Vientos de cambio, manto de neblina

El presidente Javier Milei cambió la agenda política con su discurso sobre la cuestión Malvinas. El impacto posterior tiene todavía una proyección desconocida.

Por Edgardo Moreno

Si el mensaje debe resumirse en hechos, Milei anunció sanciones a empresas que colaboren con el proyecto británico de explotación petrolera en la cuenca de Malvinas; la aceleración del proyecto de una base naval en Tierra del Fuego y una convocatoria para acordar una nueva política de seguridad nacional. 

La reacción más directa del gobierno británico no llegó desde la diplomacia, sino desde el Secretario de Defensa. Wes Streeting advirtió sobre la capacidad de respuesta militar del Reino Unido. 

Casi al mismo tiempo, la revista inglesa The Economist difundió una entrevista a Milei en la que el Presidente aclaró que no es afecto a las soluciones bélicas y sugirió una discusión diplomática similar a la aplicada en el diferendo por la soberanía de Hong Kong. También aclaró que no cederá a Estados Unidos la base naval frente al canal de Beagle.  

Milei explica que su argumento más fuerte son los “vientos de cambio” en la escena global. La reorientación de los intereses geopolíticos occidentales hacia el Atlántico Sur, la demanda de Estados Unidos a sus socios de la OTAN por la guerra en Medio Oriente y la disputa comercial con China. 

El Presidente señala como una ventana de oportunidad diplomática el cambio de criterio manifestado por Donald Trump sobre Malvinas: Estados Unidos podría revisar su posición de apoyo al Reino Unido. La cuestión Malvinas estará de nuevo en escena en la asamblea de las Naciones Unidas que comienza formalmente el martes próximo. El debate irá del 22 de septiembre al 2 de octubre.  


La iniciativa que recuperó Milei con la nueva instalación de la cuestión Malvinas sorprendió a sus adversarios y forzó reacciones que fueron desde el apoyo enfático, al respaldo cauteloso y el silencio expectante. 

La mayoría del espacio opositor entiende que la causa Malvinas es tan dominante en el electorado que no conviene despertar la sospecha de mezquindades políticas. Al menos hasta saber hacia dónde orienta la Casa Rosada su estrategia diplomática y hasta dónde sostiene Trump su giro posicional. 

La cadena BBC titula desde Londres: “La respuesta de Trump es clave a medida que las demandas de Argentina se hacen más fuertes”. El presidente norteamericano es conocido por la volatilidad de sus apoyos y sus enconos.

Sólo en algunos casos la novedad que introdujo Milei fue criticada en Argentina como una movida oportunista para cambiar una agenda en la que venían predominando las objeciones al programa económico y la caída del gobierno en las encuestas. 

Los planteos sobre la solidez del plan económico se encontraron en estos días con un nuevo respaldo del secretario del Tesoro norteamericao, Scott Bessent, a la gestión del gobierno argentino. Bessent fue clave en el proceso electoral de 2025, cuando el déficit de reservas en divisas contrastaba con la mejora actual y Milei no tenía como recurso político el tercio parlamentario de bloqueo que tiene hoy. 

Cambio del viento


Para los adversarios de Milei, lo que busca el Presidente no es aprovechar los vientos de cambio geopolíticos, sino cambiar el viento interno que le sopla en contra. 

Desde la narrativa electoral no es un tema menor: el significante en disputa es el cambio. Incluso antes de la actualización de la cuestión Malvinas, lo que venía en discusión era esa idea. Milei dice que el cambio es de modelo y se consuma con la continuidad de su gobierno; la oposición sostiene que el cambio necesario es de gestión, para que Milei no sea reelegido. 

El riesgo de las críticas por Malvinas es coincidir con el título de la nota en The Economist: «El arrebato de Javier Milei sobre las islas es una marca de debilidad».

Si la tesis del escritor Giuliano da Empoli es verdadera, la política en la era de las redes sociales se puede resumir en una ecuación simple: emociones más algoritmos. Quienes pretendan ejercer el poder deben ser expertos en el manejo de datos. Para la detección de esas emociones dispersas. Para producir mensajes que las expresen. Para viralizarlas en el sentido deseado. 

El 15 de julio pasado en Atlanta, Estados Unidos, emergió una emoción dominante en la escena política. De manera imprevista, una consigna sobre las Islas Malvinas se coló en un partido de fútbol cargado de las agitaciones típicas cuando el rival es Inglaterra. 

El resultado fue agónico pero favorable. Despertó una épica adormecida en una escena de comunicación global inmejorable. Fue la emoción viral del año, complementada luego por la empatía con Lionel Messi cuando falleció su padre y la despedida final de Messi a la Selección. 

La oposición detectó esa emoción y la usó para incidir en el debate de la llamada Ley de Tierras. Tras la novedad que aportó Donald Trump a la cuestión Malvinas, Milei le arrebató a sus adversarios la ingeniería de esa emoción. Es una operación de alto riesgo, si el Gobierno y la oposición no dimensionan correctamente la magnitud de su iniciativa. 

Con el antecedente de una derrota bélica, el margen de maniobra diplomática en la cuestión Malvinas se estrechó al mínimo. 

No es menos cierto que el cambio de modelo económico y el crecimiento del eje cordillerano que visitó la jefa del FMI, Kristalina Georgieva, implican un cambio estratégico de la posición argentina. El hecho disparador apuntado por Milei es una inversión petrolera en un mundo con guerras híbridas vinculadas a la demanda energética. 

En manos de toda la política argentina está el mandato de maniobrar en ese complejo manto neblinoso detrás del cual asoma la soberanía arrebatada en Malvinas.


Si el mensaje debe resumirse en hechos, Milei anunció sanciones a empresas que colaboren con el proyecto británico de explotación petrolera en la cuenca de Malvinas; la aceleración del proyecto de una base naval en Tierra del Fuego y una convocatoria para acordar una nueva política de seguridad nacional. 

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