El latido de la inocencia y el abrazo del futuro
Martín Pedemonte
DNI 23.058.942
ZAPALA
Hay oficios que se eligen con la cabeza, y hay profesiones que se abrazan con el alma. Y ser maestro, de esos que trascienden el pizarrón para convertirse en refugio, en brújula y en abrazo, es sin duda de las tareas más hermosas y valientes que habitan nuestra tierra.
Hoy quisiera detenerme un instante, en medio del ruido de todos los días, para mirar a los ojos a quienes sostienen el futuro con las manos abiertas. Porque un verdadero maestro no enseña a leer, escribir o solamente lo que dicen los libros; enseña a pensar, a dudar con respeto, a levantar la voz con argumentos y a tender la mano cuando el camino se pone cuesta arriba.
En cada aula, en cada patio de escuela, desde la ciudad más poblada hasta el rincón más alejado de nuestra patria, late una vocación inmensa. En una paciencia infinita que se arma de amor cada mañana, una entrega silenciosa que no busca aplausos, sino ver brillar los ojos de un niño cuando descubre de lo que es capaz.
Ellos son mucho más que educadores: son los guardianes de la infancia, los que contienen los miedos, celebran los pequeños grandes logros y siembran la certeza de que todos, absolutamente todos, importan.
Por eso, en tiempos donde a veces nos cuesta encontrarnos, vale la pena recordar que la próxima Argentina no se construye desde el frío cálculo de los escritorios, sino desde la calidez tiza y pizarrón de nuestras escuelas y con nuestros maestros.
Se forja ahí, en ese banco donde un niño aprende que es valioso, que su voz cuenta y que el mundo puede ser un lugar mejor.
A ustedes, maestros y maestras de nuestra patria: gracias por no bajar los brazos, por cuidar nuestros sueños más preciados y por encender, día a día, la luz que ilumina el mañana.
Martín Pedemonte
DNI 23.058.942
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