Los cazadores de la partícula divina
JAMES NEILSON
De haberse conformado los científicos con llamarlo “el bosón de Higgs”, no hubiera desatado un revuelo mundial el anuncio de que, luego de medio siglo de esfuerzos sumamente costosos, los líderes de un ejército de especialistas en física cuántica creen que por fin lo han atrapado en un túnel ubicado en la frontera entre Francia y Suiza. Aunque Peter Higgs es sin duda un teórico sumamente respetable, un representante muy digno de la tradición escocesa, ni siquiera sus admiradores más fervorosos soñarían con equipararlo con el Señor pero, felizmente para los investigadores que temen que en una etapa de vacas flacas les sea mucho más difícil conseguir los fondos multimillonarios que necesitarán para continuar con su trabajo, por motivos publicitarios el editor de un libro sobre la búsqueda del célebre bosón –sin el cual, según parece, no habría “masa”, lo que sí plantearía algunos problemas– decidió nombrarlo “la partícula de Dios”. A partir de entonces, el bosón de Higgs sería el Santo Grial de los cosmólogos más ambiciosos, el “eslabón perdido de la materia”, el aglutinante al parecer ubicuo pero así y todo virtualmente indetectable que mantenía nuestro universo tal como es. Que los científicos, entre ellos una treintena de argentinos, se hayan sentido eufóricos por el presunto descubrimiento de dicha partícula es comprensible. No sólo han logrado comprobar, casi, la existencia de algo que nos aseguran es imprescindible para que funcione el universo pero que resultaba ser extraordinariamente esquivo, ocultándose entre billones de protones, neutrones, neutrinos y otros partículas subatómicas, sino también aseveran que merced al hallazgo nos hemos acercado al día en que entendamos lo que sucedió cuando el universo se formaba. Puede que lo logren y que, como nos explicó Yves Sirois, uno de los encargados del “Gran Colisionador de Hadrones” europeo –para variar, lo llaman “la máquina de Dios”–, pronto sepamos “lo que ocurrió una billonésima de segundo después del Big Bang”, lapso en que apareció, acaso por primera vez, el bosón esencial, lo que sin duda sería magnífico e incluso podría tener un sinfín de aplicaciones prácticas apenas concebibles. Con todo, aun cuando todas las partículas, por pequeñas y huidizas que fueran, hayan sido debidamente identificadas y nombradas, y lo que siguió al Big Bang haya dejado de constituir un misterio, todavía quedarían algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué ocurrió “una billonésima de segundo” o un billón de años (si en aquel entonces hubo lo que llamamos tiempo) antes del hipotético Big Bang con el que, se supone, el cosmos irrumpió desde la nada? Bien que mal, para los legos que jamás nos familiarizáramos con los detalles recónditos que fascinan a los especialistas y que a veces dan lugar a polémicas furibundas, la teoría del Big Bang, del gran estallido en que todo habrá comenzado, explica muy poco. Decía Blaise Pascal que “el silencio eterno de los espacios infinitos me estremece”, de ahí su famosa apuesta a la existencia de Dios, es decir del ser omnipotente y omnisciente pero en ocasiones un tanto caprichoso propuesto por los monoteístas, ya que para el pensador jansenista la alternativa hubiera sido intolerable. Aunque hoy en día pocos se sienten abrumados por la vastedad del universo que, gracias al trabajo de los científicos, nos parece mucho mayor y llamativamente más extraño de lo que era a ojos de nuestros antecesores de hace tres siglos y medio, no es demasiado probable que los intentos, como los emprendidos por los buscadores de partículas subatómicas, por entenderlo cabalmente, brinden la clase de respuestas que siguen reclamando hombres como Pascal. Si bien a juicio de ciertos filósofos de mentalidad empírica preguntarse por “el sentido de la vida” y temas afines es una pérdida de tiempo, una especie de juego lingüístico propio de épocas ya superadas, puede que la ausencia de certitudes esté en la raíz del malestar que es una de las características más notables de la fase actual de nuestra civilización occidental. Las teorías científicas, por riguroso que fuera el razonamiento de quienes las formulan, a veces influyen de manera un tanto perversa en la cultura general. Al difundirse la noticia de que la teoría de la relatividad de Albert Einstein contaba con la aprobación de todos los físicos y matemáticos, muchos llegaron a la conclusión nada lógica pero en las circunstancias imperantes muy tentadora de que en última instancia todo es relativo y que por lo tanto convendría abandonar principios supuestamente vinculados con los esquemas rígidos, para no decir mecánicos, que se suponían inherentes al viejo y, por suerte, desacreditado universo newtoniano. Algo similar sucedió al popularizarse ciertas interpretaciones de la teoría de la evolución de Charles Darwin: como Einstein, el naturalista de actitudes personales bastante conservadoras contribuyó a poner en marcha una revolución cultural, social y política que dista de haber culminado. ¿Incidirá en ámbitos que no tienen nada que ver con la física cuántica el que, según se informa, los hombres y mujeres de ciencia ya consiguieran capturar “la partícula de Dios” y que pronto estarían en condiciones de averiguar mucho más? Es posible, aunque a esta altura está claro que el avance del conocimiento científico no se ha visto acompañado por el progreso social o cultural. Antes bien, es como si los investigadores se hubieran separado del resto de la familia humana. La gran aventura científica nos ha aportado muchísimos beneficios: si no fuera por ella, el mundo sería un lugar terriblemente inhóspito. Con todo, es prematuro dar por descontado que resultarán ser positivas hazañas como la supuesta por la presunta confirmación de la existencia del ya famoso bosón de Higgs. Fue merced a la labor de los físicos que logramos adquirir la capacidad para aniquilar en un par de días tanto el género humano como buena parte de los reinos animal y vegetal. Por desgracia, no es posible desinventar las armas nucleares, químicas y bacteriológicas y no hay ninguna garantía de que tengan éxito los esfuerzos por impedir que caigan en manos de fanáticos que no vacilarían en emplearlas. Los teóricos e investigadores que hicieron posible el advenimiento de la edad atómica no pudieron prever lo que sucedería décadas más tarde. Esperemos que los frutos concretos de “la máquina de Dios” no se asemejen a los producidos, sin proponérselo, por sus antecesores.
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