En contra del peronismo

Redacción

Por Redacción

Desde los días ya lejanos de lo que sus artífices llamaban “la Revolución Libertadora” de 1955, casi todos los gobiernos nacionales han luchado contra el peronismo. Los regímenes militares procuraron derrotarlo proscribiéndolo. Fracasaron. Los radicales o mixtos, éstos a veces con “una pata peronista”, esperaron superarlo. Fracasaron también. Y los declaradamente peronistas, entre ellos el encabezado por el mismísimo general Juan Domingo Perón, además, claro está, de la versión liderada por Carlos Menem, no disimularon el desdén que sentían por “las verdades” propias del movimiento y por aquellas fracciones que se afirmaban comprometidas con ellas. Huelga decir que fracasaron. ¿Tendrá mejor suerte la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que al iniciar su segundo mandato atacó a la “columna vertebral” del peronismo, el movimiento sindical y ya antes de las elecciones borró de las listas de candidatos a una cantidad notable de veteranos, reemplazándolos por representantes de la nueva ortodoxia kirchnerista? Aunque en los meses que siguieron al políticamente costoso conflicto con el campo, tanto el ex presidente Néstor Kirchner como su sucesora se habían acercado a las confusas estructuras peronistas y participaron de sus ritos litúrgicos, antes habían hecho gala de su desprecio por “el pejotismo”, a su entender una modalidad política penosamente anticuada. Aunque no cabe duda de que, en su forma original por lo menos, el peronismo es un movimiento retardatario, un remedo local del fascismo italiano de la primera mitad del siglo pasado, a través de los años ha evolucionado de manera tan errática que en la actualidad nadie sabe muy bien qué representa, ya que incluye en sus filas a personas comprometidas con virtualmente todas las posturas ideológicas concebibles, lo que le ha permitido desdoblarse según las circunstancias, dividiéndose para ser no sólo oficialista sino también opositor, para después reagruparse a fin de no perder contacto con el sentir mayoritario. De resultas de tanta flexibilidad, el peronismo se ha convertido en una especie de club cuyos miembros se ayudan mutuamente sin prestar mucha atención a las diferencias ideológicas presuntamente irreconciliables que en buena lógica deberían mantenerlos separados. Con todo, si bien son evidentes los beneficios aportados por el pluralismo interno que es tan característico del peronismo a partir de 1955, las desventajas resultan igualmente notorias. Además de sentirse obligados a minimizar la importancia de la conducta de “compañeros” caídos en desgracia por razones a menudo escandalosas, la tolerancia extrema propia del peronismo tardío lo ha hecho un imán irresistible para los oportunistas que a cambio de manifestaciones de obsecuencia escalan posiciones en la jerarquía política nacional. En el gobierno de Cristina, aún pueden encontrarse “militantes” que han sido sucesivamente lopezreguistas, menemistas, duhaldistas y, hasta ahora por lo menos, kirchneristas. Por motivos comprensibles, Cristina no confía demasiado en la “lealtad” de tales conversos a su causa y desearía sustituirlos por otros, de ahí su voluntad de ayudar a los jóvenes –y en algunos casos, no tan jóvenes– de La Cámpora a desalojar a los peronistas de larga trayectoria de los espacios que ocupan en el frondoso aparato político que se ha conformado en torno a ella. Lo que según parece tiene en mente la presidenta es un operativo similar al ensayado por su marido con “la transversalidad” y, en su momento, Menem cuando se las arregló, con éxito innegable, para enriquecer la clase política nacional incorporando a personajes como Carlos Reutemann, Ramón “Palito” Ortega y Daniel Scioli. Sin embargo, hasta ahora los esfuerzos de Cristina no han brindado resultados muy promisorios. Desgraciadamente para ella, ningún militante de la agrupación formada por su hijo parece poseer el talento, o el atractivo, de los transformados en políticos profesionales por Menem. Por lo demás, hay motivos para temer que muchos estén más interesados en encontrar un nicho provechoso en el sector público o el con frecuencia lucrativo mundillo político que en otra cosa, lo que hace pensar que se asemejan demasiados a aquellos oportunistas de lealtades cambiadizas que, para indignación de la presidenta, pululan en el peronismo tradicional.


Desde los días ya lejanos de lo que sus artífices llamaban “la Revolución Libertadora” de 1955, casi todos los gobiernos nacionales han luchado contra el peronismo. Los regímenes militares procuraron derrotarlo proscribiéndolo. Fracasaron. Los radicales o mixtos, éstos a veces con “una pata peronista”, esperaron superarlo. Fracasaron también. Y los declaradamente peronistas, entre ellos el encabezado por el mismísimo general Juan Domingo Perón, además, claro está, de la versión liderada por Carlos Menem, no disimularon el desdén que sentían por “las verdades” propias del movimiento y por aquellas fracciones que se afirmaban comprometidas con ellas. Huelga decir que fracasaron. ¿Tendrá mejor suerte la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que al iniciar su segundo mandato atacó a la “columna vertebral” del peronismo, el movimiento sindical y ya antes de las elecciones borró de las listas de candidatos a una cantidad notable de veteranos, reemplazándolos por representantes de la nueva ortodoxia kirchnerista? Aunque en los meses que siguieron al políticamente costoso conflicto con el campo, tanto el ex presidente Néstor Kirchner como su sucesora se habían acercado a las confusas estructuras peronistas y participaron de sus ritos litúrgicos, antes habían hecho gala de su desprecio por “el pejotismo”, a su entender una modalidad política penosamente anticuada. Aunque no cabe duda de que, en su forma original por lo menos, el peronismo es un movimiento retardatario, un remedo local del fascismo italiano de la primera mitad del siglo pasado, a través de los años ha evolucionado de manera tan errática que en la actualidad nadie sabe muy bien qué representa, ya que incluye en sus filas a personas comprometidas con virtualmente todas las posturas ideológicas concebibles, lo que le ha permitido desdoblarse según las circunstancias, dividiéndose para ser no sólo oficialista sino también opositor, para después reagruparse a fin de no perder contacto con el sentir mayoritario. De resultas de tanta flexibilidad, el peronismo se ha convertido en una especie de club cuyos miembros se ayudan mutuamente sin prestar mucha atención a las diferencias ideológicas presuntamente irreconciliables que en buena lógica deberían mantenerlos separados. Con todo, si bien son evidentes los beneficios aportados por el pluralismo interno que es tan característico del peronismo a partir de 1955, las desventajas resultan igualmente notorias. Además de sentirse obligados a minimizar la importancia de la conducta de “compañeros” caídos en desgracia por razones a menudo escandalosas, la tolerancia extrema propia del peronismo tardío lo ha hecho un imán irresistible para los oportunistas que a cambio de manifestaciones de obsecuencia escalan posiciones en la jerarquía política nacional. En el gobierno de Cristina, aún pueden encontrarse “militantes” que han sido sucesivamente lopezreguistas, menemistas, duhaldistas y, hasta ahora por lo menos, kirchneristas. Por motivos comprensibles, Cristina no confía demasiado en la “lealtad” de tales conversos a su causa y desearía sustituirlos por otros, de ahí su voluntad de ayudar a los jóvenes –y en algunos casos, no tan jóvenes– de La Cámpora a desalojar a los peronistas de larga trayectoria de los espacios que ocupan en el frondoso aparato político que se ha conformado en torno a ella. Lo que según parece tiene en mente la presidenta es un operativo similar al ensayado por su marido con “la transversalidad” y, en su momento, Menem cuando se las arregló, con éxito innegable, para enriquecer la clase política nacional incorporando a personajes como Carlos Reutemann, Ramón “Palito” Ortega y Daniel Scioli. Sin embargo, hasta ahora los esfuerzos de Cristina no han brindado resultados muy promisorios. Desgraciadamente para ella, ningún militante de la agrupación formada por su hijo parece poseer el talento, o el atractivo, de los transformados en políticos profesionales por Menem. Por lo demás, hay motivos para temer que muchos estén más interesados en encontrar un nicho provechoso en el sector público o el con frecuencia lucrativo mundillo político que en otra cosa, lo que hace pensar que se asemejan demasiados a aquellos oportunistas de lealtades cambiadizas que, para indignación de la presidenta, pululan en el peronismo tradicional.

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