La carrera empieza
Para muchos, el largo y muy prolongado proceso electoral que arrancó en Estados Unidos con el “caucus” –una especie de asamblea popular fragmentada– que se realizó el lunes en Iowa, ha de ser motivo de extrañeza. ¿No sería mejor ahorrarse tantas complicaciones nombrando a dedo a los candidatos de los dos partidos principales, el Demócrata y el Republicano, como hicimos el año pasado en que todo fue arreglado por los jefes partidarios bien antes de celebrarse las primarias formales? Si a alguien se le ocurriera sugerirles dicha alternativa a los norteamericanos, la mayoría contestaría con una mezcla de desconcierto e indignación. Cuando de la política se trata, les interesa menos la eficiencia de los mecanismos que la necesidad de que los precandidatos se permitan interrogar no sólo por los periodistas sino también por cualquier ciudadano deseoso de saber sus opiniones sobre los problemas que, de resultar elegidos, tendrían que enfrentar. Así, pues, desde hace varios meses, una docena de aspirantes republicanos, algunos meramente testimoniales pero otros con esperanzas genuinas de alcanzar la Casa Blanca, está protagonizando una serie de debates televisivos en los que intentan explicar sus propias posturas frente a una gama muy amplia de temas y hundir a sus rivales. Aunque por lo general su desempeño no ha sido muy impresionante, es innegable que los debates han servido para que sus compatriotas se familiarizaran con sus respectivas ideas, propuestas, trayectorias y características personales. En el campo demócrata, todo será más sencillo por ser cuestión del partido actualmente oficialista, pero para resultar reelegido el presidente Barack Obama también tendrá que participar de debates públicos con sus eventuales rivales internos y, desde luego, con el sobreviviente de la larga carrera de obstáculos republicana. En Iowa triunfó, por un margen sumamente estrecho, el ex gobernador del Estado de Massachusetts, Mitt Romney, un político considerado moderado según las pautas del Partido Republicano, sobre el conservador social, dueño del voto evangélico, pero así y todo amigo del estatismo Rick Santorum y, por apenas cuatro puntos, sobre el ultraconservador Ron Paul, un anciano aislacionista que a veces brinda la impresión de estar a favor de la abolición de buena parte del gobierno mismo, incluyendo a la Reserva Federal, un planteo que le ha merecido el apoyo fervoroso de quienes sueñan con cambios realmente drásticos. Aunque Iowa dista de ser un Estado representativo, el que Romney sólo haya conseguido el 25% de los votos refleja la hostilidad hacia su persona que siente el ala más conservadora del republicanismo que lo cree excesivamente tibio, casi un oficialista. Puede que en otras partes de Estados Unidos el hombre de Massachusetts logre distanciarse de Santorum y Paul, pero aun así tendría que superar el desafío planteado por Newt Gingrich, un republicano de cierta altura intelectual que no se esforzó por congraciarse con la gente de Iowa pero podría conseguir el respaldo de muchos en las zonas industriales de su país. Aunque a juicio incluso del grueso de sus correligionarios demócratas la gestión Obama ha sido decepcionante –su índice de aprobación está por debajo del 50%–, y la persistencia de una tasa elevada de desempleo le costaría muchos votos, el presidente norteamericano se ve favorecido por la lucha virulenta que con toda seguridad seguirá entre el ala pragmática del republicanismo por un lado y, por el otro, los fuertes contingentes conservadores de inspiración evangélica que suelen dar prioridad a temas como los supuestos por el aborto y los matrimonios homosexuales. De resultar Romney ser el candidato de la oposición republicana, quienes lo suponen un centrista sin principios firmes podrían optar por no votar en las elecciones presidenciales de noviembre. Por lo demás, no sorprendería que en los meses próximos estallara una gran crisis internacional con su epicentro en el Oriente Medio que haría que muchos norteamericanos cerraran filas automáticamente en torno de su presidente, reduciendo así las posibilidades del candidato republicano que, por motivos evidentes, en medio de una situación peligrosa no querría criticarlo con la contundencia que ya se ha hecho rutinaria en Estados Unidos donde desde hace varios años impera un clima de crispación.
Para muchos, el largo y muy prolongado proceso electoral que arrancó en Estados Unidos con el “caucus” –una especie de asamblea popular fragmentada– que se realizó el lunes en Iowa, ha de ser motivo de extrañeza. ¿No sería mejor ahorrarse tantas complicaciones nombrando a dedo a los candidatos de los dos partidos principales, el Demócrata y el Republicano, como hicimos el año pasado en que todo fue arreglado por los jefes partidarios bien antes de celebrarse las primarias formales? Si a alguien se le ocurriera sugerirles dicha alternativa a los norteamericanos, la mayoría contestaría con una mezcla de desconcierto e indignación. Cuando de la política se trata, les interesa menos la eficiencia de los mecanismos que la necesidad de que los precandidatos se permitan interrogar no sólo por los periodistas sino también por cualquier ciudadano deseoso de saber sus opiniones sobre los problemas que, de resultar elegidos, tendrían que enfrentar. Así, pues, desde hace varios meses, una docena de aspirantes republicanos, algunos meramente testimoniales pero otros con esperanzas genuinas de alcanzar la Casa Blanca, está protagonizando una serie de debates televisivos en los que intentan explicar sus propias posturas frente a una gama muy amplia de temas y hundir a sus rivales. Aunque por lo general su desempeño no ha sido muy impresionante, es innegable que los debates han servido para que sus compatriotas se familiarizaran con sus respectivas ideas, propuestas, trayectorias y características personales. En el campo demócrata, todo será más sencillo por ser cuestión del partido actualmente oficialista, pero para resultar reelegido el presidente Barack Obama también tendrá que participar de debates públicos con sus eventuales rivales internos y, desde luego, con el sobreviviente de la larga carrera de obstáculos republicana. En Iowa triunfó, por un margen sumamente estrecho, el ex gobernador del Estado de Massachusetts, Mitt Romney, un político considerado moderado según las pautas del Partido Republicano, sobre el conservador social, dueño del voto evangélico, pero así y todo amigo del estatismo Rick Santorum y, por apenas cuatro puntos, sobre el ultraconservador Ron Paul, un anciano aislacionista que a veces brinda la impresión de estar a favor de la abolición de buena parte del gobierno mismo, incluyendo a la Reserva Federal, un planteo que le ha merecido el apoyo fervoroso de quienes sueñan con cambios realmente drásticos. Aunque Iowa dista de ser un Estado representativo, el que Romney sólo haya conseguido el 25% de los votos refleja la hostilidad hacia su persona que siente el ala más conservadora del republicanismo que lo cree excesivamente tibio, casi un oficialista. Puede que en otras partes de Estados Unidos el hombre de Massachusetts logre distanciarse de Santorum y Paul, pero aun así tendría que superar el desafío planteado por Newt Gingrich, un republicano de cierta altura intelectual que no se esforzó por congraciarse con la gente de Iowa pero podría conseguir el respaldo de muchos en las zonas industriales de su país. Aunque a juicio incluso del grueso de sus correligionarios demócratas la gestión Obama ha sido decepcionante –su índice de aprobación está por debajo del 50%–, y la persistencia de una tasa elevada de desempleo le costaría muchos votos, el presidente norteamericano se ve favorecido por la lucha virulenta que con toda seguridad seguirá entre el ala pragmática del republicanismo por un lado y, por el otro, los fuertes contingentes conservadores de inspiración evangélica que suelen dar prioridad a temas como los supuestos por el aborto y los matrimonios homosexuales. De resultar Romney ser el candidato de la oposición republicana, quienes lo suponen un centrista sin principios firmes podrían optar por no votar en las elecciones presidenciales de noviembre. Por lo demás, no sorprendería que en los meses próximos estallara una gran crisis internacional con su epicentro en el Oriente Medio que haría que muchos norteamericanos cerraran filas automáticamente en torno de su presidente, reduciendo así las posibilidades del candidato republicano que, por motivos evidentes, en medio de una situación peligrosa no querría criticarlo con la contundencia que ya se ha hecho rutinaria en Estados Unidos donde desde hace varios años impera un clima de crispación.
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