Defender la democracia en todo el sistema educativo

La escuela no sólo enseña contenidos. También maneras de convivir, de ejercer la autoridad, de resolver conflictos y de participar en la vida social.

Por Dulce Balmaceda *

Gentileza NA.

Durante décadas dimos por sentado que ciertos derechos habían llegado para quedarse. Que la democracia era el punto de partida y no una construcción permanente. Tal vez por eso hoy resulte necesario volver a formular una pregunta que creíamos definitivamente superada: ¿sigue valiendo la pena defender la democracia?

La pregunta parece extraña. Pero la democracia, como la educación pública, el derecho a la identidad, a la salud o a la participación política, no es un dato natural. Es una construcción histórica y social. Y justamente por ello requiere ser habitada, cuidada y defendida. Cuando comenzamos a darla por sentada, también comienza a volverse más frágil.

La escuela no sólo enseña contenidos. Forma maneras de convivir, de ejercer la autoridad, de resolver conflictos y de participar en la vida colectiva. Cada decisión pedagógica, cada espacio de diálogo y cada oportunidad de construir con otros transmite una determinada concepción del poder.

Por eso la democracia no puede reducirse a un contenido curricular. Se aprende viviéndola.

Melina Furman propone enseñar estos temas comenzando por preguntas antes que por respuestas: ¿Qué sucedería si algunas personas se volvieran demasiado poderosas? ¿Cómo evitar que quienes gobiernan abusen de ese poder? ¿Existen modos de limitarlo? La fuerza de estos interrogantes reside en que obligan a pensar por qué las sociedades democráticas crean instituciones capaces de distribuir el poder y limitar su concentración.

Las respuestas a esas preguntas han ocupado durante siglos a la filosofía política. Hannah Arendt advertía que el poder no es una propiedad de quien gobierna, sino una construcción colectiva que existe mientras las personas actúan juntas y reconocen la legitimidad de las instituciones que las representan.

Por eso las democracias crean mecanismos de equilibrio, órganos colegiados y espacios de deliberación: no para obstaculizar las decisiones, sino para evitar que el poder se concentre en una sola voluntad. Philippe Meirieu traslada esa reflexión a la educación afirmando que la democracia no se aprende únicamente estudiándola, sino habitando instituciones que la practican.

Por lo tanto, entendemos, que toda institución educa, aun cuando no se lo proponga. Educa en aquello que enseña, pero también —y quizás sobre todo— en la manera en que ejerce la autoridad, distribuye el poder, escucha las diferencias y resuelve sus conflictos; también produciendo subjetividad y determinada concepción del poder.

Si aceptamos que las instituciones producen subjetividad, entonces también debemos aceptar que el modo en que se gobiernan forma una determinada subjetividad política. Tal vez hoy debamos hacernos esas mismas preguntas para mirar nuestras propias instituciones formadoras. Una institución donde el desacuerdo encuentra espacios de deliberación, forma docentes diferentes de aquella donde los conflictos se resuelven prioritariamente mediante decisiones unilaterales o sanciones.

¿Qué sucede cuando las decisiones comienzan a concentrarse en un único nivel de conducción? ¿Qué lugar ocupan los órganos colegiados cuando pierden capacidad de incidencia? ¿Puede hablarse de diálogo cuando el desacuerdo encuentra antes una sanción que una instancia de deliberación?

Estas preguntas dejan de ser teóricas cuando observamos lo que ocurre en el Nivel Superior de Río Negro. El conflicto por el reglamento de concursos, la creciente centralización de decisiones, la ausencia de ámbitos de negociación política y las recientes sanciones a autoridades de un Instituto de Formación Docente obligan a ampliar el debate. Ya no se trata sólo de discutir una resolución administrativa, sino de preguntarnos cómo concebimos el gobierno de las instituciones encargadas de formar a quienes enseñarán en las escuelas.

Porque si las futuras docentes aprenden que los conflictos institucionales se resuelven mediante sanciones antes que mediante deliberación, ¿qué concepción de la democracia estamos transmitiendo? ¿Qué idea de autoridad aprenderán a ejercer cuando sean ellas quienes conduzcan una escuela?

Las instituciones educativas no sólo enseñan democracia cuando hablan de ella; la enseñan —o la desmienten— a través de la manera en que resuelven sus propios conflictos.

La democracia no se enseña únicamente en una materia. Se aprende habitando instituciones democráticas. Y cuando esas instituciones pierden espacios reales de participación, deliberación y cogobierno, la preocupación deja de ser exclusivamente gremial o administrativa. Se convierte, inevitablemente, en una preocupación profundamente pedagógica.

* Psicóloga y Docente de Nivel Superior


Gentileza NA.

Durante décadas dimos por sentado que ciertos derechos habían llegado para quedarse. Que la democracia era el punto de partida y no una construcción permanente. Tal vez por eso hoy resulte necesario volver a formular una pregunta que creíamos definitivamente superada: ¿sigue valiendo la pena defender la democracia?

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