La guerra contra Scioli

Redacción

Por Redacción

Si la Argentina contara con instituciones políticas sanas, el Poder Ejecutivo nacional apoyaría la gestión del mandatario bonaerense Daniel Scioli, aunque sólo fuera por tratarse de un integrante destacado del partido gobernante pero, claro está, en nuestro país valen poco las reglas que suelen aplicarse en las democracias consolidadas. Para los kirchneristas más fervorosos, Scioli no es un aliado sino un enemigo peligroso, ya que es dueño de una base de sustentación independiente. Por lo tanto, lejos de desear que su gestión sea exitosa, quieren que fracase e irán a virtualmente cualquier extremo para que ello ocurra, razón por la que la presidenta lo obligó a aceptar a un incondicional, Gabriel Mariotto, como compañero de fórmula y en consecuencia vicegobernador. Con el propósito de esmerilar a quien es, al fin de cuentas, su jefe formal, Mariotto, con la colaboración vigorosa de la ministra de Seguridad nacional Nilda Garré, está procurando hacer pensar que la política de seguridad provincial ha sido un desastre debido a los presuntos vínculos de Scioli con los sectores más recalcitrantes, corruptos y violentos de la Policía bonaerense. Por ahora, el blanco principal de los misiles verbales disparados por Garré, Mariotto e integrantes de la agrupación La Cámpora es el ministro de Justicia y Seguridad de la provincia, Ricardo Casal. Acusan al funcionario no sólo de estar dispuesto a tolerar las actividades menos recomendables de la Bonaerense sino también del delito, para ellos más grave aún, de permitir la represión de militantes cristinistas que procuraban irrumpir sin autorización en la Legislatura bonaerense el 12 de diciembre pasado al celebrarse la jura de Scioli y Mariotto. Sea como fuere, nadie ignora que el gran objetivo del conjunto ultrakirchnerista consiste en desprestigiar al gobernador que, para su frustración, es el único político del país cuyo índice de aprobación resulta comparable con el de la presidenta. Este conflicto se asemeja mucho al que fue protagonizado hace más de diez años por el presidente Carlos Menem, quien –como ya es tradicional aquí– quería eternizarse en el poder, y el líder bonaerense Eduardo Duhalde que estaba resuelto a impedirlo porque esperaba trasladarse de la Casa de Gobierno de La Plata a la Casa Rosada. En aquella oportunidad, el gobernador logró frustrar las aspiraciones de quien había sido su padrino luego de una lucha larga y dura que contribuyó a despejar el camino para el desastre económico del 2001 y 2002. Por su estilo e ideas, Scioli tiene muy poco en común con Duhalde, pero se ve constreñido por la lógica de las circunstancias a desempeñar un rol muy parecido y no sorprendería que el desenlace del drama resultara ser el mismo. Aunque a diferencia de su antecesor no ha sabido construir un “aparato” poderoso, Scioli estará en condiciones de aprovechar en beneficio propio las dificultades económicas que ya enfrenta el gobierno de Cristina, puesto que pocos pensarán en atribuirle las penurias que pronto experimentarán los habitantes no sólo de las zonas más deprimidas del conurbano sino también de otras que son relativamente prósperas. Siempre y cuando consiga sobrevivir a las embestidas furiosas de Mariotto y sus aliados, podrá mantenerse a flote a la espera de que la estrella de Cristina termine apagándose. Por ser la cultura política argentina tan exageradamente personalista, no hay lugar en la cima para más de un solo dirigente. Lo entienden muy bien los cristinistas, razón por la que les preocupa tanto la presencia de un gobernador que, sin esforzarse, conserva un nivel de popularidad que, a juzgar por los resultados electorales más recientes, es equiparable con el de la jefa presuntamente única. Lo que en la mayoría de las democracias sería considerado una carta de triunfo en manos del oficialismo, en la versión argentina es motivo de sospecha y de rencor, de ahí los esfuerzos continuos de los intrigantes de la Casa Rosada por debilitar a Scioli, los cuales bien podrían resultarles contraproducentes ya que, entre otras cosas, sirven para que muchos bonaerenses propendan a atribuir las deficiencias de la gestión del gobernador no a sus propios errores sino a las maniobras de personajes como Mariotto, un político que, desde luego, depende por completo de su relación con la presidenta.


Si la Argentina contara con instituciones políticas sanas, el Poder Ejecutivo nacional apoyaría la gestión del mandatario bonaerense Daniel Scioli, aunque sólo fuera por tratarse de un integrante destacado del partido gobernante pero, claro está, en nuestro país valen poco las reglas que suelen aplicarse en las democracias consolidadas. Para los kirchneristas más fervorosos, Scioli no es un aliado sino un enemigo peligroso, ya que es dueño de una base de sustentación independiente. Por lo tanto, lejos de desear que su gestión sea exitosa, quieren que fracase e irán a virtualmente cualquier extremo para que ello ocurra, razón por la que la presidenta lo obligó a aceptar a un incondicional, Gabriel Mariotto, como compañero de fórmula y en consecuencia vicegobernador. Con el propósito de esmerilar a quien es, al fin de cuentas, su jefe formal, Mariotto, con la colaboración vigorosa de la ministra de Seguridad nacional Nilda Garré, está procurando hacer pensar que la política de seguridad provincial ha sido un desastre debido a los presuntos vínculos de Scioli con los sectores más recalcitrantes, corruptos y violentos de la Policía bonaerense. Por ahora, el blanco principal de los misiles verbales disparados por Garré, Mariotto e integrantes de la agrupación La Cámpora es el ministro de Justicia y Seguridad de la provincia, Ricardo Casal. Acusan al funcionario no sólo de estar dispuesto a tolerar las actividades menos recomendables de la Bonaerense sino también del delito, para ellos más grave aún, de permitir la represión de militantes cristinistas que procuraban irrumpir sin autorización en la Legislatura bonaerense el 12 de diciembre pasado al celebrarse la jura de Scioli y Mariotto. Sea como fuere, nadie ignora que el gran objetivo del conjunto ultrakirchnerista consiste en desprestigiar al gobernador que, para su frustración, es el único político del país cuyo índice de aprobación resulta comparable con el de la presidenta. Este conflicto se asemeja mucho al que fue protagonizado hace más de diez años por el presidente Carlos Menem, quien –como ya es tradicional aquí– quería eternizarse en el poder, y el líder bonaerense Eduardo Duhalde que estaba resuelto a impedirlo porque esperaba trasladarse de la Casa de Gobierno de La Plata a la Casa Rosada. En aquella oportunidad, el gobernador logró frustrar las aspiraciones de quien había sido su padrino luego de una lucha larga y dura que contribuyó a despejar el camino para el desastre económico del 2001 y 2002. Por su estilo e ideas, Scioli tiene muy poco en común con Duhalde, pero se ve constreñido por la lógica de las circunstancias a desempeñar un rol muy parecido y no sorprendería que el desenlace del drama resultara ser el mismo. Aunque a diferencia de su antecesor no ha sabido construir un “aparato” poderoso, Scioli estará en condiciones de aprovechar en beneficio propio las dificultades económicas que ya enfrenta el gobierno de Cristina, puesto que pocos pensarán en atribuirle las penurias que pronto experimentarán los habitantes no sólo de las zonas más deprimidas del conurbano sino también de otras que son relativamente prósperas. Siempre y cuando consiga sobrevivir a las embestidas furiosas de Mariotto y sus aliados, podrá mantenerse a flote a la espera de que la estrella de Cristina termine apagándose. Por ser la cultura política argentina tan exageradamente personalista, no hay lugar en la cima para más de un solo dirigente. Lo entienden muy bien los cristinistas, razón por la que les preocupa tanto la presencia de un gobernador que, sin esforzarse, conserva un nivel de popularidad que, a juzgar por los resultados electorales más recientes, es equiparable con el de la jefa presuntamente única. Lo que en la mayoría de las democracias sería considerado una carta de triunfo en manos del oficialismo, en la versión argentina es motivo de sospecha y de rencor, de ahí los esfuerzos continuos de los intrigantes de la Casa Rosada por debilitar a Scioli, los cuales bien podrían resultarles contraproducentes ya que, entre otras cosas, sirven para que muchos bonaerenses propendan a atribuir las deficiencias de la gestión del gobernador no a sus propios errores sino a las maniobras de personajes como Mariotto, un político que, desde luego, depende por completo de su relación con la presidenta.

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