Un spot que motiva alarma

Redacción

Por Redacción

Los cacerolazos de hace un par de semanas brindaron a los kirchneristas un pretexto adicional para querer aniquilar al Grupo Clarín, la “corpo mediática” que a su juicio está detrás de todos los problemas habidos y por haber desde que, luego de haberlos apoyado, les dio la espalda al intensificarse el conflicto con el campo. A diferencia de casi todos los demás canales televisivos, el noticioso TN del “monopolio” mantuvo al público plenamente informado sobre lo que sucedía en las grandes ciudades del país, contribuyendo así a potenciar lo que con toda seguridad fue la manifestación espontánea más notable de la historia nacional, ya que no fue impulsada por políticos, sindicalistas habituados a organizar acontecimientos de este tipo o por “una mesa de enlace”, sino por ciudadanos sueltos a través de las redes sociales. Puesto que los kirchneristas comparten la idea nada democrática de que la única realidad que importa es la reflejada por los medios de difusión, en especial los audiovisuales, suponen que de no haber optado TN por cubrir los cacerolazos, nadie los hubiera considerado significantes. Desde el punto vista oficial, pues, es urgente silenciar cuanto antes a los medios del Grupo Clarín ya que, caso contrario, no le será del todo fácil minimizar las dimensiones de las protestas callejeras multitudinarias que, con toda probabilidad, se produzcan en los meses próximos. Será por este motivo que, el fin de semana pasado, el gobierno aprovechó el programa propagandístico “Fútbol para todos” para difundir un spot en que, pasando por alto los pormenores jurídicos, se ensañó nuevamente con Clarín, calificándolo de “una verdadera cadena nacional ilegal”. Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y diversos funcionarios del gobierno, el 7 de diciembre se apagará definitivamente lo que llaman “la cadena nacional del miedo y desánimo” porque, en palabras de la mandataria, “la mala onda propalada” tiene su fecha de vencimiento, puesto que aquel día se pondrá en vigencia la ley de Medios. En verdad, el asunto no es tan sencillo como quieren hacer pensar los voceros oficiales, ya que la Justicia ha dictado una medida cautelar que, como nos recuerda Clarín, fue ratificada por la Corte Suprema, pero se teme que, luego de haberse comprometido el gobierno con “el 7D”, intervenga manu militari en las instalaciones de los canales televisivos que tanto le molestan. Por cierto, no sería la primera vez que actuara de tal manera; al renacionalizar YPF, representantes del gobierno, entre ellos integrantes de La Cámpora, obligaron a los ejecutivos españoles a salir a la calle, abandonando enseguida sus oficinas. Dirigentes de todas las agrupaciones opositoras han criticado duramente el spot, tomándolo por una señal de que el gobierno se ha propuesto establecer una virtual dictadura mediática para impedir que la ciudadanía se entere de lo que está sucediendo en el país, privando de espacio a quienes piensen distinto y asestando así un golpe demoledor al pluralismo democrático. Si ésta es la intención de los ultras, han elegido una estrategia muy peligrosa. De generalizarse la impresión de que un gobierno autoritario, alarmado por las manifestaciones en su contra, está manipulando no sólo las estadísticas elaboradas por el Indec sino también toda la información, los kirchneristas no tardarán en verse frente a cacerolazos decididamente mayores que los que atribuyeron a un puñado de reaccionarios golpistas de clase media. Asimismo, se equivocan por completo si creen que los medios periodísticos son capaces de modificar radicalmente la realidad social y política, difundiendo desánimo cuando, de prestar la atención debida a los discursos presidenciales, la gente se sentiría muy feliz con la forma en que está administrando el país. Aun cuando todos los medios del país se dedicaran a celebrar las bondades del “proyecto” kirchnerista, cantar loas al “modelo” y denunciar a los escasos disidentes, lo único que lograría el gobierno sería sembrar más incertidumbre. Como deberían entender los obsesionados por el papel de los medios de comunicación en el mundo moderno, una dieta informativa que sólo consistiera en noticias acerca de la inauguración de nuevas empresas y así por el estilo resultaría demasiado empalagosa incluso para los oficialistas más abnegados.


Los cacerolazos de hace un par de semanas brindaron a los kirchneristas un pretexto adicional para querer aniquilar al Grupo Clarín, la “corpo mediática” que a su juicio está detrás de todos los problemas habidos y por haber desde que, luego de haberlos apoyado, les dio la espalda al intensificarse el conflicto con el campo. A diferencia de casi todos los demás canales televisivos, el noticioso TN del “monopolio” mantuvo al público plenamente informado sobre lo que sucedía en las grandes ciudades del país, contribuyendo así a potenciar lo que con toda seguridad fue la manifestación espontánea más notable de la historia nacional, ya que no fue impulsada por políticos, sindicalistas habituados a organizar acontecimientos de este tipo o por “una mesa de enlace”, sino por ciudadanos sueltos a través de las redes sociales. Puesto que los kirchneristas comparten la idea nada democrática de que la única realidad que importa es la reflejada por los medios de difusión, en especial los audiovisuales, suponen que de no haber optado TN por cubrir los cacerolazos, nadie los hubiera considerado significantes. Desde el punto vista oficial, pues, es urgente silenciar cuanto antes a los medios del Grupo Clarín ya que, caso contrario, no le será del todo fácil minimizar las dimensiones de las protestas callejeras multitudinarias que, con toda probabilidad, se produzcan en los meses próximos. Será por este motivo que, el fin de semana pasado, el gobierno aprovechó el programa propagandístico “Fútbol para todos” para difundir un spot en que, pasando por alto los pormenores jurídicos, se ensañó nuevamente con Clarín, calificándolo de “una verdadera cadena nacional ilegal”. Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y diversos funcionarios del gobierno, el 7 de diciembre se apagará definitivamente lo que llaman “la cadena nacional del miedo y desánimo” porque, en palabras de la mandataria, “la mala onda propalada” tiene su fecha de vencimiento, puesto que aquel día se pondrá en vigencia la ley de Medios. En verdad, el asunto no es tan sencillo como quieren hacer pensar los voceros oficiales, ya que la Justicia ha dictado una medida cautelar que, como nos recuerda Clarín, fue ratificada por la Corte Suprema, pero se teme que, luego de haberse comprometido el gobierno con “el 7D”, intervenga manu militari en las instalaciones de los canales televisivos que tanto le molestan. Por cierto, no sería la primera vez que actuara de tal manera; al renacionalizar YPF, representantes del gobierno, entre ellos integrantes de La Cámpora, obligaron a los ejecutivos españoles a salir a la calle, abandonando enseguida sus oficinas. Dirigentes de todas las agrupaciones opositoras han criticado duramente el spot, tomándolo por una señal de que el gobierno se ha propuesto establecer una virtual dictadura mediática para impedir que la ciudadanía se entere de lo que está sucediendo en el país, privando de espacio a quienes piensen distinto y asestando así un golpe demoledor al pluralismo democrático. Si ésta es la intención de los ultras, han elegido una estrategia muy peligrosa. De generalizarse la impresión de que un gobierno autoritario, alarmado por las manifestaciones en su contra, está manipulando no sólo las estadísticas elaboradas por el Indec sino también toda la información, los kirchneristas no tardarán en verse frente a cacerolazos decididamente mayores que los que atribuyeron a un puñado de reaccionarios golpistas de clase media. Asimismo, se equivocan por completo si creen que los medios periodísticos son capaces de modificar radicalmente la realidad social y política, difundiendo desánimo cuando, de prestar la atención debida a los discursos presidenciales, la gente se sentiría muy feliz con la forma en que está administrando el país. Aun cuando todos los medios del país se dedicaran a celebrar las bondades del “proyecto” kirchnerista, cantar loas al “modelo” y denunciar a los escasos disidentes, lo único que lograría el gobierno sería sembrar más incertidumbre. Como deberían entender los obsesionados por el papel de los medios de comunicación en el mundo moderno, una dieta informativa que sólo consistiera en noticias acerca de la inauguración de nuevas empresas y así por el estilo resultaría demasiado empalagosa incluso para los oficialistas más abnegados.

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