo. La pregunta, entonces, es si esos hechos aislados reflejan actitudes individuales y pasajeras o si de verdad alcanzan para definir a un país entero.


Esa fue precisamente la operación que comenzó a desplegarse tras el cierre del Mundial: sucesos concretos, por más condenables que resultaran, dejaron de ser analizados como tales para transformarse en la descripción de toda la Argentina.

La mira se desplazó así desde la conducta de algunos protagonistas del torneo hacia la identidad de todos los argentinos. Y, casi al mismo tiempo, empezó a jugarse otra final, la del debate sobre quiénes son los argentinos, mientras la discusión futbolística y la del comportamiento de los jugadores quedaban en segundo plano.


Lo llamativo fue que la cuestión racial, promovida por declaraciones estridentes de quienes poco saben de la realidad de la Argentina y además amplificada por los algoritmos de las redes sociales, se hizo gigante y hasta el análisis estrictamente deportivo terminó casi archivado.


Tal vez convenga preguntarse, sin ingenuidad, pero tampoco con apuro, a quien benefició este corrimiento del debate. Porque, a veces, las polémicas más intensas no sólo revelan una realidad, sino que también terminan ocultando otras. ¿Quién ganó cuando la conversación pública dejó de concentrarse en el análisis de una final perdida, para instalar la idea de que la Argentina es una nación racista?


Un puñado de episodios ocurridos durante el Mundial de Fútbol, multiplicados por la velocidad de las redes sociales, recogidos por medios extranjeros y luego amplificados en la propia Argentina, terminaron instalando un debate que excede largamente el deporte. La discusión dejó de ser táctica y deportiva para convertirse en una cuestión de identidad: ¿es la Argentina una sociedad racista? La pregunta merece ser observada con mucho cuidado porque las respuestas apresuradas suelen simplificar una realidad mucho más compleja.

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