Adiós, Robinson
en clave de y
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
“Creo que la idea central es buena, ecológica, deontológica, contestataria y muy actual, y que nosotros los latinoamericanos debemos encontrarla simpática por razones evidentes: somos todos un poco Viernes”. (Julio Cortázar, a propósito de su único guión para radioteatro “Adiós, Robinson”). Fue un domingo anochecido y lluvioso que salí a buscar un mercadito abierto. Entre vuelta y vuelta de calles, y haciendo zapping con la radio, escucho algunas palabras como para detenerse: “Cortázar”, “radioteatro”, irónica visión anticolonialista”… En realidad, suspendí la búsqueda mercantil y ahí me quedé, radioescucha ocasional de un pequeño milagro: la transmisión del único radioteatro escrito por el gran Julio. Quizás usted ya lo sabía. Para mí fue una revelación, y si le interesa, puede revivirlo en www. radionacional.com.ar/radioteatros. Ya lo escuché tres veces, y cada vez me río más y descubro algo y me pregunto algo, que tal es la virtud de las palabras. Esta joyita fue transmitida por el programa “Secretos argentinos” en homenaje al cumpleaños en agosto pasado, de Julio Cortázar, y yo, por esas cosas de la física cuántica, que dice que existe el encontrar sin buscar, di justo con una repetición, en el mismo programa. Mario Gologoff, estudioso de la vida y obra de Cortázar, le dio previamente un marco histórico indispensable para ubicar la obra: París, 1977. Década densa en acontecimientos si las hay, años durísimos en la Argentina, convulsión latinoamericana, y un autor de alto compromiso político ocurriéndosele algo distinto. “Fue un perseguidor”, dice Gologoff, “de estilos, modos, y en un hombre pre-televisivo, que escuchaba mucha radio, que trabajó en radio, encontró lo que le faltaba: un guión de radioteatro”. Cortázar había traducido “Robinson Crusoe” del inglés Daniel Defoe muchos años antes, y tuvo esta inspiración, que da vuelta el sentido colonialista del imperio inglés, sus concepciones sobre la “civilización” y los “salvajes” en no más de cuarenta minutos desopilantes y radiofónicamente, impecables: sonidos de ambientación, diálogos sabrosos y graciosos, y como él mismo dice, “todos somos un poco Viernes”. Víctor Laplace es un Robinson que, mucho después de ser rescatado y devuelto a su país, vuelve con Viernes (Osky Guzmán) a la isla donde naufragó y conoció a un nativo al que se dedica a elevar, según sus pautas culturales, hacia los umbrales de la civilización. Viajan en avión a la isla Juan Fernández, que es una urbe como cualquier otra, donde en el lugar en que erigió su choza se yergue un rascacielos y es pródiga en monumentos y recordatorios a náufragos, marinos desaparecidos, marinos encontrados, y multitudes y normas habituales para cualquier mortal que deba sufrirlas. ¿Y qué descubre Robinson? Para regocijo de Viernes (que suelta una risita cada vez que le dice “amo)”, descubre que era preferible quizás la soledad de aquellos años primitivos, a la soledad de gente a la cual su prójimo no le interesa en absoluto. Y su exesclavo le señala que nunca le preguntó su nombre, que por cierto no es Viernes; que el nombre de la isla no es casual, que, como las multitudes, se llama Juan Fernández, o John Smith, o cualquier integrante de un pueblo, y como si esto fuera poco, mientras nuestro inglés es paseado por museos en limusinas, el habitante autóctono se hace de un amigo y se va de juerga. Y se vuelven al continente, claro, no sin que pasen varias cosas que, espero, disfrute si quiere sentarse tranquilamente y seguirlo a Cortázar a ritmo de un jazz con redoble de tamboriles. Recomendadísimo.
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