Consuelo de tontos

El debate acerca del proteccionismo no debería basarse en las contradicciones patentes del gobierno de Bush.

Redacción

Por Redacción

Como siempre ha sido notorio, la conducta de muchos gobiernos de países ricos raramente ha estado a la altura de las virtudes que predican sus voceros. Dicen estar en favor del libre comercio, pero bajo diversos pretextos protegen aquellas actividades que por motivos por lo común electorales afirman considerar «estratégicas» o «socialmente importantes», de ahí los inmensos subsidios agrícolas europeos y, últimamente, estadounidenses que tanto nos han perjudicado. Asimismo, escándalos financieros gigantescos como el protagonizado por la empresa texana Enron, multinacional cuyo colapso ha amenazado con salpicar a la Casa Blanca, sirven para que los sermones en torno de la corrupción de los funcionarios norteamericanos parezcan hipócritas.

Puesto que hace muy poco la clase dirigente argentina fue blanco de una andanada de críticas disparada por el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, es comprensible que el informe más reciente de la fundación alemana Transparencia Internacional sobre la voluntad de las empresas de las naciones más poderosas de pagar sobornos para conseguir contratos en el «Tercer Mundo» haya sido recibido con cierta satisfacción por los convencidos de que, por ser la corrupción un mal universal, no deberíamos preocuparnos demasiado por el hecho de que la Argentina sea considerada uno de los países más corruptos del planeta, casi a la par de algunas cleptocracias africanas. Según Transparencia Internacional, las empresas norteamericanas, si bien están menos dispuestas a ofrecer sobornos que sus equivalentes rusas, chinas e italianas, suelen ser decididamente menos virtuosas que las alemanas, británicas, escandinavas o australianas. Dicho de otro modo, a pesar de que la legislación norteamericana ha prohibido a los ciudadanos estadounidenses sobornar a funcionarios públicos en cualquier parte del mundo, algunas empresas norteamericanas siguen participando en lo que Transparencia Internacional califica de «una alianza nefasta» entre empresarios sin escrúpulos del mundo desarrollado y las elites políticas de los países más pobres.

Con todo, si bien es natural que muchos políticos locales se hayan habituado a reaccionar frente a la evidencia de los pecados ajenos tomándola por una reivindicación de sus propias flaquezas, tal actitud es contraproducente. Por cierto, el debate acerca de los hipotéticos beneficios o desventajas que ocasionarían medidas proteccionistas determinadas no debería basarse en las contradicciones patentes del gobierno del presidente norteamericano George W. Bush o de aquel de su homólogo francés Jacques Chirac, sino en las consecuencias concretas que tendrían su aplicación para nuestro país. Además, convendría tomar en cuenta una realidad que muchos lobbistas preferirían pasar por alto: los países ricos están en condiciones de permitirse lujos que nos están prohibidos. Si por razones electoralistas el gobierno de los Estados Unidos quiere obligar a los contribuyentes norteamericanos a subsidiar a fabricantes de acero o a granjeros, pueden hacerlo porque tiene acceso al dinero necesario. En cambio, en la actualidad los contribuyentes de nuestro país no están en condiciones de subsidiar a nadie, de suerte que una estrategia proteccionista serviría para enriquecer a una minoría a costa de la depauperación de muchos otros.

Asimismo, no cabe ninguna duda de que la corrupción es intrínsecamente mala no sólo por razones éticas sino también porque, al favorecer a los ya privilegiados en desmedro de los demás, actúa como un freno contra el desarrollo y por lo tanto contribuye a agravar la pobreza y la exclusión. Puede que los países relativamente ricos como Italia, Francia y Estados Unidos se las hayan arreglado para progresar a pesar de índices de corrupción que siempre han sido superiores a los atribuidos a la mayoría de las naciones avanzadas, en especial las escandinavas, pero esto no quiere decir que a la Argentina le conviniera tolerar la corrupción como si sólo se tratara de un detalle pintoresco sin importancia real. Lejos de ser más permisivos de lo que son los gobernantes del mundo rico, los dirigentes argentinos deberían ser mucho más severos porque nuestros problemas son incomparablemente más graves y nuestros recursos son más limitados.


Como siempre ha sido notorio, la conducta de muchos gobiernos de países ricos raramente ha estado a la altura de las virtudes que predican sus voceros. Dicen estar en favor del libre comercio, pero bajo diversos pretextos protegen aquellas actividades que por motivos por lo común electorales afirman considerar "estratégicas" o "socialmente importantes", de ahí los inmensos subsidios agrícolas europeos y, últimamente, estadounidenses que tanto nos han perjudicado. Asimismo, escándalos financieros gigantescos como el protagonizado por la empresa texana Enron, multinacional cuyo colapso ha amenazado con salpicar a la Casa Blanca, sirven para que los sermones en torno de la corrupción de los funcionarios norteamericanos parezcan hipócritas.

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