Carta abierta al Papa León XIV

Su visita nos renueva la vía de luz de las Bienaventuranzas. Esperamos su pastoreo, su mano tendida, su sonrisa serena y su mirada conmovida.

Por Lucrecia Casemajor

Papa León XIV. Foto: NA

Querido Papa León: llegue a Ud. la gracia y la paz de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.  

Ante su próxima visita, me atrevo a hacerle estas líneas para contarle alguito de nosotros, los argentinos, y de quienes caminan esta bella tierra nuestra. Me imagino que, habiendo estado tan cerca de nuestro Francisco, no le será difícil comprender esta osadía y pueda dejarse llevar con cariño por los caminos de nuestra jerga.

Lo primero es muy pero muy importante. Es necesario que Ud. sepa la alegría inmensa que nuestro pueblo está experimentando desde que nos dieron el aviso oficial de su visita a nuestras tierras latinoamericanas. Claro que, como buenos argentinos que somos, nuestra alegría pareciera que es mayor, porque en nuestro país, para todo, solemos ser agrandados, grandilocuentes y expertos en todología. Así que, ahora, dedicamos nuestras conversaciones a hablar de Ud. con una extremada familiaridad, como si lo conociéramos de primera mano y supiéramos de Ud. más que Ud. mismo. Somos como niños, Santo Padre. Es nuestra manera de mostrar la ternura ante este regalo tan grande de tenerlo entre nosotros.

Los argentinos también somos un poco atrevidos a la hora de expresar nuestra cercanía y enseguida acuñamos el nombre de pila para dirigirnos a alguien o lo acortamos descaradamente. Así que, para nosotros, decirle León solamente, es haberlo hecho ya de la familia. Por favor, sepa disculparnos.

Otra cosa que Ud. sabe, pero que hace bien ponerla en palabras, es que aún estamos de duelo por Francisco. Su visita es muy especial por eso, porque nos ayuda a sobrellevarlo y nos permite sentirnos hijos e hijas amados por Ud. Porque su persona de voz cuidadosa y cercana sabe que es absolutamente natural que aún se nos caigan algunas lágrimas. Gracias por su comprensión, Santo Padre.

Francisco, que dejó de ser argentino para ser del mundo entero, en el último capítulo de su libro Esperanza, la autobiografía, nos dejó todo dicho con el título: “Yo soy sólo un paso”, y se fue, dejándonos un poco huérfanos a los argentinos. Sin embargo, me arriesgo a decir que pudo despedirse con la bendición Urbi et Orbi, con la certeza de que Cristo tendría un nuevo Vicario –hermano suyo– que sin duda sería para este tiempo. Aunque esta carta es personal digo en plural: estamos encantados con la poderosa intercesión de Francisco. Me parece que se jugó entero para que Ud. sea nuestro nuevo pastor.  Recuerde, por favor, que al principio de estas líneas le dije que esto venía con osadía…

Así somos también. Es difícil ganarnos en la valentía de creer en salir adelante a pesar de tantas realidades adversas. Como las del mundo entero y como las tan nuestras, propias de un país al que le faltan tantas cosas: educación, salud, seguridad, alegría, esperanza. Y le sobran otras, como violencias varias, desnutrición, femicidios, suicidios y la lista es larga.

Nosotros siempre “le metemos para adelante”, lo que a veces cuesta hasta la vida misma. En el territorio de lo que algunos llaman el “interior” –y le confieso que nunca lo entendí–, tenemos caminos y carreteras muy deterioradas, por los camiones de la ruta del petróleo, por ejemplo, donde se matan personas todos los días por accidentes. Hablando del “oro negro”, Ud. sabe que, donde está la imparable ambición extractivista, cunde el individualismo y nos sobra droga, prostitución, trata de personas y salas de juegos.

Le cuento que muchas veces nos confundimos y, como adolescentes, cuando no sabemos hacernos cargo de las realidades de todos, decimos algunas cosas tirando la pelota afuera. Usamos con demasiada frecuencia el sustantivo colectivo “gente”, para decir lo que le pasa a otros o lo que no se quiere asumir de manera personal. Ud. me entiende.

Pero también “le metemos para adelante” cuando hay sismos, incendios, inundaciones y otras desgracias que afectan personas, paisajes y el bolsillo de los pequeños. Ahí salimos todos a mostrar la solidaridad de todo el pueblo. Sobre todo, de ese que menos tiene. Como ahora, que hay tantas personas de nuestras Cáritas, de los Hogares de Cristo y de las parroquias que noche y día entregan su vida sirviendo a los más necesitados.

Santo Padre, sucesor de Pedro: lo estamos esperandofelices y ansiosos, por supuesto. Qué bueno será verlo pisar nuestro suelo, beber de nuestra agua, conocer y gustar de cerca nuestras comidas, recorrer lugares que todos amamos, tocar manos que lo necesitan, conocer a nuestros hombres y mujeres de palmas arrugadas por el trabajo y contemplar las luchas en las que estamos inmersos día a día.

Su visita nos renueva la vía de luz de las Bienaventuranzas. Queremos recibirlo como cristianos católicos. Sin embargo, deseamos que las personas de cada creencia –sumando siempre a las devociones populares de cada rincón de nuestro territorio– se sientan sus especiales anfitriones.

Ud. también sabe que somos muy hospitalarios y recibimos con la Constitución Nacional en la mano “a toda persona que quiera habitar el suelo argentino”, aunque ahora nos hayan complicado con leyes nuevas que restringen el buen vivir de quienes han venido a nuestras tierras y desangran a pueblos originarios.

Y en nuestra amada Iglesia, “le metemos para adelante” cuando no nos cansamos de hacer saber al pueblo entero que la justicia social está inscripta en el Evangelio de Jesús. Respecto de las mujeres –todas, todas, todas– estamos dando lo mejor para que nazcan hijos robustos en el Amor y crezcan como personas hacedoras de paz. Esa es nuestra Esperanza.

Gracias, Santo Padre, porque de su mano estamos recorriendo tanto la Doctrina Social de la Iglesia, como el Concilio Vaticano II, para que cada uno y cada una, en el rincón del planeta que se encuentre, pueda sostener las grandes enseñanzas de Jesús.

Querido Papá León (sí, con acento): esperamos su pastoreo, su mano tendida, su sonrisa serena y su mirada conmovida, Santo Padre. Sin duda, su cercanía será un bálsamo para todo el pueblo argentino, tan sufriente en este momento.

Necesitamos de su serenidad. De sus maneras decir lo que hay que decir. De sus enseñanzas y reflexiones para emprender caminos de paz, desarmando las palabras y los gestos para volver a mirar rostros y escuchar voces de personas humanas, hechas a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad: las máquinas no tienen Espíritu y el nuestro está lleno de Dios.

Que el Señor bendiga la Obra de Sus Manos y que sus manos bendigan a todos los pueblos de Latinoamérica.

Que disfrute este tiempo de preparación para venir a vernos como lo estamos disfrutando nosotros. Lo amamos y Ud. lo sentirá cuando venga.

Chau, Santo Padre. Hasta prontito.


Papa León XIV. Foto: NA

Querido Papa León: llegue a Ud. la gracia y la paz de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.  

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