Qué cosa, un libro, o cómo se forma esa relación duradera y única con la lectura
Ferias, fiestas populares, bibliotecas, libros de la infancia: una reflexión sobre el misterio momento en que se forma un lector y esa chispa inicial que hace que la lectura sea parte de la vida.
Cada año, cuando llega la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que seguirá abierta hasta el 11 de mayo, se activa algo más allá del calendario cultural. No es solo la acumulación colosal de novedades, presentaciones, mesas, firmas, discusiones ni de la multitud que recorre los pabellones como un río lento y obstinado. Hay algo más íntimo, que se renueva: la sensación de que todos esos libros, todos esos autores, todas esas historias, son una posibilidad.
Algo parecido ocurre a miles de kilómetros. Cada 23 de abril -una fecha cargada de simbolismo y coincidencias para la literatura universal, asociada a la muerte de Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega-, el mismo día que se inauguró la Feria en Buenos Aires, en Cataluña se celebra Sant Jordi, una festividad que recuerda al mártir cristiano del siglo III, que según la leyenda mató a un dragón para salvar a una princesa, y de la sangre del monstruo brotó un rosal.
A partir de esa historia fantástica, a finales del siglo XIX, Sant Jordi fue nombrado patrón de Cataluña. Y alrededor la leyenda, y de la celebración, en 1920 se instaló una costumbre, al principio un tanto machista: las mujeres le regalaban un libro a los hombres y ellos, a cambio, una rosa. Ahora, siglos y deconstrucciones después, todos intercambian libros y flores.

Las calles del pueblo español en el que estoy están ocupadas por mesas cubiertas de banderas rojas y amarillas, las librerías duplican su espacio hacia la vereda, los lectores caminan con una flor en una mano y una novela en la otra. Podría pensarse que se hace sólo por costumbre. Puede ser. Hay costumbres más bonitas que otras.
Pero en verdad, no importa si es en Sant Jordi, en la Feria internacional del Libro de Buenos Aires, o en las que se hacen en cada una de las ciudades. Puede ser también en una biblioteca popular, o en una librería: el libro comprado, el libro que se retira en préstamo, el que se hojea como tentación, el que se regala o el que se guarda para más adelante, cualquiera de esos libros y de esos espacios son un caldo de futuro. Un embate contra todo eso que viene masticado, digerido y repetido por la Inteligencia Artificial.
Porque leer, conviene decirlo de entrada, no es un pasatiempo inocuo. Los libros nos forman no solo por lo que dicen y nos cuentan, sino también por el momento en que llegan, por cómo llegan, en qué estado nos encuentran. Y sobre todo, por el lugar en el que nos dejan después.
Por eso la pregunta no es solamente qué leemos, sino cómo y cuándo se hace un lector. Y ahí, empieza una zona de misterio, y con un poco de suerte, un camino de curiosidad y de algo parecido al hambre.
Por estos días, vuelvo a leer “El estilo de los elementos”, la monumental novela de Rodrigo Fresán que cuenta la infancia y adolescencia de Land, el adorable y desprotegido Land, que crece en los setenta, en un país que no tiene nombre pero que resuena al nuestro, con unos padres desaprensivos, más preocupados primero por sus happenings y sus fiestas trasnochadas, y después por una militancia que los obliga a emigrar lejos. Ahora, entre un principio de desmemoria causado por un virus mundial que produce olvido, y un recuerdo casi absoluto, el narrador cuenta a Land en esos años violentos y desconcertantes, y cuenta además, la prodigiosa construcción de ese lector voraz, siempre curioso y magnífico que es Land.

Cada vez que leo sobre esa avidez lectora, o que escucho sobre esa devoción por los autores y sus libros, me hago aquella pregunta: ¿cómo se hace un lector? ¿Qué produce esa chispa? ¿Es una evolución lenta pero natural, como aprender a hablar? ¿O es un rayo fulminante que ilumina una vez y para siempre, por obra del azar?
Un domingo, hace ya algún tiempo, fui a la casa de mi madre y quise encontrar el primer libro que recuerdo haber leído en mi infancia, a los seis: “Las torres de Nüremberg”.
Le digo, con seguridad, que era grande, de tapa dura, con un dibujo oscuro en la portada. Mi madre me escucha como si estuviera diciendo una barbaridad. Me dice que era de tapa blanda, no tan grande, y blanco. Como sea, busco algo de lomo negro en una biblioteca alta con doble filas de libros, subida a una escalera inestable, mientras ella busca más abajo su versión del recuerdo. Pero no hay caso. Ninguna de las dos damos con el libro, ni en blanco ni en negro.
“¿Te acordás de que te hacía llorar?”, me pregunta. No. No me acuerdo de haber llorado con ese libro; pero sí de que me producía una tristeza enorme.
Era un libro de poemas para chicos y el único que todavía hoy me sé de memoria, “El sapito glo glo glo”, no tiene nada ni remotamente angustiante. “Nadie sabe dónde vive./Nadie en la casa lo vio./Pero todos escuchamos cuando llueve, glo glo glo. ¿Vivirá en la chimenea, dónde diablos se metió, dónde canta cuando llueve el sapito glo glo glo?”.

¿Cuál es el camino que arranca en el sapito glo, glo, glo y llega a “Música para corazones incendiados” de la norteamericana A. M. Homes, que sí recuerdo que me dejó completamente arrasada muchísimos años más tarde? ¿cómo sale de la infancia y conduce hasta Jonathan Frazen, o hasta el brillante y caústico Bret Easton Ellis o ahora mismo a Fresán? ¿En qué momento esa rima infantil se convierte en un pasaje a Julio Cortázar, o a Gabriel García Márquez, o a Francis Scott Fitzgerald o a la ballena blanca y luego al escribiente de Melville? ¿Cuándo se cruza el puente hasta David Foster Wallace, a la rumia de Clarice Lispector, a la precisión delicada de Joan Didion, al minimalismo sulfuroso de Lorrie Moore, o al desorden que fui siguiendo entre ciencia ficción, clásicos, y también algunas cosas deplorables y melosas que preferiría no recordar?
Cuando volví a mi casa, ese mismo mismo domingo, googleé el nombre del libro: “Las Torres de Nuremberg”. Y ahí estaba: no era negro; ni siquiera oscuro. Mi madre recordaba mejor. El autor se llamaba José Sebastián Tallon, un poeta nacido en Temperley, Buenos Aires, en 1904, y muerto en 1954, integrante del grupo de Boedo, elogiado por María Elena Walsh como el precursor de la literatura infantil en el país.

Releo por encima las hojas del libro que aparecen en internet, tratando de rememorar, buscando la tristeza que me provocaba.
Tallón le escribe poemas a una muñeca de trapo, y a la madre de los pájaros, y también hay uno que se llama Nudo, y que termina así:“Para acordarte de algo lindo/No hagas un nudo en el pañuelo,/Porque el recuerdo que así guardas/ Lo has lastimado al retorcerlo./Y vendrá un día, ya verás,/Que aprovechando tu silencio,/Pondrán un nudo en tu garganta/Para vengarse, los recuerdos”.
Quizás haya sido el nudo, la muñeca de trapo, incluso el sapito. Todo eso, el gran momento, la combustión.
Pero después, claro, tuvo que haber- y hay- más: hay padres, amigos, libreros, maestros generosos, hay recomendaciones trufadas en artículos, en otros libros, en algún gran conversador. Un eslabón que se arma y que puede continuar hasta el infinito, pero nunca hasta la saciedad. Quien lo ha probado lo sabe: no hay un “ya está”.
Una fiesta popular, la feria del libro, la biblioteca popular, la escuela, un poema infantil. Cualquiera de esos espacios pueden ser la escena original: ese momento precario en el que un libro se transforma en chispa.
Qué cosa, un libro.
Cada año, cuando llega la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que seguirá abierta hasta el 11 de mayo, se activa algo más allá del calendario cultural. No es solo la acumulación colosal de novedades, presentaciones, mesas, firmas, discusiones ni de la multitud que recorre los pabellones como un río lento y obstinado. Hay algo más íntimo, que se renueva: la sensación de que todos esos libros, todos esos autores, todas esas historias, son una posibilidad.
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