“Tecnología o fábrica de desocupados”
Cierto día en mi tarea profesional participé como locutor del evento de inauguración de una de las tantas plantas de elaboración de productos alimenticios en la localidad de Salto, provincia de Buenos Aires. Recuerdo que estaban allí el presidente de la Nación, gobernadores, ministros, intendentes, legisladores, funcionarios nacionales y provinciales y, por supuesto, los titulares de la empresa. Al finalizar el acto protocolar se invitó a los presentes a recorrer las instalaciones y se hizo una demostración de cómo funcionaba una de las máquinas elaboradoras de galletitas, que tenía una extensión de aproximadamente una cuadra de largo (unos 100 metros). Observamos que por un extremo ingresaba la materia prima que, una vez mezclada con los productos agregados, pasaba por un horno que la iba cocinando y, tras un proceso de enfriamiento en seco para quitarle el posible vapor que quedara, otra máquina automática comenzaba el proceso de envasado para después cargarla a los camiones que la distribuirían por todo el país. Todo ese proceso duraba un poco más de 45 minutos. Una vez presenciada la exhibición, el presidente de la Nación y los propietarios de la empresa fueron invitados a poner en marcha simbólicamente la monstruosa maquinaria apretando un botón verde en un tablero, y de esa manera nacía aquello que se había promocionado como una nueva fuente de trabajo para demostrarnos el crecimiento del país. Lo cierto es que semejante inversión empresarial sólo le daba trabajo a 200 operarios, ya que el resto lo hacía la más cruel de las competencias para el hombre y su familia: “la máquina inteligente”. Esto me recuerda que, cuando mi hijo era pequeño, mirando por televisión un documental de Japón que trataba sobre los robots en la industria y sus beneficios, ese niño que supuestamente veía unos muñecos moviéndose de un lado a otro tuvo una reacción que me dejó sin palabras. Me preguntó: “Pa, y si estos muñecos van a hacer todo el trabajo que hacen los hombres hoy… ¿dónde van a trabajar ellos después?”. Lamentablemente la respuesta la tuve 30 años después, cuando el crecimiento tecnológico en las industrias, cualquiera fuera el rubro que explotaran, fue dejando al costado del camino laboral a millones de ciudadanos que sabían llevar el sustento a sus hogares, por más bajo que fueran sus salarios. No sé si sería correcto retroceder en el tiempo, pero a este paso seguramente cada día quedará más gente excluida del circuito laboral, y no solamente por el juego de la oferta y la demanda, sino por la competencia tecnológica imposible de enfrentar, como es el reemplazo del hombre por la máquina. Basta recordar que antes un tren de cargas tenía un clásico vagón de cola en donde un guarda viajaba en solitario a veces miles de kilómetros controlando lo que ocurría en la formación ferroviaria. Hoy ese guarda fue reemplazado por una lamparita colorada y un radio de control. Antes el colectivero tenía a sus espaldas un guarda que vendía los boletos del ómnibus y él conducía seguro, tranquilo y prestaba atención al tránsito; hoy una máquina entrega un papelito que acredita el viaje abonado. Los trámites que debemos realizar en cualquier lado, sea banco, correo, Registro Civil, Rentas y tantos otros lugares, dependen exclusivamente de la maquinita y –vaya paradoja–, cuando la maquinita no tiene “sistema”, es cuando más recordamos el lápiz y papel. Sin ir más lejos muchas son las veces que nos encontramos con este tipo de problemas por cualquier inconveniente por la conexión a internet. Para realizar las tareas más rápido, 20 obreros abriendo una zanja para colocar caños en un barrio fueron reemplazados por una máquina y un operario, quitando la posibilidad de sustento económico a 19 ciudadanos capacitados para poder demostrar que ellos también pueden hacer el trabajo de la máquina como se realizaba antes. Al final todo ello sirve de poco, ya que después el gobierno debe inventar puestos laborales creando cooperativas de trabajo para dar al menos un sustento legal al engendro asistencialista, volviendo a incorporar a la planta de sueldos a los mismos 19 que la máquina dejó sin trabajo. Bienvenida la tecnología, la ciencia a la educación, pero en aquellos trabajos donde la mano del hombre es necesaria en lo social y económico para no seguir fabricando desocupados, bueno es replantear el sistema. Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Resistencia
Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Resistencia
Cierto día en mi tarea profesional participé como locutor del evento de inauguración de una de las tantas plantas de elaboración de productos alimenticios en la localidad de Salto, provincia de Buenos Aires. Recuerdo que estaban allí el presidente de la Nación, gobernadores, ministros, intendentes, legisladores, funcionarios nacionales y provinciales y, por supuesto, los titulares de la empresa. Al finalizar el acto protocolar se invitó a los presentes a recorrer las instalaciones y se hizo una demostración de cómo funcionaba una de las máquinas elaboradoras de galletitas, que tenía una extensión de aproximadamente una cuadra de largo (unos 100 metros). Observamos que por un extremo ingresaba la materia prima que, una vez mezclada con los productos agregados, pasaba por un horno que la iba cocinando y, tras un proceso de enfriamiento en seco para quitarle el posible vapor que quedara, otra máquina automática comenzaba el proceso de envasado para después cargarla a los camiones que la distribuirían por todo el país. Todo ese proceso duraba un poco más de 45 minutos. Una vez presenciada la exhibición, el presidente de la Nación y los propietarios de la empresa fueron invitados a poner en marcha simbólicamente la monstruosa maquinaria apretando un botón verde en un tablero, y de esa manera nacía aquello que se había promocionado como una nueva fuente de trabajo para demostrarnos el crecimiento del país. Lo cierto es que semejante inversión empresarial sólo le daba trabajo a 200 operarios, ya que el resto lo hacía la más cruel de las competencias para el hombre y su familia: “la máquina inteligente”. Esto me recuerda que, cuando mi hijo era pequeño, mirando por televisión un documental de Japón que trataba sobre los robots en la industria y sus beneficios, ese niño que supuestamente veía unos muñecos moviéndose de un lado a otro tuvo una reacción que me dejó sin palabras. Me preguntó: “Pa, y si estos muñecos van a hacer todo el trabajo que hacen los hombres hoy... ¿dónde van a trabajar ellos después?”. Lamentablemente la respuesta la tuve 30 años después, cuando el crecimiento tecnológico en las industrias, cualquiera fuera el rubro que explotaran, fue dejando al costado del camino laboral a millones de ciudadanos que sabían llevar el sustento a sus hogares, por más bajo que fueran sus salarios. No sé si sería correcto retroceder en el tiempo, pero a este paso seguramente cada día quedará más gente excluida del circuito laboral, y no solamente por el juego de la oferta y la demanda, sino por la competencia tecnológica imposible de enfrentar, como es el reemplazo del hombre por la máquina. Basta recordar que antes un tren de cargas tenía un clásico vagón de cola en donde un guarda viajaba en solitario a veces miles de kilómetros controlando lo que ocurría en la formación ferroviaria. Hoy ese guarda fue reemplazado por una lamparita colorada y un radio de control. Antes el colectivero tenía a sus espaldas un guarda que vendía los boletos del ómnibus y él conducía seguro, tranquilo y prestaba atención al tránsito; hoy una máquina entrega un papelito que acredita el viaje abonado. Los trámites que debemos realizar en cualquier lado, sea banco, correo, Registro Civil, Rentas y tantos otros lugares, dependen exclusivamente de la maquinita y –vaya paradoja–, cuando la maquinita no tiene “sistema”, es cuando más recordamos el lápiz y papel. Sin ir más lejos muchas son las veces que nos encontramos con este tipo de problemas por cualquier inconveniente por la conexión a internet. Para realizar las tareas más rápido, 20 obreros abriendo una zanja para colocar caños en un barrio fueron reemplazados por una máquina y un operario, quitando la posibilidad de sustento económico a 19 ciudadanos capacitados para poder demostrar que ellos también pueden hacer el trabajo de la máquina como se realizaba antes. Al final todo ello sirve de poco, ya que después el gobierno debe inventar puestos laborales creando cooperativas de trabajo para dar al menos un sustento legal al engendro asistencialista, volviendo a incorporar a la planta de sueldos a los mismos 19 que la máquina dejó sin trabajo. Bienvenida la tecnología, la ciencia a la educación, pero en aquellos trabajos donde la mano del hombre es necesaria en lo social y económico para no seguir fabricando desocupados, bueno es replantear el sistema. Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Resistencia
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