Sigue la epopeya

Redacción

Por Redacción

No es nada común que, para defender su gestión, un mandatario afirme con orgullo que “no somos los únicos quebrados, no somos los únicos fundidos”, para entonces quejarse de que su homólogo de un país vecino, en este caso el boliviano Evo Morales, “ha expropiado hasta el pasto y le prestan al 4,5% anual”, pero lo hizo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el discurso de casi cuatro horas destinado a exaltar los presuntos logros de su propia gestión que el viernes pasado pronunció ante la Asamblea Legislativa. ¿A qué se debe tal diferencia, ya que a nadie se le ocurriría prestar dinero al país gobernado por Cristina a menos del 14%? Según la presidenta, es porque los inversores foráneos sienten tanta envidia que no le perdonarán nunca el haber inventado un modelo extraordinariamente exitoso que va “a contramano de toda y cada una de las cosas que teníamos que hacer”. Tiene razón Cristina en cuanto a la reacción negativa de los mercados frente a la voluntad del gobierno kirchnerista de remar contra la corriente, ya que los despreciados “ortodoxos” de otras latitudes suelen preferir las estadísticas veraces a las claramente dibujadas y les preocupa sobremanera la inflación desbocada, pero atribuir el aislamiento financiero del país a nada más que el deseo de castigarlo por tener éxito es, para decirlo de algún modo, un tanto excéntrico. Como el ejemplo de Bolivia al que aludió la presidenta nos recuerda, a los inversores no les importa en absoluto la ideología de los gobiernos; lo que les interesa es el dinero. A pesar de la presunta propensión de Evo a “expropiar hasta el pasto”, ha manejado la economía boliviana con cierta sensatez y se ha mostrado dispuesto a negociar con los exdueños del “pasto” estatizado, a diferencia de Cristina que se ha habituado a obrar de manera más expeditiva. La razón por la que son reacios a arriesgarse aquí es sencilla; temen verse despojados por integrantes de un movimiento político que se ufana de ir por todo y que, en palabras del viceministro de Economía, Axel Kicillof, cree que la seguridad jurídica es “una cosa horrible”. La parte económica del discurso de Cristina sorprendió no sólo por su extensión insólita sino también porque la oradora se limitó a subrayar, sin ningún atisbo de autocrítica, los supuestos logros de una “década ganada”. No hubo referencias a lo que el gobierno se habrá propuesto hacer para que la próxima sea igualmente ganadora, omisión que hace sospechar que los funcionarios a cargo de la economía no tienen la menor idea de lo que sería necesario hacer para impedir que todo se venga abajo o, cuando menos, que no se animan a decirlo por miedo a enojar a Cristina hablándole de cosas aún más horribles que la seguridad jurídica como un ajuste brutal o, peor aún, la conveniencia de modificar radicalmente el rumbo antes de que sea demasiado tarde. Puesto que no cabe duda de que, en última instancia, el manejo de la economía depende de la presidenta, es legítimo preguntarse si realmente cree en su propia retórica triunfalista. ¿Toma en serio los números aportados por el Indec según los cuales sólo el 6,5% de la población se encuentra por debajo de la espartana línea de pobreza oficial y que la indigencia se ha reducido al 1,7%, la inflación se mantiene alrededor del 10% anual y en los países desarrollados, a diferencia de la Argentina, hay un 27 ó 28% de desocupados? ¿O es que sabe muy bien que la economía se enfrenta con problemas gravísimos pero supone que, por motivos políticos, le corresponde hablar como si el país fuera una isla de prosperidad y dinamismo en un mundo que está en vías de hundirse en la miseria? Son preguntas importantes. Al fin y al cabo, de creer una presidenta tan poderosa como Cristina a pie juntillas que el país realmente está protagonizando una epopeya económica, mostrando a todos los demás, incluyendo Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, el camino que tendrían que tomar, y que por lo tanto lo único que tendrá que hacer el gobierno es seguir aplicando las medidas que en su opinión le permitieron humillar a los “ortodoxos” del FMI y a los funcionarios económicos más influyentes del mundo desarrollado, la Argentina no tardará en chocar contra una pared parecida a la supuesta por el Rodrigazo de los años setenta del siglo pasado.


No es nada común que, para defender su gestión, un mandatario afirme con orgullo que “no somos los únicos quebrados, no somos los únicos fundidos”, para entonces quejarse de que su homólogo de un país vecino, en este caso el boliviano Evo Morales, “ha expropiado hasta el pasto y le prestan al 4,5% anual”, pero lo hizo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el discurso de casi cuatro horas destinado a exaltar los presuntos logros de su propia gestión que el viernes pasado pronunció ante la Asamblea Legislativa. ¿A qué se debe tal diferencia, ya que a nadie se le ocurriría prestar dinero al país gobernado por Cristina a menos del 14%? Según la presidenta, es porque los inversores foráneos sienten tanta envidia que no le perdonarán nunca el haber inventado un modelo extraordinariamente exitoso que va “a contramano de toda y cada una de las cosas que teníamos que hacer”. Tiene razón Cristina en cuanto a la reacción negativa de los mercados frente a la voluntad del gobierno kirchnerista de remar contra la corriente, ya que los despreciados “ortodoxos” de otras latitudes suelen preferir las estadísticas veraces a las claramente dibujadas y les preocupa sobremanera la inflación desbocada, pero atribuir el aislamiento financiero del país a nada más que el deseo de castigarlo por tener éxito es, para decirlo de algún modo, un tanto excéntrico. Como el ejemplo de Bolivia al que aludió la presidenta nos recuerda, a los inversores no les importa en absoluto la ideología de los gobiernos; lo que les interesa es el dinero. A pesar de la presunta propensión de Evo a “expropiar hasta el pasto”, ha manejado la economía boliviana con cierta sensatez y se ha mostrado dispuesto a negociar con los exdueños del “pasto” estatizado, a diferencia de Cristina que se ha habituado a obrar de manera más expeditiva. La razón por la que son reacios a arriesgarse aquí es sencilla; temen verse despojados por integrantes de un movimiento político que se ufana de ir por todo y que, en palabras del viceministro de Economía, Axel Kicillof, cree que la seguridad jurídica es “una cosa horrible”. La parte económica del discurso de Cristina sorprendió no sólo por su extensión insólita sino también porque la oradora se limitó a subrayar, sin ningún atisbo de autocrítica, los supuestos logros de una “década ganada”. No hubo referencias a lo que el gobierno se habrá propuesto hacer para que la próxima sea igualmente ganadora, omisión que hace sospechar que los funcionarios a cargo de la economía no tienen la menor idea de lo que sería necesario hacer para impedir que todo se venga abajo o, cuando menos, que no se animan a decirlo por miedo a enojar a Cristina hablándole de cosas aún más horribles que la seguridad jurídica como un ajuste brutal o, peor aún, la conveniencia de modificar radicalmente el rumbo antes de que sea demasiado tarde. Puesto que no cabe duda de que, en última instancia, el manejo de la economía depende de la presidenta, es legítimo preguntarse si realmente cree en su propia retórica triunfalista. ¿Toma en serio los números aportados por el Indec según los cuales sólo el 6,5% de la población se encuentra por debajo de la espartana línea de pobreza oficial y que la indigencia se ha reducido al 1,7%, la inflación se mantiene alrededor del 10% anual y en los países desarrollados, a diferencia de la Argentina, hay un 27 ó 28% de desocupados? ¿O es que sabe muy bien que la economía se enfrenta con problemas gravísimos pero supone que, por motivos políticos, le corresponde hablar como si el país fuera una isla de prosperidad y dinamismo en un mundo que está en vías de hundirse en la miseria? Son preguntas importantes. Al fin y al cabo, de creer una presidenta tan poderosa como Cristina a pie juntillas que el país realmente está protagonizando una epopeya económica, mostrando a todos los demás, incluyendo Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, el camino que tendrían que tomar, y que por lo tanto lo único que tendrá que hacer el gobierno es seguir aplicando las medidas que en su opinión le permitieron humillar a los “ortodoxos” del FMI y a los funcionarios económicos más influyentes del mundo desarrollado, la Argentina no tardará en chocar contra una pared parecida a la supuesta por el Rodrigazo de los años setenta del siglo pasado.

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