Marihuana y jóvenes: qué dice la ciencia sobre sus efectos en el cerebro y la salud mental
La edad de inicio, la frecuencia de consumo y la concentración de THC son factores que pueden aumentar los riesgos asociados al cannabis. Investigaciones científicas advierten sobre posibles efectos en la memoria, la atención y el aprendizaje, además de una asociación con determinados trastornos de salud mental.
Estudio recientes avanzan sobre el uso del cannabis. Foto: Gentileza.
Durante los últimos años cambió la percepción social sobre la marihuana. Su mayor aceptación y la creciente conversación sobre sus posibles usos terapéuticos hicieron que para muchos jóvenes dejara de ser percibida como una sustancia particularmente riesgosa. Sin embargo, la evidencia científica plantea una advertencia, especialmente cuando el consumo comienza durante la adolescencia: el cerebro todavía se encuentra en pleno desarrollo y puede ser particularmente vulnerable a la acción del THC, el principal componente psicoactivo del cannabis.
La marihuana es una de las sustancias psicoactivas más consumidas en el mundo. Según los datos difundidos por la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, alrededor de 269 millones de personas la utilizaron al menos una vez. En la Argentina, la Encuesta Nacional de 2023 sobre Consumos y Prácticas de Cuidado indicó que el 27,5% de la población declaró haber consumido marihuana alguna vez y ubicó en 19 años la edad promedio de inicio.
El cannabis contiene numerosos compuestos, pero dos de los más conocidos son el THC (delta-9-tetrahidrocannabinol) y el CBD (cannabidiol). El THC es el principal responsable de los efectos psicoactivos: puede producir euforia y relajación, pero también alterar la percepción del tiempo, disminuir la coordinación motora y afectar temporalmente la atención y la memoria.
El CBD no genera los mismos efectos psicoactivos. La proporción entre THC y CBD y, especialmente, la concentración de THC determinan en buena medida la potencia de un producto. Cuando el THC llega al cerebro interactúa con el sistema endocannabinoide, que interviene en procesos relacionados con la memoria, el movimiento, el apetito, el sueño y el estado de ánimo. Por eso, uno de los principales puntos de preocupación está relacionado con la edad de inicio.
Un cerebro que todavía está madurando
La adolescencia es una etapa de intenso desarrollo cerebral. Las regiones relacionadas con la planificación, el control de los impulsos, la toma de decisiones y otras funciones ejecutivas continúan madurando durante los primeros años de la adultez.
«Cuando el cannabis tiene predominancia de THC, produce efectos en nuestro neurocomputador, que es el cerebro. Recordemos que el cerebro de un joven menor de 25 años no tiene su defensa biológica completamente desarrollada», explica Eduardo Barreiro, docente de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.
Según el especialista, el consumo puede afectar la memoria y el aprendizaje a corto plazo y también favorecer ansiedad, depresión o episodios psicóticos, particularmente en personas con predisposición genética.
Esto no significa que todos los jóvenes que consumen cannabis desarrollarán un trastorno mental. La evidencia habla de un aumento del riesgo, que depende de múltiples factores: la edad de inicio, la frecuencia de consumo, la potencia del cannabis y la vulnerabilidad individual.
Cannabis y salud mental
Uno de los vínculos más estudiados es el existente entre cannabis y trastornos psicóticos. Un metaanálisis publicado en 2025 encontró una asociación entre el consumo habitual de cannabis y un mayor riesgo de desarrollar esquizofrenia, especialmente cuando el consumo comienza durante la adolescencia.
La potencia también importa. Investigaciones de la red europea EU-GEI, publicadas en The Lancet Psychiatry, encontraron una asociación entre el consumo de cannabis de alta potencia y una mayor probabilidad de presentar un primer episodio psicótico.
En personas que ya tienen esquizofrenia u otros trastornos psicóticos, además, el consumo puede agravar los síntomas y dificultar la evolución y el tratamiento. Los posibles efectos sobre las funciones cognitivas constituyen otro de los focos de investigación.
En jóvenes consumidores se han registrado dificultades vinculadas con la memoria de trabajo, la atención sostenida, el aprendizaje, el control de impulsos y otras funciones ejecutivas.
Un estudio publicado en Comprehensive Psychiatry encontró diferencias en distintas mediciones del funcionamiento intelectual entre jóvenes consumidores y señaló una reducción promedio cercana a ocho puntos en determinadas mediciones de coeficiente intelectual.
Este dato, sin embargo, debe interpretarse con cautela. El coeficiente intelectual está condicionado por numerosos factores y los estudios observacionales no permiten afirmar que el cannabis sea por sí solo responsable de una pérdida permanente de inteligencia en todas las personas que consumen.
Lo que aparece con mayor consistencia es la preocupación por el impacto que el consumo frecuente y temprano puede tener sobre determinadas funciones cognitivas. La combinación con alcohol puede potenciar además los efectos negativos sobre la coordinación motora, la atención y el comportamiento.
¿Es una droga de inicio?
La marihuana suele ser denominada «droga de inicio» porque algunas personas que posteriormente consumen otras sustancias comenzaron previamente con cannabis. Pero esto no significa que consumir marihuana conduzca inevitablemente a otras drogas. Las trayectorias de consumo son complejas y están atravesadas por factores personales, familiares, sociales y ambientales. Sí existe evidencia de que algunas personas pueden desarrollar dependencia al cannabis, y el riesgo aumenta cuando el consumo comienza durante la adolescencia y se vuelve frecuente.
Otro punto a terner en cuenta. Hablar de los riesgos del consumo recreativo no significa desconocer los usos medicinales del cannabis. En la Argentina, esta contemplado por la Ley 27.350 y determinados derivados pueden formar parte de tratamientos para patologías específicas.
Pero hay una diferencia fundamental: el cannabis medicinal no es automedicación ni equivale al consumo recreativo de marihuana. Cuando se utiliza con fines terapéuticos existe un objetivo concreto: aliviar determinados síntomas o mejorar la calidad de vida del paciente. La dosis, el tipo de derivado, la concentración de cannabinoides y la vía de administración son definidos por un profesional de la salud. Por eso, su utilización debe realizarse siempre con receta e indicación y seguimiento médico.
No se trata de consumir cannabis para experimentar sus efectos psicoactivos, sino de utilizar preparados controlados con una finalidad terapéutica determinada.
Esta diferencia resulta especialmente importante cuando se habla de niños, adolescentes y jóvenes. Que existan aplicaciones médicas del cannabis no significa que el consumo recreativo sea inocuo, del mismo modo que un tratamiento médico no puede reemplazarse por marihuana obtenida o utilizada sin control profesional.
El debate sobra la marihuana entre dos posiciones extremas
Los riesgos parecen ser mayores cuando el consumo comienza a edades tempranas, es frecuente o involucra productos con altas concentraciones de THC. También existen personas particularmente vulnerables, para quienes el cannabis puede representar un riesgo mayor de desarrollar o agravar determinados problemas de salud mental.
Por eso, prevenir no significa necesariamente demonizar. También implica informar, hablar de los riesgos y generar herramientas para que adolescentes y familias puedan tomar decisiones con conocimiento.
Y, al mismo tiempo, distinguir con claridad el uso recreativo del medicinal.
Porque una misma planta puede estar presente en dos escenarios completamente diferentes: uno en el que se busca un efecto psicoactivo y otro en el que un profesional indica un derivado controlado con un objetivo terapéutico específico.
La diferencia está en el producto, la dosis, la vía de administración, el objetivo y, fundamentalmente, en el acompañamiento médico.
Durante los últimos años cambió la percepción social sobre la marihuana. Su mayor aceptación y la creciente conversación sobre sus posibles usos terapéuticos hicieron que para muchos jóvenes dejara de ser percibida como una sustancia particularmente riesgosa. Sin embargo, la evidencia científica plantea una advertencia, especialmente cuando el consumo comienza durante la adolescencia: el cerebro todavía se encuentra en pleno desarrollo y puede ser particularmente vulnerable a la acción del THC, el principal componente psicoactivo del cannabis.
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