¿Irán a Irak?
Por Carlos Fuentes
Saddam Hussein es un odioso tirano. Controla Irak con mano de hierro, no tolera disidencia ni actividad democrática. Ha asesinado personalmente a muchos opositores. Ha usado gases venenosos contra la minoría kurda. Y ha combatido con saña a sus vecinos: ocho años de guerra contra Irán (tolerada y apoyada por los EE. UU. cuando el Irán de los ayatollah motejó a Washington como «El Gran Satán») y una incursión en Kuwait que le costó la derrota militar en la Guerra del Golfo.
Saddam Hussein es tan odioso como Victoriano Huerta y como Osama ben Laden, aunque menos -mucho menos- que Juan Domingo Perón. Si saco estos nombres a relucir, es para ilustrar la extraordinaria capacidad de la política exterior norteamericana para crear monstruos que luego no pueden controlar.
En uno de los libros capitales sobre el arte de la diplomacia y las relaciones internacionales en el siglo XX, «Present at the Creation», Dean Acheson, el brillante secretario de Estado del presidente Truman, evoca ejemplos claros de intervenciones norteamericanas contraproducentes. Empieza con México. La administración Taft, a través de su embajador, Henry Lane Wilson, propició el asesinato del presidente Francisco I. Madero y el golpe de Estado del general Victoriano Huerta. Cuando el siguiente jefe de Estado, Woodrow Wilson, descubrió el sanguinario perfil de Huerta, envió al cuerpo de infantería de la Marina a invadir Veracruz. El resultado no fue el que Wilson buscaba: derrumbar a Huerta. Al contrario. Avivó el sentimiento de defensa nacional en México, fortaleció a Huerta y le permitió al tirano incrementar la leva de tropa dizque «para combatir a los gringos» pero, en realidad, para combatir a Villa y Zapata.
El otro caso de intervencionismo contraproducente que evoca Acheson se refiere a la campaña del embajador de los EE. UU. en la Argentina, Spruille Braden, en contra del candidato Juan Domingo Perón en las elecciones de 1947. Bumerán clásico. Los argentinos redujeron la campaña a «Braden o Perón» y el general ganó abrumadoramente.
Los EE. UU. no deben «salir al mundo buscando monstruos para destruir», advirtió el presidente John Quincy Adams en 1821. Premonición de la saga maniquea del capitán Ajab a la caza del monstruo blanco, la ballena Moby Dick, las palabras de Adams deberían complementarse con otras válidas para el momento actual: los EE. UU. no deberían salir al mundo a fabricar monstruos que al poco tiempo se voltean contra sus creadores. Los ejemplos recientes son alarmantes. Osama ben Laden es una criatura de los EE. UU. y su función era asediar la presencia soviética en Afganistán. Como la familia Ben Laden posee poderosos intereses económicos en los EE. UU., todo quedaba en casa. Pero aun en las mejores familias puede haber un hijo desobediente, un loco incontrolable que resultó ser el otrora niño mimado de Washington, Osama ben Laden. Pero claro, como dijo Tolstoi, sólo las familias infelices son interesantes…
El caso de Saddam Hussein es más complicado. Saddam no debe su poder a los EE. UU., sino a su propia capacidad de conspirar violentamente, derrocando al gobierno del partido Baas en 1958. Pero a partir de 1980, se vuelve el favorito del gobierno y de la empresa norteamericana. Asegura el flujo petrolero y sirve puntualmente a la ofensiva de Washington contra el Irán de los ayatollah. Ronald Reagan decide armar secretamente a Saddam en 1982. Como la ley le prohíbe hacerlo directamente, emplea las vías indirectas de Egipto, Jordania y Kuwait para mantener bien abastecido de armas al tirano de Irak. La señora Thatcher no se queda atrás: envía tanques, misiles y artillería a Saddam. Económicamente, la ayuda no falta. El Foro de Negocios Irak-Estados Unidos, íntimamente ligado a la firma Kissinger Associates, se desvive por proporcionarle alimentos, equipo tecnológico y helicópteros al dictador iraquí.
Y no sólo la ayuda militar es inequívoca. Lo es también el apoyo diplomático. Fiel servidor de los norteamericanos contra Irán, Saddam, en 1996, se siente autorizado para ampliar su dominio sobre Kuwait, anexando al emirato y acusándolo de haberse robado dos mil millones y medio de dólares en petróleo iraquí. Nuevamente, para emprender su aventura militar, Saddam contó con el apoyo, tácito y explícito, del gobierno de los EE. UU. La embajadora de Bush padre en Bagdad, April Glaspie, se entrevistó con Saddam una semana antes de la invasión de Kuwait, asegurándole que los EE. UU. no intervendrían en una «disputa intra-árabe»: «No opinamos sobre conflictos intra-árabes, como la disputa sobre Kuwait», le dijo textualmente la embajadora al dictador.
¿No tenía derecho Saddam Hussein de sentirse autorizado para la invasión? ¿No sucedió algo similar cuando la embajadora Jeanne Kirkpatrick les dio a entender a los sátrapas militares argentinos que contaban con la luz verde de Washington para invadir las Malvinas?
Huerta, Saddam, Osama: qué duda cabe de que se trata de tiranos sanguinarios o terroristas criminales. La calificación moral no está en duda. Lo que está en duda es la racionalidad diplomática de los EE. UU., los cables cruzados entre los factores de poder norteamericanos -políticos, militares, económicos- y, en consecuencia, la confiabilidad en los actos diplomáticos de Washington, la naturaleza errática de sus decisiones y el natural temor a la ceguera de una nación que se sabe la única gran potencia mundial -hecho que no ocurre desde que Roma dominó el Mediterráneo.
No es, pues, el amor a Saddam lo que mueve a Chirac y a Schröder a exigir que cualquier acción contra Irak pase primero por el Consejo de Seguridad de la ONU, y a Schröder, en plena y difícil campaña electoral, a declarar: «Sólo puedo advertir en contra de discutir hoy una guerra contra Irak sin reflexionar sobre las consecuencias políticas y sin tener claro un concepto político para todo el Medio Oriente».
No es el amor a Saddam sino el temor a consecuencias poco o mal meditadas lo que mueve a reflexionar a Turquía, aliado principal de los EE. UU. en la región, pero amenazado por olas de refugiados iraquíes y por la rebelión independentista de la minoría kurda -temores nada aliviados por el subsecretario de la Defensa norteamericano, Wolfowitz, cuando propone un Estado kurdo «federado» a Turquía que Turquía, con razón, prevé como Estado independiente.
No es el amor a Saddam lo que obliga al príncipe Saud al Faisal de Arabia Saudita a declarar: «El problema de Irak no puede ser resuelto militarmente y la intervención en asuntos iraquíes daña a los países de la región».
Claro que los daña. Por encima de las enemistades políticas, priva en el mundo musulmán la filiación religiosa. La invasión norteamericana de Irak puede desencadenar movimientos revolucionarios en Jordania, los Emiratos, Arabia Saudita y Egipto. Sería un gran pretexto -la religión- para obtener un resultado político -el derrumbe de los regímenes autoritarios islámicos del Medio Oriente-. ¿Y por qué desean estos mismos, deplorables regímenes, que Saddam permanezca en el poder?
Por la sencilla razón de que mientras Irak sea un Estado paria, no producirá más petróleo y los precios del crudo se mantendrán a alturas convenientes. En cambio, una victoria rápida contra Saddam significaría la caída del precio del petróleo y una razón más para el anárquico derrumbe de los regímenes autocráticos, sin ingresos para mantenerse en el poder.
Y aun suponiendo que los EE. UU. obtienen una rápida victoria sobre Saddam, ¿han pensado seriamente en quién gobernará Irak, quién pacificará Irak, quién asegurará la integridad de Irak? Ya hay quienes hablan de una situación pos-bélica comparable a la que le fue impuesta a Japón al concluir la Segunda Guerra Mundial: la construcción de un nuevo Estado democrático gracias a la permanencia indefinida de las fuerzas militares de los EE. UU. ¿Lo toleraría el pueblo iraquí, por más que odie a Saddam? ¿Lo toleraría la opinión pública norteamericana? ¿Lo toleraría el propio gobierno de Bush, electo sobre una plataforma, si ustedes bien recuerdan, opuesta a «construir naciones»?
Tales son los peligros múltiples que encara la posible invasión norteamericana de Irak. Por fortuna, no faltan voces serenas ni en Europa ni en los propios EE. UU., donde dos senadores apegados a la ley y a la diplomacia como defensa mejor de su patria -me refiero a Joseph Biden y a John Kerry, demócratas- salvan el verdadero honor de los EE. UU., que es el de ser una democracia fundada en la ley. Biden, en particular, ha exigido que cualquier acción contra Irak sea aprobada primero por el Senado.
A estas voces racionales les corresponde agotar las vías de la negociación, aceptar la propuesta iraquí de enviar inspectores de armamentos a Bagdad y poner a prueba la veracidad de Saddam Hussein. El déspota iraquí es indeseable. Pero también lo es la arrogancia y prepotencia unilateralista de George Bush. Ojalá que la comunidad internacional encuentre maneras de someter la Casa Blanca a políticas multilaterales razonables y a la voluntad del pueblo iraquí la expulsión de Saddam Hussein.
Ninguna de las dos proposiciones parece, por el momento, viable. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el escritor francés Jean Giraudoux estrenó una obra irónicamente premonitoria titulada «La guerra de Troya no tendrá lugar». Me temo mucho que la guerra de Bagdad sí tendrá lugar, con funestas consecuencias para el mundo y con una deplorable razón real para ser: elegir congresistas republicanos y fortalecer internamente a George Bush en las legislativas de noviembre del 2002.
Saddam Hussein es un odioso tirano. Controla Irak con mano de hierro, no tolera disidencia ni actividad democrática. Ha asesinado personalmente a muchos opositores. Ha usado gases venenosos contra la minoría kurda. Y ha combatido con saña a sus vecinos: ocho años de guerra contra Irán (tolerada y apoyada por los EE. UU. cuando el Irán de los ayatollah motejó a Washington como "El Gran Satán") y una incursión en Kuwait que le costó la derrota militar en la Guerra del Golfo.
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