Otra forma de imponer austeridad
Hace apenas un año la teocracia de Sudán aceptaba renuente, pero pacíficamente, la secesión del sur de su país. Nació así Sudán del Sur, el Estado más joven de la comunidad internacional. El norte es, recordemos, una nación predominantemente árabe y el sur, en cambio, una mayoritariamente cristiana y animista. Para Sudán del Norte, económicamente, la secesión ha sido un golpe realmente tremendo, porque perdió el control de los principales yacimientos de hidrocarburos que quedaron en la jurisdicción de Sudán del Sur. Ellos eran su principal fuente de ingresos y divisas. De ese modo el Norte perdió unos 2.400 millones de dólares de ingresos anuales de los que ahora ya no dispone. Pero como el crudo –originario ahora de Sudán del Sur– debe salir a los mercados a través de un oleoducto que fluye hacia el norte, el Sur debe convenir con su vecino la tarifa de transporte del caso, lo que (atento las diferencias siderales de posiciones) aún no ha sucedido. Todos pierden entonces. Al menos por ahora. El Norte no tiene ingresos petroleros (además el Sur negocia con Kenya otro posible oleoducto que evite el tránsito de su crudo por Sudán del Norte, y la dependencia que ello supone) y el Sur tampoco tiene el crudo, pero tampoco tiene ingresos, desde que no puede vender lo sustancial de su crudo si no acuerda previamente el costo del peaje a pagar por el uso del oleoducto (financiado en su momento por China, el principal comprador del crudo sudanés) que todavía pertenece al Norte. Por esto hay crecientes “ruidos” de guerra (y hasta algunas intensas escaramuzas) entre ambos países, que ciertamente preocupan a la comunidad internacional. También por esto, la situación económica del Norte se ha deteriorado sensiblemente. De allí que el autoritario gobierno de Omar al Bashir haya dispuesto medidas extraordinarias de austeridad. Entre ellas, la inmediata eliminación del fuerte subsidio a los combustibles que existía. La reacción popular de descontento no se hizo esperar y las protestas callejeras estallaron especialmente en la capital, Kartum. Con mano dura, ellas fueron inmediatamente reprimidas. A la manera de las teocracias: esto es “en nombre de Dios”. Pero “con el mazo dando”. Hay decenas de detenidos que están siendo juzgados por los tribunales penales del régimen. Las primeras condenas acaban de hacerse públicas y consumarse. Seis de los detenidos fueron condenados a recibir cincuenta latigazos en sus espaldas, los cuales les fueron propinados de inmediato, en la sala de audiencia del propio juzgado. Otros treinta presos fueron liberados, aunque con el compromiso de “no volver a dañar el orden público”. Con sus barbas en remojo, naturalmente. La austeridad duele. Pero algunos han comprobado que –en un régimen totalitario, como son por definición las teocracias– las protestas también. Mucho. En carne propia. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
Emilio J. Cárdenas (*)
Hace apenas un año la teocracia de Sudán aceptaba renuente, pero pacíficamente, la secesión del sur de su país. Nació así Sudán del Sur, el Estado más joven de la comunidad internacional. El norte es, recordemos, una nación predominantemente árabe y el sur, en cambio, una mayoritariamente cristiana y animista. Para Sudán del Norte, económicamente, la secesión ha sido un golpe realmente tremendo, porque perdió el control de los principales yacimientos de hidrocarburos que quedaron en la jurisdicción de Sudán del Sur. Ellos eran su principal fuente de ingresos y divisas. De ese modo el Norte perdió unos 2.400 millones de dólares de ingresos anuales de los que ahora ya no dispone. Pero como el crudo –originario ahora de Sudán del Sur– debe salir a los mercados a través de un oleoducto que fluye hacia el norte, el Sur debe convenir con su vecino la tarifa de transporte del caso, lo que (atento las diferencias siderales de posiciones) aún no ha sucedido. Todos pierden entonces. Al menos por ahora. El Norte no tiene ingresos petroleros (además el Sur negocia con Kenya otro posible oleoducto que evite el tránsito de su crudo por Sudán del Norte, y la dependencia que ello supone) y el Sur tampoco tiene el crudo, pero tampoco tiene ingresos, desde que no puede vender lo sustancial de su crudo si no acuerda previamente el costo del peaje a pagar por el uso del oleoducto (financiado en su momento por China, el principal comprador del crudo sudanés) que todavía pertenece al Norte. Por esto hay crecientes “ruidos” de guerra (y hasta algunas intensas escaramuzas) entre ambos países, que ciertamente preocupan a la comunidad internacional. También por esto, la situación económica del Norte se ha deteriorado sensiblemente. De allí que el autoritario gobierno de Omar al Bashir haya dispuesto medidas extraordinarias de austeridad. Entre ellas, la inmediata eliminación del fuerte subsidio a los combustibles que existía. La reacción popular de descontento no se hizo esperar y las protestas callejeras estallaron especialmente en la capital, Kartum. Con mano dura, ellas fueron inmediatamente reprimidas. A la manera de las teocracias: esto es “en nombre de Dios”. Pero “con el mazo dando”. Hay decenas de detenidos que están siendo juzgados por los tribunales penales del régimen. Las primeras condenas acaban de hacerse públicas y consumarse. Seis de los detenidos fueron condenados a recibir cincuenta latigazos en sus espaldas, los cuales les fueron propinados de inmediato, en la sala de audiencia del propio juzgado. Otros treinta presos fueron liberados, aunque con el compromiso de “no volver a dañar el orden público”. Con sus barbas en remojo, naturalmente. La austeridad duele. Pero algunos han comprobado que –en un régimen totalitario, como son por definición las teocracias– las protestas también. Mucho. En carne propia. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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