Cuidar al socio
El fallecido exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger tenía una definición sencilla de la diplomacia: “Es el arte de restringir el ejercicio del poder”. Referente de la corriente realista de las relaciones exteriores, consideraba que su tarea no era imponer ideologías ni moralidades, sino regular las tensiones entre los Estados y buscar un equilibrio de fuerzas que evite conflictos catastróficos. Desde esta concepción, la diplomacia debe guiarse por criterios pragmáticos antes que por principios abstractos.
En este contexto, resulta contraproducente para los intereses de Argentina y Brasil mantener la escalada verbal y política entre los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Javier Milei. El último capítulo de esta saga se vivió la semana pasada, cuando nuestro país desempeñó un papel decisivo en la huida a EE.UU. del senador y excandidato presidencial Flávio Bolsonaro, quien recibió el apoyo de Milei durante su campaña, agravios incluidos contra el ahora reelecto mandatario brasileño. Años de gestos y declaraciones alimentaron la enemistad entre los presidentes, incluso antes del inicio del mandato del libertario. Las relaciones entre ambos países atraviesan su punto más bajo en décadas, con representaciones diplomáticas reducidas al nivel de encargados de negocios.
Por el momento, esta crisis política no ha afectado el flujo comercial entre los principales socios del Mercosur, gracias a la vigencia de acuerdos previos y al contrapeso de los empresarios de ambos países, que buscan salvaguardar el clima de negocios y los mercados para sus productos.
Brasil es el principal socio comercial de Argentina desde 1991, más allá de los desequilibrios y las tensiones. Su importancia no se mide solo en volumen, sino también en calidad: es el destino de más del 60% de las manufacturas de origen industrial argentinas y del 40% de la producción automotriz. Hasta septiembre de este año, fue el principal origen y destino del intercambio comercial argentino, con el 12,7% de las exportaciones y el 21,4% de las importaciones. En los primeros nueve meses, el déficit comercial acumulado con el país vecino fue de 2.216 millones de dólares, una importante reducción en comparación con 2025.
Sin embargo, los insultos y la disputa ideológica no son inocuos y podrían comprometer, a largo plazo, la confianza entre las instituciones de dos países muy interdependientes. El deterioro de la confianza introduce incertidumbre en las cadenas de valor, detrás de las cuales hay empresas, empleos y decisiones de inversión que requieren previsibilidad.
Una menor disposición a cooperar también dificulta tratar las diferencias y reduce la capacidad para impulsar acuerdos estratégicos.
De hecho, la compleja situación política brasileña en el período poselectoral ya tiene repercusiones financieras y comerciales, principalmente por la devaluación del real, que ha llevado al tipo de cambio bilateral a niveles de los más bajos de los últimos años.
Para el sector frutícola del Alto Valle, donde el mercado brasileño es el principal comprador de peras y, en menor medida, de manzanas, esto se traduce en una pérdida de competitividad frente a los productores locales y a rivales de otros mercados. Aunque los acuerdos arancelarios y fitosanitarios del Mercosur y los convenios bilaterales protegen el ingreso de la fruta argentina, la tensión diplomática podría traducirse en trámites y controles menos ágiles en las fronteras. El turismo es otro sector que podría verse afectado por el factor cambiario. En el plano energético, Brasil necesita reemplazar con urgencia el gas que ya no le provee Bolivia, y Vaca Muerta aparece como el abastecedor natural. Pero para concretar esa posibilidad se necesitan acuerdos y financiamiento para obras de infraestructura de gran escala, que podrían complicarse por la falta de sintonía política.
El comercio puede continuar en medio de las disputas políticas, pero se pierden oportunidades de ampliarlo y se agrega una dificultad evitable. De aquí al 5 de enero, fecha de la asunción de Lula, habrá compromisos internacionales en los que diplomáticos de ambos países y los propios presidentes podrían coincidir: la Cumbre Iberoamericana de Madrid (4 y 5 de noviembre), la Cumbre del Mercosur en Montevideo (4 de diciembre) y la reunión del G20 en Florida (14 y 15 de diciembre).
Siguiendo los consejos de Kissinger, los gobiernos de ambos países deberían entender que la relación entre Argentina y Brasil es mucho más importante que la antipatía mutua de sus presidentes.
Tanto Lula como Milei tienen derecho a construir alianzas políticas regionales, pero no a costa de perjudicar a sus empresas y economías. Ambos países necesitan una diplomacia capaz de pensar más allá de simpatías y diferencias ideológicas, y de poner por delante el interés mutuo.
El fallecido exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger tenía una definición sencilla de la diplomacia: “Es el arte de restringir el ejercicio del poder”. Referente de la corriente realista de las relaciones exteriores, consideraba que su tarea no era imponer ideologías ni moralidades, sino regular las tensiones entre los Estados y buscar un equilibrio de fuerzas que evite conflictos catastróficos. Desde esta concepción, la diplomacia debe guiarse por criterios pragmáticos antes que por principios abstractos.
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