Un SOS para la inmigración
Cada día, desde hace semanas y meses, ocurre algo intolerable ante nuestros ojos. Cada día mueren inmigrantes subsaharianos en las aguas del Mediterráneo por querer salvarse del hambre, de la exclusión, de la miseria. Cada día los barcos de seguridad fronteriza españoles pescan cuerpos, tal y como, al otro lado del Mediterráneo, lo hacen los de Italia. De estas tragedias de la inmigración ilegal los periódicos se hacen eco de forma objetiva, fría, a veces solidaria. La policía fronteriza intenta, en España, aliviar la condición de los rescatados, pero la impresión dominante es la de un desbordamiento, una ola imparable. Antes solían venir los barcos de la muerte a finales de primavera y en verano; ahora los desesperados afrontan el océano y el Mediterráneo en otoño. Los traficantes de mano de obra, las mafias criminales que incentivan y engañan a esa pobre gente, siguen actuando con toda impunidad en las costas de los países subsaharianos de salida; esos mismos grupos criminales continúan organizando el tráfico de seres humanos en los países de acogida. Nunca el crimen organizado ha tenido, como en estos tiempos de crisis, tanta laxitud para actuar, puesto que las restricciones económicas en la financiación de los servicios públicos sufren recortes en todas partes, incluso en los servicios policiales. Y probablemente tampoco, desde los años de entreguerras, la indiferencia de la opinión pública ha sido tan fuerte como hoy en día. Las tragedias ocurren, pero la gente está metida en su propia lucha diaria por salvar el empleo, por encontrar trabajo y, cada vez más, por sobrevivir. Antes el rechazo a los inmigrantes tenía un tono de condescendencia, ahora se tiñe de competencia salvaje por el empleo y el reparto de los recursos sociales. Así, la ausencia de solidaridad se ha vuelto la regla y la solidaridad, la excepción. En España, los movimientos asociativos que tenían algunos pequeños recursos –otorgados por los Ayuntamientos, los servicios del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y los gobiernos autónomos– han padecido restricciones tremendas estos tres últimos años, quedándose totalmente desarmados. Los que se dedicaban a estas labores solidarias, siempre con retribuciones muy bajas (¡si es que las tenían!), se encuentran ahora tirados en la calle. El gobierno español acaba de adoptar un real decreto que obliga a los extranjeros inmigrantes al pago de 710 euros para poder recibir asistencia sanitaria, lo que provoca ya daños irreparables a los que no pueden pagar, sin hablar de la amenaza que esta política mezquina puede conllevar para los propios ciudadanos españoles. Se han hecho recortes en todos los países europeos por causa de las políticas inhumanas de austeridad que se están aplicando en nombre de la defensa del euro y de la Europa de los banqueros, haciendo pagar la crisis a sus víctimas y protegiendo a los culpables. La insolidaridad va pareja con la injusticia para todos. Ésa es la situación real de Europa hoy, el continente que inventó el humanismo, la Ilustración, el reino de la razón y de la tolerancia. Es ya medianoche en el siglo XXI. España se enfrenta a las inmigraciones ilegales y debe gestionar las tragedias que ocurren en sus aguas y en su suelo, pero resulta obvio que no lo puede hacer sola. Más que nunca, la Unión Europea debe actuar para desarrollar políticas económicas de estabilización de las poblaciones que mueren de hambre en los países de procedencia. La situación socioeconómica de estos países tiene efecto directo sobre Europa. Se sabe que en los próximos años el África subsahariana va a ser el principal crisol de emigración. Desde ahora, es imprescindible un plan de ayuda a España, así como a Italia y Grecia para afrontar, con medios mucho más importantes, este desafío de la miseria. Lo peor sería seguir con los ojos cerrados, pues en Europa ya se han levantado, al hilo de la crisis económica, los augures del miedo y de todos los odios. Grecia enseña ahora el rostro de un partido nazi que propone echar al mar a seres humanos; en Francia, con métodos más sofisticados, los partidos extremistas de derechas van en el mismo sentido. En España no se sabe cómo va a evolucionar la opinión pública sobre este tema. Las autoridades deben tomar conciencia de que esta situación no es para nada pasajera; hay que reaccionar rápidamente, respetando los derechos humanos y la dignidad de la gente. (*) Filósofo y sociólogo francés
SAMI NAÏR (*)
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