Poder sin barreras
Muchos multimillonarios siguen acumulando dinero por motivos que podrían calificarse de deportivos: ya tienen más que suficiente para sus propias necesidades y aquellas de sus dependientes, pero lo que realmente quieren no es comprar más propiedades sino aventajar a quienes ven como rivales. Lo mismo sucede en política. Competidores natos, los profesionales de este oficio que acaso sea poco prestigioso hoy en día pero que así y todo es imprescindible, casi siempre aspiran a más. Aunque procuran ocultarlo, con escasas excepciones son tiranos embrionarios. En muchas partes del mundo, los sobrevivientes de la lucha darwiniana por el poder que es congénita a nuestra especie logran erigirse en dictadores absolutos con la complicidad de personas que, por temor, codicia o la satisfacción que les brinda sentirse militantes de una causa triunfante, están más que dispuestas a traicionar lo que, poco antes, juraban eran sus principios. Solamente en los países democráticos, los políticos más exitosos saben que tendrán que conformarse con mucho menos. A lo sumo, podrán gozar brevemente de cierta gloria pero, mal que les pese, será limitado su poder sobre la vida de los demás y, mientras desempeñan una función pública, serán modestos los premios materiales. Los hay que suponen que el sistema democrático es propio de pueblos mansos, que los más viriles necesitan ser disciplinados por un gobierno fuerte. Se equivocan. La democracia terminó consolidándose en sociedades que eran notorias por la pugnacidad a menudo anárquica de sus integrantes. Luego de siglos de conflictos sanguinarios, quienes hoy en día llamaríamos políticos llegaron a la conclusión de que sería mejor resignarse a una tregua permanente y por lo tanto adoptaron la única modalidad que serviría para impedir que una persona, como el rey, una camarilla de aristócratas, sectarios religiosos o plutócratas, se las arreglara para monopolizar el poder. He aquí el mérito principal de la democracia, la razón por la que pudo imponerse en un número creciente de países que, gracias a la energía de habitantes más libres que sus contemporáneos en el resto del mundo, pronto serían los más poderosos, y más ricos, de todos. Lo que distingue la democracia de otros sistemas no es la costumbre de celebrar elecciones con cierta regularidad, rito que suele darse en tiranías feroces en que es normal que el ganador consiga más del 90% de los votos. Es la negativa consensuada a permitir que un individuo, por carismático que fuera, se apropie de una proporción excesiva del poder. En las sociedades democráticas, los gobernantes se ven rodeados de barreras institucionales que los mantienen cautivos. Si tratan de derribarlas o esquivarlas, los preocupados por tales síntomas de atavismo no titubearán un instante en hacer cuanto resulte necesario para obligarlos a desistir. ¿Es la Argentina una democracia cabal? Tal vez lo sea en teoría pero, debido a la falta de interés de buena parte de la clase política local en defender las instituciones, podría dejar de serlo muy pronto. Aunque, a juzgar por las encuestas, Cristina ya no cuenta con el apoyo de más de la mitad de la población, entiende que puede actuar como la jefa absoluta de un movimiento revolucionario que se siente por encima de las engorrosas reglas de la democracia “burguesa” sin correr peligro de ser destituida. No sólo es cuestión del temor comprensible que muchos sienten por lo que en tal caso podría suceder. También lo es del desprecio del grueso de la ciudadanía por los detalles institucionales. El gobierno de Cristina ha desactivado los organismos de control, colonizándolos de subordinados, se mofa de los fallos judiciales en su contra, aprovecha impúdicamente la cantidad enorme de dinero aportada por los contribuyentes en beneficio de sus propios partidarios, sean éstos periodistas, intelectuales, empresarios, gobernadores provinciales o intendentes municipales. Asimismo, le es rutinario castigar a sus adversarios privándolos de los recursos que les corresponden según las reglas supuestamente vigentes. Y como si todo esto no bastara, se ha puesto a financiar organizaciones de propagandistas jóvenes para que capten a marginados, sin excluir a sujetos encarcelados por delitos aberrantes, con el presunto propósito de convertirlos en guerreros callejeros. Para salirse con la suya, Cristina y sus incondicionales dependen de la adhesión de una franja de políticos de mentalidad autoritaria, personajes que, por un lado, desdeñan a quienes carecen de poder y, por el otro, hacen gala de un grado penoso de obsecuencia hacia sus jefes circunstanciales, además de la pasividad de otra franja aún mayor. Mientras que en países largamente democráticos los simpatizantes de un líder determinado no convalidarían sus transgresiones porque entienden muy bien lo fundamental que es el respeto por las reglas y por las instituciones creadas para que se las acate, aquí abundan los que por instinto obedecen a quienes suponen son sus superiores. Herederos de una tradición caudillista, les parece natural anteponer la lealtad para con el jefe de turno a su eventual compromiso con valores menos personales. Hace tres lustros, políticos de este tipo se enorgullecían de su militancia menemista; en la actualidad, se arrodillan ante Cristina, proclamándose paladines fervorosos del “proyecto” o “modelo”. ¿Y mañana? Bien podrían engrosar las huestes de Daniel Scioli, Juan Manuel de la Sota, Mauricio Macri o cualquier otro que suceda a Cristina en el papel de líder providencial. Es natural: lo que más necesitan es sentirse miembros de un movimiento triunfante. Los políticos más ambiciosos están programados para continuar aumentando el poder propio hasta que finalmente choquen contra una barrera inamovible. En las democracias fuertes lo hacen a comienzos de su carrera, lo que les enseña que, si aspiran a algo más –adquirir una fortuna personal inmensa, digamos–, les convendría dedicarse a otra cosa. En las democracias precarias, en cambio, los políticos que se creen destinados a destacarse del montón pronto aprenden que, con un poco de suerte, las barreras pueden superarse con facilidad, que hay jueces dispuestos a tratarlos con el debido respeto si por algún motivo se les pide una opinión, legisladores que de recibir algunos favores módicos los ayudarán a alcanzar sus objetivos y que, de todos modos, no les faltarán aliados si lo que quieren es establecer un orden autoritario basado, como tantos que por un rato han florecido en distintas partes del mundo, en un culto a la personalidad de su fundador o fundadora.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Muchos multimillonarios siguen acumulando dinero por motivos que podrían calificarse de deportivos: ya tienen más que suficiente para sus propias necesidades y aquellas de sus dependientes, pero lo que realmente quieren no es comprar más propiedades sino aventajar a quienes ven como rivales. Lo mismo sucede en política. Competidores natos, los profesionales de este oficio que acaso sea poco prestigioso hoy en día pero que así y todo es imprescindible, casi siempre aspiran a más. Aunque procuran ocultarlo, con escasas excepciones son tiranos embrionarios. En muchas partes del mundo, los sobrevivientes de la lucha darwiniana por el poder que es congénita a nuestra especie logran erigirse en dictadores absolutos con la complicidad de personas que, por temor, codicia o la satisfacción que les brinda sentirse militantes de una causa triunfante, están más que dispuestas a traicionar lo que, poco antes, juraban eran sus principios. Solamente en los países democráticos, los políticos más exitosos saben que tendrán que conformarse con mucho menos. A lo sumo, podrán gozar brevemente de cierta gloria pero, mal que les pese, será limitado su poder sobre la vida de los demás y, mientras desempeñan una función pública, serán modestos los premios materiales. Los hay que suponen que el sistema democrático es propio de pueblos mansos, que los más viriles necesitan ser disciplinados por un gobierno fuerte. Se equivocan. La democracia terminó consolidándose en sociedades que eran notorias por la pugnacidad a menudo anárquica de sus integrantes. Luego de siglos de conflictos sanguinarios, quienes hoy en día llamaríamos políticos llegaron a la conclusión de que sería mejor resignarse a una tregua permanente y por lo tanto adoptaron la única modalidad que serviría para impedir que una persona, como el rey, una camarilla de aristócratas, sectarios religiosos o plutócratas, se las arreglara para monopolizar el poder. He aquí el mérito principal de la democracia, la razón por la que pudo imponerse en un número creciente de países que, gracias a la energía de habitantes más libres que sus contemporáneos en el resto del mundo, pronto serían los más poderosos, y más ricos, de todos. Lo que distingue la democracia de otros sistemas no es la costumbre de celebrar elecciones con cierta regularidad, rito que suele darse en tiranías feroces en que es normal que el ganador consiga más del 90% de los votos. Es la negativa consensuada a permitir que un individuo, por carismático que fuera, se apropie de una proporción excesiva del poder. En las sociedades democráticas, los gobernantes se ven rodeados de barreras institucionales que los mantienen cautivos. Si tratan de derribarlas o esquivarlas, los preocupados por tales síntomas de atavismo no titubearán un instante en hacer cuanto resulte necesario para obligarlos a desistir. ¿Es la Argentina una democracia cabal? Tal vez lo sea en teoría pero, debido a la falta de interés de buena parte de la clase política local en defender las instituciones, podría dejar de serlo muy pronto. Aunque, a juzgar por las encuestas, Cristina ya no cuenta con el apoyo de más de la mitad de la población, entiende que puede actuar como la jefa absoluta de un movimiento revolucionario que se siente por encima de las engorrosas reglas de la democracia “burguesa” sin correr peligro de ser destituida. No sólo es cuestión del temor comprensible que muchos sienten por lo que en tal caso podría suceder. También lo es del desprecio del grueso de la ciudadanía por los detalles institucionales. El gobierno de Cristina ha desactivado los organismos de control, colonizándolos de subordinados, se mofa de los fallos judiciales en su contra, aprovecha impúdicamente la cantidad enorme de dinero aportada por los contribuyentes en beneficio de sus propios partidarios, sean éstos periodistas, intelectuales, empresarios, gobernadores provinciales o intendentes municipales. Asimismo, le es rutinario castigar a sus adversarios privándolos de los recursos que les corresponden según las reglas supuestamente vigentes. Y como si todo esto no bastara, se ha puesto a financiar organizaciones de propagandistas jóvenes para que capten a marginados, sin excluir a sujetos encarcelados por delitos aberrantes, con el presunto propósito de convertirlos en guerreros callejeros. Para salirse con la suya, Cristina y sus incondicionales dependen de la adhesión de una franja de políticos de mentalidad autoritaria, personajes que, por un lado, desdeñan a quienes carecen de poder y, por el otro, hacen gala de un grado penoso de obsecuencia hacia sus jefes circunstanciales, además de la pasividad de otra franja aún mayor. Mientras que en países largamente democráticos los simpatizantes de un líder determinado no convalidarían sus transgresiones porque entienden muy bien lo fundamental que es el respeto por las reglas y por las instituciones creadas para que se las acate, aquí abundan los que por instinto obedecen a quienes suponen son sus superiores. Herederos de una tradición caudillista, les parece natural anteponer la lealtad para con el jefe de turno a su eventual compromiso con valores menos personales. Hace tres lustros, políticos de este tipo se enorgullecían de su militancia menemista; en la actualidad, se arrodillan ante Cristina, proclamándose paladines fervorosos del “proyecto” o “modelo”. ¿Y mañana? Bien podrían engrosar las huestes de Daniel Scioli, Juan Manuel de la Sota, Mauricio Macri o cualquier otro que suceda a Cristina en el papel de líder providencial. Es natural: lo que más necesitan es sentirse miembros de un movimiento triunfante. Los políticos más ambiciosos están programados para continuar aumentando el poder propio hasta que finalmente choquen contra una barrera inamovible. En las democracias fuertes lo hacen a comienzos de su carrera, lo que les enseña que, si aspiran a algo más –adquirir una fortuna personal inmensa, digamos–, les convendría dedicarse a otra cosa. En las democracias precarias, en cambio, los políticos que se creen destinados a destacarse del montón pronto aprenden que, con un poco de suerte, las barreras pueden superarse con facilidad, que hay jueces dispuestos a tratarlos con el debido respeto si por algún motivo se les pide una opinión, legisladores que de recibir algunos favores módicos los ayudarán a alcanzar sus objetivos y que, de todos modos, no les faltarán aliados si lo que quieren es establecer un orden autoritario basado, como tantos que por un rato han florecido en distintas partes del mundo, en un culto a la personalidad de su fundador o fundadora.
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