Primavera silenciosa
Un nombre, un libro, un llamado de atención: Rachel Carson era una bióloga que en 1962 publicó un libro (“Silent Spring”, “La primavera silenciosa”) que fue la primera sacudida que recibió el mundo acerca de la catástrofe ecológica que se aproximaba –y que, desde entonces, no ha dejado de empeorar–. Y, más grave, nos estamos acostumbrando y la usamos de muletilla, hacemos leyes y conferencias internacionales en su nombre, tomamos decisiones que luego no cumplimos o en las que no logramos ponernos de acuerdo porque los países ricos insisten en que lo que causan ellos lo paguemos entre todos. El tema ambiental ha adquirido ciudadanía en nuestro discurso, pero no lo tomamos en serio. Seguimos viviendo como siempre, como si en la Tierra hubiese lugar y recursos para todos, y nos enorgullecemos de fabricar cada vez más automóviles y de encontrar nuevos yacimientos de petróleo, mientras hablamos y hablamos del efecto invernadero, cuya realidad es negada por pocos pero negando nuestra culpa. Es más: como el capitalismo, la estructura económica de cuya eficiencia nos enorgullecemos, necesita huir hacia adelante y conseguir quien compre sus productos, deliberadamente éstos son diseñados para durar poco y la “obsolescencia programada”, junto con la desigual repartición de la riqueza, son dos de los motores que hacen funcionar el sistema, como si los recursos fuesen infinitos y los depósitos de nuestros desechos también lo fueran. Y seguimos arrojando millones de toneladas de gases nocivos a la atmósfera y millones de toneladas de basura a cualquier parte donde no haya quien pueda quejarse. Repito, nos vamos acostumbrando, sin pensar que nuestro estilo de vida –sobrepoblación creciente y consumismo desenfrenado– es insostenible. Un mundo en el cual 3.000 millones de indios y chinos pretendan vivir como los estadounidenses es, sencillamente, imposible. El texto de Carson ha sido tildado de inexacto y pernicioso, porque condujo a la prohibición del DDT, un insecticida que había salvado millones de vidas destinadas a contraer malaria y otras infecciones transportadas por insectos. Éste es un punto de gran importancia, porque se ha demostrado que los residuos metabólicos de DDT y de otros pesticidas clorados son cancerígenos, un punto que suele ser muy exagerado por los ambientalistas. Si bien los cambios ecológicos producidos por el humano en los últimos dos siglos superan todos los cambios anteriores en la velocidad de su ocurrencia, hay situaciones en las que es necesario decidirse por el mal menor y, de hecho, la incidencia de la malaria en todos los territorios tropicales ha vuelto a incrementarse mucho desde la prohibición del DDT, el hexaclorociclohexano y otros insecticidas comunes hace 50 años. Los debates ecológicos suelen realizarse pocas veces como verdaderos debates, porque ambos puntos de vista son irracionales en su amplitud y cerrazón a argumentos racionales. El título del libro de Carson se refiere a la muerte de los pájaros a consecuencia del exceso de agroquímicos. De hecho, medio siglo después aún quedan pájaros (aunque algunos, en vez de peces, ahora comen basura, como las gaviotas de Bariloche), pero estamos provocando una extinción en masa, la primera antropogénica. Entre sus víctimas hay muchos insectos polinizadores. Ya se mencionan zonas de donde van desapareciendo las abejas, y si desaparecen los polinizadores les seguirá buena parte de la vegetación. Hay extinciones por varios motivos. Uno es la intoxicación por alguna de las numerosas sustancias usadas por la agricultura con características industriales. Otra, la destrucción de sus hábitats. Los peces y otros frutos del mar son sobreexplotados, especialmente en la depredación de los mares por sistemas de arrastre. Hace unos años, la merluza estuvo en peligro porque se superaron deliberadamente los límites aconsejados por los expertos para no poner en peligro la especie. Algo similar ocurre hoy con los atunes. Hay variedades transgénicas que crecen más rápido pero son mucho más voraces que las naturales y ponen a éstas en peligro de extinción. En el pasado lejano también se han producido cambios climáticos y extinciones masivas y algunas decenas de millones de años atrás hasta la geografía era muy diferente de la que conocemos. La novedad es que ahora ocurren en décadas los cambios que antes llevaban millones de años y hemos iniciado una nueva era geológica remodelando el mundo entero en lo que muchos ya llaman “Antropoceno”. Sólo el 2,7% de toda el agua del planeta es dulce, pero el calentamiento global derrite los glaciares y el agua dulce que perdemos va al mar, donde disminuye la salinidad y aumenta la acidez, amenazando todo el ecosistema marino. Además de las contaminaciones que reconocemos como tales, como las poco publicitadas islas de basura de millones de toneladas de residuos de todas clases –principalmente plásticos– que cubren gran parte del océano Pacífico y giran al ritmo de las corrientes marinas, o los frecuentes derrames de petróleo de los que nos enteramos sólo cuando son catastróficos o cuando los medios nos muestran pájaros empetrolados para suscitar nuestras emociones morbosas y sentirnos inocentes. Nunca falta quien los lava con agua y jabón, no así a los miles de sus congéneres que no tienen la suerte de llegar a alguna playa veraniega. Claro, podemos “desalinizar” el agua de mar, pero para eso necesitamos energía y tapamos un agujero abriendo otro un poco más. Y la rueda de la catástrofe sigue rodando y llevándonos a un abismo de profundidad desconocida. Como no queremos hacer un esfuerzo de cierta importancia para disminuir el gasto de energía, buscamos nuevas fuentes, pero mientras exista el petróleo y su importancia política y militar decisiva no se hará un esfuerzo en serio para desarrollar con real fuerza las energías alternativas (aunque en Alemania el 3,2% de la energía consumida ya es de origen eólico y fotovoltaico y crece a gran velocidad por doquier). Pero, como se empezó a explotar el petróleo y el gas de esquisto, hay quien dice: “Para qué todo eso, si tenemos petróleo para rato”. Pero ¿a qué costo ecológico, aunque su costo monetario ya no nos asuste? También podemos reemplazar el petróleo por biocombustibles. Los africanos muertos de hambre no nos interesan porque no consumen ni comida. Si pretendemos reemplazar los combustibles fósiles por los limpios alcoholes o biodiésel, necesitaremos tres o cuatro planetas como el nuestro para cultivar los vegetales necesarios para reemplazar los combustibles fósiles que gastamos a un ritmo creciente. Está bien, se sacarán combustibles de las algas marinas. Podríamos seguir un buen rato más. Se han escrito libros sobre estos temas. Éste es sólo un pequeño homenaje a una mujer que veía más lejos que la punta de su nariz. A la que estamos llegando. ¿Nuestros bisnietos o ya nuestros nietos? (*) Físico y químico
TOMÁS BUCH (*)
Un nombre, un libro, un llamado de atención: Rachel Carson era una bióloga que en 1962 publicó un libro (“Silent Spring”, “La primavera silenciosa”) que fue la primera sacudida que recibió el mundo acerca de la catástrofe ecológica que se aproximaba –y que, desde entonces, no ha dejado de empeorar–. Y, más grave, nos estamos acostumbrando y la usamos de muletilla, hacemos leyes y conferencias internacionales en su nombre, tomamos decisiones que luego no cumplimos o en las que no logramos ponernos de acuerdo porque los países ricos insisten en que lo que causan ellos lo paguemos entre todos. El tema ambiental ha adquirido ciudadanía en nuestro discurso, pero no lo tomamos en serio. Seguimos viviendo como siempre, como si en la Tierra hubiese lugar y recursos para todos, y nos enorgullecemos de fabricar cada vez más automóviles y de encontrar nuevos yacimientos de petróleo, mientras hablamos y hablamos del efecto invernadero, cuya realidad es negada por pocos pero negando nuestra culpa. Es más: como el capitalismo, la estructura económica de cuya eficiencia nos enorgullecemos, necesita huir hacia adelante y conseguir quien compre sus productos, deliberadamente éstos son diseñados para durar poco y la “obsolescencia programada”, junto con la desigual repartición de la riqueza, son dos de los motores que hacen funcionar el sistema, como si los recursos fuesen infinitos y los depósitos de nuestros desechos también lo fueran. Y seguimos arrojando millones de toneladas de gases nocivos a la atmósfera y millones de toneladas de basura a cualquier parte donde no haya quien pueda quejarse. Repito, nos vamos acostumbrando, sin pensar que nuestro estilo de vida –sobrepoblación creciente y consumismo desenfrenado– es insostenible. Un mundo en el cual 3.000 millones de indios y chinos pretendan vivir como los estadounidenses es, sencillamente, imposible. El texto de Carson ha sido tildado de inexacto y pernicioso, porque condujo a la prohibición del DDT, un insecticida que había salvado millones de vidas destinadas a contraer malaria y otras infecciones transportadas por insectos. Éste es un punto de gran importancia, porque se ha demostrado que los residuos metabólicos de DDT y de otros pesticidas clorados son cancerígenos, un punto que suele ser muy exagerado por los ambientalistas. Si bien los cambios ecológicos producidos por el humano en los últimos dos siglos superan todos los cambios anteriores en la velocidad de su ocurrencia, hay situaciones en las que es necesario decidirse por el mal menor y, de hecho, la incidencia de la malaria en todos los territorios tropicales ha vuelto a incrementarse mucho desde la prohibición del DDT, el hexaclorociclohexano y otros insecticidas comunes hace 50 años. Los debates ecológicos suelen realizarse pocas veces como verdaderos debates, porque ambos puntos de vista son irracionales en su amplitud y cerrazón a argumentos racionales. El título del libro de Carson se refiere a la muerte de los pájaros a consecuencia del exceso de agroquímicos. De hecho, medio siglo después aún quedan pájaros (aunque algunos, en vez de peces, ahora comen basura, como las gaviotas de Bariloche), pero estamos provocando una extinción en masa, la primera antropogénica. Entre sus víctimas hay muchos insectos polinizadores. Ya se mencionan zonas de donde van desapareciendo las abejas, y si desaparecen los polinizadores les seguirá buena parte de la vegetación. Hay extinciones por varios motivos. Uno es la intoxicación por alguna de las numerosas sustancias usadas por la agricultura con características industriales. Otra, la destrucción de sus hábitats. Los peces y otros frutos del mar son sobreexplotados, especialmente en la depredación de los mares por sistemas de arrastre. Hace unos años, la merluza estuvo en peligro porque se superaron deliberadamente los límites aconsejados por los expertos para no poner en peligro la especie. Algo similar ocurre hoy con los atunes. Hay variedades transgénicas que crecen más rápido pero son mucho más voraces que las naturales y ponen a éstas en peligro de extinción. En el pasado lejano también se han producido cambios climáticos y extinciones masivas y algunas decenas de millones de años atrás hasta la geografía era muy diferente de la que conocemos. La novedad es que ahora ocurren en décadas los cambios que antes llevaban millones de años y hemos iniciado una nueva era geológica remodelando el mundo entero en lo que muchos ya llaman “Antropoceno”. Sólo el 2,7% de toda el agua del planeta es dulce, pero el calentamiento global derrite los glaciares y el agua dulce que perdemos va al mar, donde disminuye la salinidad y aumenta la acidez, amenazando todo el ecosistema marino. Además de las contaminaciones que reconocemos como tales, como las poco publicitadas islas de basura de millones de toneladas de residuos de todas clases –principalmente plásticos– que cubren gran parte del océano Pacífico y giran al ritmo de las corrientes marinas, o los frecuentes derrames de petróleo de los que nos enteramos sólo cuando son catastróficos o cuando los medios nos muestran pájaros empetrolados para suscitar nuestras emociones morbosas y sentirnos inocentes. Nunca falta quien los lava con agua y jabón, no así a los miles de sus congéneres que no tienen la suerte de llegar a alguna playa veraniega. Claro, podemos “desalinizar” el agua de mar, pero para eso necesitamos energía y tapamos un agujero abriendo otro un poco más. Y la rueda de la catástrofe sigue rodando y llevándonos a un abismo de profundidad desconocida. Como no queremos hacer un esfuerzo de cierta importancia para disminuir el gasto de energía, buscamos nuevas fuentes, pero mientras exista el petróleo y su importancia política y militar decisiva no se hará un esfuerzo en serio para desarrollar con real fuerza las energías alternativas (aunque en Alemania el 3,2% de la energía consumida ya es de origen eólico y fotovoltaico y crece a gran velocidad por doquier). Pero, como se empezó a explotar el petróleo y el gas de esquisto, hay quien dice: “Para qué todo eso, si tenemos petróleo para rato”. Pero ¿a qué costo ecológico, aunque su costo monetario ya no nos asuste? También podemos reemplazar el petróleo por biocombustibles. Los africanos muertos de hambre no nos interesan porque no consumen ni comida. Si pretendemos reemplazar los combustibles fósiles por los limpios alcoholes o biodiésel, necesitaremos tres o cuatro planetas como el nuestro para cultivar los vegetales necesarios para reemplazar los combustibles fósiles que gastamos a un ritmo creciente. Está bien, se sacarán combustibles de las algas marinas. Podríamos seguir un buen rato más. Se han escrito libros sobre estos temas. Éste es sólo un pequeño homenaje a una mujer que veía más lejos que la punta de su nariz. A la que estamos llegando. ¿Nuestros bisnietos o ya nuestros nietos? (*) Físico y químico
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