Días de misa

Redacción

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

No sé si fueron otros tiempos o si en realidad donde yo vivía se tenía muy en cuenta eso de ir a misa cada domingo. Íbamos tan seguido que muchas veces tuve la sensación de que le estaba contando lo mismo al cura cada vez que me confesaba. Hacíamos macanas, pero eran leves, travesuras de chicos, no recuerdo algo grave que realmente mereciera el perdón. Igual, en casa no se discutía, había opciones, pero en definitiva teníamos que ir a misa cada domingo. Y ninguna excusa servía. Pueblo chico implicaba que todos nos conocíamos y el cura, al que no le teníamos mucha simpatía, solía decirle los lunes como quien no quiere la cosa a mis padres “no lo vi a su hijo ayer en misa”. Eso era suficiente para que nos sacaran la bici por unos días o para que los permisos se restringieran. El cura nos tenía calados, cuando faltábamos contaba, para colmo vivía en frente de mi casa y no había forma de eludirlo. Como el cura era bastante chismoso, cuando íbamos nos sentábamos en la primera fila, para que nos viera en directo y por las dudas poníamos cara de estar muy atentos a su sermón, aunque nuestra mente estuviera algunas veces en otro lado. Las opciones eran varias, pero había que tener en cuenta unos cuantos detalles. Por ejemplo, la mejor era la del sábado a la noche, uno iba y se quitaba la responsabilidad de ir el domingo, pero el sábado era el único día en que la iglesia casaba, de manera que siempre estaba llena. No había dónde sentarse y ni pensar en ubicarse adelante para que el cura nos viera. Ahí se ubicaban los parientes de los novios, los fotógrafos y demás allegados. Igual, algunas veces íbamos los sábados y otras tantas habremos salido en las fotos de algún casamiento cuyo matrimonio desconocíamos. El sábado era la mejor opción, pero al mismo tiempo la más numerosa. El domingo a las siete era la segunda mejor idea, Nos quedaba todo el domingo libre para jugar. Pero había que ser valiente para levantarse un domingo a las siete de la mañana. Eso era posible cuando un primo mayor volvía de trabajar de una empresa de electricidad a las seis y media y nos despertaba al pasar. A veces íbamos con él, otras amagábamos con levantarnos pero podía más el sueño. A esa hora era tanto el espacio que hasta llevábamos al perro que nos esperaba en la entrada de la iglesia. Eso sí, el cura de esa hora no era el cura vecino. Nos sabíamos de memoria quiénes iban a esa hora, toda gente mayor, los únicos niños éramos nosotros. La segunda misa del domingo era la de las 11. Iglesia repleta de fieles, todos a comulgar y a confesarse. Eso implicaba tiempo y para esa hora ya nos perdíamos varios juegos. La última era la de las siete de la tarde, lo que en el pueblo llamábamos la misa de la oración. En el norte se llama la oración al horario en que el sol se oculta pero todavía no llegó la noche. Y como ese horario coincide con el de la misa, se llama la misa de la oración. Ahí también había mucha gente, se encontraban en la iglesia los que no pudieron en ningún otro horario, los que se olvidaron, los que tenían que contar pecados sin falta y los que como nosotros, por jugar se habían perdido las otras oportunidades. Era una de las acciones que no podíamos eludir, era como ir a la escuela, pero con vacaciones incluidas. Tengo grabadas las caras de la gente que iba a misa, ponían lo que llamábamos cara de misa, porque tenían el rostro firme, sin gestos innecesarios, ponían cara de admiración cuando el cura hablaba y si era necesario hasta ponían cara de tristeza.


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