De regreso a la edad de la inocencia
Una propuesta ideal para meterse en el mundo lírico.
Una puesta redonda que merece ser vista y disfrutada tanto por los amantes de la lírica como por los que nunca se le animaron.
Mónica JofrÉ
mjofre@rionegro.com.ar
Quién pudiera volver a la edad de la inocencia, ésa de la infancia temprana cuando las emociones primarias de alegría, tristeza, temor o asombro, se manifestaban en su estado más puro. Sólo por la vía del arte es tal vez posible.
La ópera “Hansel y Gretel”, estrenada la semana pasada en la Fundación Cultural Patagonia permite revivir aquellos momentos entrañables en que el mundo giraba alrededor de la expresión, a veces sólo adivinada en el rostro de los padres o adultos cuidadores. Recuerdos fundadores de la personalidad, cuando el juego era la única herramienta para mediatizar semejante carga afectiva.
Y con el juego venía incluida la catarsis porque a través de la bruja y la magia, los duendes y los ángeles, los espejos del terror se convertían en comedias o proezas, y allí recuperados, los padres protectores y las madres cariñosas rescataban a sus hijos, y todos eran felices otra vez.
Fábula de fábulas, contada mil y una veces; en esta ocasión bajo una de las formas musicales más complejas y completas la ópera del alemán Engelbert Humperdinck es la producción artística ideal para introducir a los niños -y por qué no también a los adultos- en el universo fascinante de la ópera.
No sólo porque la historia es llevadera y fácil de comprender, ya que además las canciones son interpretadas en castellano, sino porque la directora, María Robin, ha sabido desarrollar una puesta minuciosa, donde no hay nada librado al azar, como es de esperar en una ópera.
Desde la música, a cargo de la pianista Marianela García Pérez, que introduce y da unidad a lo largo de los tres actos en que se desenvuelve la historia, hasta la cuidada escenografía, vestuario y maquillaje que transmutan en convincentes niños a la mezzosoprano Ana Belanko, en el papel de Hansel, y a la soprano Yanina Cifuentes, en el de Gretel, los dos traviesos hermanitos protagonistas del cuento.
La preocupación por el detalle se nota incluso en los efectos especiales, oportunos y logrados.
El equilibrio entre canto y actuación, desafío propio del género, es resuelto sin esfuerzo aparente por todos los personajes del cuento, mérito que hasta sorprende si se tiene en cuenta la participación en escena de un coro infantil cuyos integrantes, algunos de muy corta edad, intervienen en la trama.
En particular sobresale la frescura de la interpretación de Gretel (Yanina Cifuentes) y asimismo de Hansel (Ana Belanko) que componen una relación de hermanos creíble, teñida de ternura y con toques de humor que el público reconoce y aplaude.
Esa sensación que se lleva el espectador de que todo transcurrió con fluidez y sin decaimiento sólo puede ser fruto de dos factores concurrentes: el ensayo consistente y un objetivo claro por parte de las direcciones general y musical, responsabilidad esta última de Marianela García Pérez.
Por fin, el canto que sostiene y da significado a la totalidad de la historia y marca el crescendo y el clímax del conflicto dramático entrega a los sentidos instantes de gran belleza auditiva como la irrupción del barítono Israel Matamala, en su papel de padre, en el primer y tercer acto o el pleno de las voces infantiles, tras la liberación del hechizo que pesaba sobre los niños en la casita del bosque. Lucida también Marcela Caldironi (mezzosoprano y directora del coro) aunque más expresiva y chispeante en el papel de bruja que de madre.
Una puesta en síntesis redonda que merece ser vista y disfrutada tanto por los amantes de la lírica como por los que nunca se animaron o tuvieron la oportunidad de asistir a una ópera.
Una puesta redonda que merece ser vista y disfrutada tanto por los amantes de la lírica como por los que nunca se le animaron.
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