Pensador y político de su tiempo

Redacción

Por Redacción

Escribir sobre José de San Martín no es tarea menor. Su figura siempre ha despertado interrogantes, encuentros y desencuentros si analizamos la historia argentina. Otorgarle un sentido histórico al presente de alguna manera significa reconocer que este presente tiene sus raíces en el pasado. La historia, no sólo como ciencia, como conocimiento, sino como orientadora de la práctica social, significa recuperar el pensamiento histórico como una forma de comprender el presente, una forma de dar respuesta al complejo entramado social en el cual estamos insertos. Por ello, desde este presente nos preguntamos: ¿San Martín fue monárquico? ¿Era un ideólogo aprisionado dentro de su propio sistema? ¿Su pensamiento influyó en los círculos dirigentes de la patria? ¿Estaban enemistados San Martín y Bolívar? ¿Fue el “padre” de la patria? ¿A quién le debemos el sueño de la América liberada? ¿Fracasa la ilusión sanmartiniana y bolivariana? ¿Cómo fue su relación con los grupos porteños, especialmente con Rivadavia? Preguntas éstas, como tantas otras, imposibles de no traer a la mente cuando uno emprende la tarea de esbozar algunas reflexiones sobre el accionar de San Martín. La historia oficial, escrita para y desde el poder, dio cuenta de las glorias y las hazañas de cada uno de los personajes, héroes de nuestra historia y particularmente de un San Martín militar, con amigos y enemigos, con plazas que llevan su nombre y monumentos que resaltan su figura. Pero en este espacio quiero rescatar también a un político, a un pensador, a un gobernante que por momentos se desdibuja en los libros y manuales escolares, en nuestros discursos y en nuestras mentes a la hora de pensar los procesos de emancipación. Para él la educación era importante, la integración social era una urgencia, el valor de la justicia una huella y la emancipación su mayor desafío. Y, con Bolívar, coincidía en la necesidad de una unidad latinoamericana. Para lograrlo tenía que terminar con la anarquía que reinaba en el país durante las primeras décadas del siglo XIX, que según su criterio ponía en peligro las guerras independentistas y que lo llevó a tener una clara postura antiporteña. De este modo, pensó en un gobierno fuerte en lo interno, con capacidad para proyectarse fuera de las fronteras de las Provincias Unidas y de llevar la guerra al español. Al decir del historiador Barba, aunque en su formación política pudiera ser monárquico, en el caso concreto de nuestro país y por las grandes dificultades que atravesaba, lo era circunstancialmente y sólo se oponía a una mayor liberalidad mientras no se dieran las bases favorables para ello. ¿Esto se contradice, entonces, con su defensa de la soberanía de los países latinoamericanos en el marco de las guerras de la independencia? Al igual que otros “libertadores”, su pensamiento político fue el resultado de los mismos procesos revolucionarios que encabezaron y por ello en algunas de las correspondencias que le escribe a Tomás Godoy Cruz se observa claramente su declaración como independentista, ¿y a la vez como monárquico?: “¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos. ¿Qué nos falta para decirlo?… Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos… Veamos claro, mi amigo, si no hace el congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir a Fernandito” (Mendoza, 12 de abril de 1816). “Ha dado el congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia…” (Córdoba, 16 de julio de 1816). (*) Profesora y licenciada en Historia. Investigadora de la UNC

José de San Martín

GLENDA MIRALLES (*)


Escribir sobre José de San Martín no es tarea menor. Su figura siempre ha despertado interrogantes, encuentros y desencuentros si analizamos la historia argentina. Otorgarle un sentido histórico al presente de alguna manera significa reconocer que este presente tiene sus raíces en el pasado. La historia, no sólo como ciencia, como conocimiento, sino como orientadora de la práctica social, significa recuperar el pensamiento histórico como una forma de comprender el presente, una forma de dar respuesta al complejo entramado social en el cual estamos insertos. Por ello, desde este presente nos preguntamos: ¿San Martín fue monárquico? ¿Era un ideólogo aprisionado dentro de su propio sistema? ¿Su pensamiento influyó en los círculos dirigentes de la patria? ¿Estaban enemistados San Martín y Bolívar? ¿Fue el “padre” de la patria? ¿A quién le debemos el sueño de la América liberada? ¿Fracasa la ilusión sanmartiniana y bolivariana? ¿Cómo fue su relación con los grupos porteños, especialmente con Rivadavia? Preguntas éstas, como tantas otras, imposibles de no traer a la mente cuando uno emprende la tarea de esbozar algunas reflexiones sobre el accionar de San Martín. La historia oficial, escrita para y desde el poder, dio cuenta de las glorias y las hazañas de cada uno de los personajes, héroes de nuestra historia y particularmente de un San Martín militar, con amigos y enemigos, con plazas que llevan su nombre y monumentos que resaltan su figura. Pero en este espacio quiero rescatar también a un político, a un pensador, a un gobernante que por momentos se desdibuja en los libros y manuales escolares, en nuestros discursos y en nuestras mentes a la hora de pensar los procesos de emancipación. Para él la educación era importante, la integración social era una urgencia, el valor de la justicia una huella y la emancipación su mayor desafío. Y, con Bolívar, coincidía en la necesidad de una unidad latinoamericana. Para lograrlo tenía que terminar con la anarquía que reinaba en el país durante las primeras décadas del siglo XIX, que según su criterio ponía en peligro las guerras independentistas y que lo llevó a tener una clara postura antiporteña. De este modo, pensó en un gobierno fuerte en lo interno, con capacidad para proyectarse fuera de las fronteras de las Provincias Unidas y de llevar la guerra al español. Al decir del historiador Barba, aunque en su formación política pudiera ser monárquico, en el caso concreto de nuestro país y por las grandes dificultades que atravesaba, lo era circunstancialmente y sólo se oponía a una mayor liberalidad mientras no se dieran las bases favorables para ello. ¿Esto se contradice, entonces, con su defensa de la soberanía de los países latinoamericanos en el marco de las guerras de la independencia? Al igual que otros “libertadores”, su pensamiento político fue el resultado de los mismos procesos revolucionarios que encabezaron y por ello en algunas de las correspondencias que le escribe a Tomás Godoy Cruz se observa claramente su declaración como independentista, ¿y a la vez como monárquico?: “¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos. ¿Qué nos falta para decirlo?... Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos... Veamos claro, mi amigo, si no hace el congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir a Fernandito” (Mendoza, 12 de abril de 1816). “Ha dado el congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia...” (Córdoba, 16 de julio de 1816). (*) Profesora y licenciada en Historia. Investigadora de la UNC

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