El país y el Fondo
Para los resueltos a encontrar un culpable foráneo de nuestros desastres económicos, el candidato más evidente es el Fondo Monetario Internacional. A fin de desviar la atención de sus propios aportes, políticos, sindicalistas y otros lo han acusado de querer humillar a la Argentina, de obligarla, por ceguera ideológica, a tomar una sobredosis mortífera de austeridad y de participar en una conjura imperialista destinada a reducirla a la miseria más absoluta. La actitud del presidente Eduardo Duhalde no es tan distinta. Aunque no ha repetido las cargas más tremendas, no cabe duda de que le gusta que la ciudadanía atribuya su silencio a nada más que el deseo de contar con la «colaboración» – es decir, con el dinero – que podría suministrarle. Asimismo, al insistir en que el futuro del país depende en buena medida de la «comprensión» del FMI, insinúa que en última instancia el responsable del estado de la economía no es el gobierno que él formalmente encabeza, sino el organismo representado aquí por «el indio» Anoop Singh.
Así las cosas, es natural que muchos hayan comenzado a hablar de la conveniencia de «romper» con el Fondo o, por lo menos, establecer una relación más «madura», de igual a igual. Puede que los partidarios de una ruptura lo ignoren, pero su punto de vista está compartido por muchos conservadores en Estados Unidos, si bien por motivos muy distintos. Según ellos, de verse constreñidos a enfrentarse con los mercados sin tener como intermediario al FMI, políticos de instintos populistas no tendrían más alternativa que llevar a cabo las reformas necesarias y también asumir la plena responsabilidad por hacerlo. Por supuesto que los enemigos declarados del FMI en nuestro país piensan de otra manera: suponen que sin el FMI podrían volver a los años cincuenta o, mejor, reeditar la revolución cubana, pero en vista de sus propias limitaciones y de lo escaso que es el interés ciudadano en tales «soluciones», sería de prever que cualquier experimento en tal sentido se frustraría en una cuestión de días.
Por desgracia, lo sucedido a partir de la caída del gobierno del presidente Fernando de la Rúa ha servido para fortalecer la posición de los conservadores norteamericanos que no lamentarían en absoluto la eventual eliminación del FMI. Lejos de ayudar a Duhalde y su equipo a animarse a tomar las medidas que posibilitarían la estabilización de una economía que está al borde de la desintegración, la presencia bien publicitada en el país de las sucesivas misiones FMI ha brindado a legisladores y sindicalistas un buen pretexto para negarse a cooperar. Asimismo, la convicción de que tarde o temprano el Fondo, debidamente alarmado por el deterioro constante, dejará de actuar con tanta «dureza», ha motivado a la clase dirigente a continuar demorando la puesta en marcha de medidas fundamentales: parecería que cree que con tal de que aguante lo suficiente recibirá el dinero necesario para seguir como si la crisis no existiera.
Por tratarse de una organización cuya función básica consiste en intentar impedir que los problemas de países determinados provoquen trastornos financieros mundiales, a los directivos del Fondo no pueden preocuparles demasiado los esporádicos exabruptos de los líderes argentinos o los modales del ministro de Economía de turno, aunque tales factores puedan incidir poderosamente en el humor de «los mercados». En consecuencia, una ruptura dramática les importaría poco si tuviera por resultado una voluntad mayor de enfrentar los muchos problemas sociales y económicos que han seguido agravándose no por la inflexibilidad de Singh sino por la escasa eficiencia del gobierno mismo, el obstruccionismo del Congreso y las particularidades de nuestra Justicia. Por lo tanto, es probable que a juicio de muchos liberales sería mejor un desenlace de este tipo que la perpetuación de la relación actual. Aunque por razones de orgullo profesional los funcionarios del Fondo se sintieran heridos si una relación menos íntima forzara a nuestros gobernantes a asumir la responsabilidad de enfrentar la crisis, sus consecuencias serían muy diferentes de las anticipadas por los demagogos e ideólogos anticapitalistas que se han persuadido de que si no fuera por la pedantería de Singh la Argentina podría prosperar sin tener que ajustar nada.
Para los resueltos a encontrar un culpable foráneo de nuestros desastres económicos, el candidato más evidente es el Fondo Monetario Internacional. A fin de desviar la atención de sus propios aportes, políticos, sindicalistas y otros lo han acusado de querer humillar a la Argentina, de obligarla, por ceguera ideológica, a tomar una sobredosis mortífera de austeridad y de participar en una conjura imperialista destinada a reducirla a la miseria más absoluta. La actitud del presidente Eduardo Duhalde no es tan distinta. Aunque no ha repetido las cargas más tremendas, no cabe duda de que le gusta que la ciudadanía atribuya su silencio a nada más que el deseo de contar con la "colaboración" - es decir, con el dinero - que podría suministrarle. Asimismo, al insistir en que el futuro del país depende en buena medida de la "comprensión" del FMI, insinúa que en última instancia el responsable del estado de la economía no es el gobierno que él formalmente encabeza, sino el organismo representado aquí por "el indio" Anoop Singh.
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