Una revolución sin futuro
Los partidarios del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez imaginaron embalsamar sus restos físicos para que conservaran su apariencia por muchos años más, como hicieron los comunistas soviéticos con el cadáver de Lenin y sus correligionarios chinos con el del “gran timonel” Mao, pero no les será dado hacer lo mismo con la revolución bolivariana. Tal y como están las cosas, este producto de la imaginación de Chávez, el que la calificó del “socialismo del siglo XXI”, parece destinado a deshacerse con rapidez desconcertante. Por cierto, los esfuerzos de los chavistas, encabezados por el ahora “presidente encargado” Nicolás Maduro, por exaltar la figura del líder único y por lo tanto irreemplazable no los ayudarán a consolidar el movimiento heterogéneo en que militan y del cual dependen para continuar en el poder. Antes bien, asegurarán que en adelante los decepcionados por los resultados concretos del gobierno chavista los atribuyan a la ausencia del caudillo, acusando a los herederos desafortunados de no estar a la altura de un personaje tan extraordinario. Parecería que mientras aún era capaz de dar órdenes, el propio Chávez les había advertido que tendrían que prestar más atención a la evolución alarmante de la economía que se hundía en el caos. Nunca sabremos lo que hubiera tratado de hacer para impedir que el modelo bolivariano estallara, pero muchos fieles creerán que sí se las habría arreglado para que todo siguiera como en los buenos tiempos. Todos los modelos populistas, basados como están en el reparto de lo ya existente, vienen con una fecha de vencimiento, detalle éste que no debería de preocupar demasiado a los militantes porque, al fin y al cabo, otros tendrán que encargarse de reparar los daños, lo que les brindaría un sinfín de oportunidades para criticarlos por su falta de solidaridad y de tal modo prepararse para recuperar el poder, como lograron hacer una y otra vez en nuestro país, pero sucede que los actualmente comprometidos con esta modalidad autodestructiva también fantasean con eternizarse en el gobierno. Así, pues, tanto en Venezuela como en la Argentina, agrupaciones populistas de instintos autoritarios que, entre otras cosas, han conseguido debilitar a la oposición interna, están por verse obligadas a enfrentar las consecuencias de su propia miopía. Es de suponer que, para minimizar los costos políticos de lo que está por venir, los chavistas y los kirchneristas intentarán culpar a sus enemigos –oligarcas, el empresariado, los financistas, Estados Unidos, Europa, el capitalismo liberal– por el colapso del nivel de vida de amplios sectores de la población, en especial de los conformados por los más pobres, aunque la estrategia así supuesta sólo sirva para agravar todavía más la crisis fenomenal que ellos mismos han sabido engendrar. La diferencia principal entre la Venezuela chavista y la Argentina de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es que en el país caribeño las fuerzas armadas constituyen un poder fáctico fundamental –no fue por capricho que los restos del caudillo fueron velados en la Academia Militar, no en la sede del Parlamento–, mientras que aquí las fuerzas armadas se han visto virtualmente desmanteladas. Así, pues, aun cuando un partido opositor venezolano lograra derrotar al oficialismo actual en elecciones futuras, el gobierno constitucional resultante correría el riesgo de caer víctima de un golpe militar. Por fortuna, en la Argentina el panorama es mucho menos sombrío. Si bien un eventual gobierno no kirchnerista heredaría una economía muy enferma y tendría que tomar muchas medidas antipáticas, la situación en la que se encontraría distaría de ser tan peligrosa como la de un hipotético equivalente venezolano. De resultas del poder omnímodo y sumamente personalista del que disfrutó por 14 años Chávez, la muerte del hombre que efectivamente había tomado el lugar de las instituciones podría significar el comienzo de un período acaso prolongado de anarquía en un país que ya está entre los más violentos del planeta, uno en que los más poderosos son claramente incapaces de manejar la economía con un mínimo de cordura porque lo único que saben hacer es repartir petrodólares, y quienes tal vez estarían en condiciones de administrarla con cierto realismo carecerán del poder necesario.
Los partidarios del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez imaginaron embalsamar sus restos físicos para que conservaran su apariencia por muchos años más, como hicieron los comunistas soviéticos con el cadáver de Lenin y sus correligionarios chinos con el del “gran timonel” Mao, pero no les será dado hacer lo mismo con la revolución bolivariana. Tal y como están las cosas, este producto de la imaginación de Chávez, el que la calificó del “socialismo del siglo XXI”, parece destinado a deshacerse con rapidez desconcertante. Por cierto, los esfuerzos de los chavistas, encabezados por el ahora “presidente encargado” Nicolás Maduro, por exaltar la figura del líder único y por lo tanto irreemplazable no los ayudarán a consolidar el movimiento heterogéneo en que militan y del cual dependen para continuar en el poder. Antes bien, asegurarán que en adelante los decepcionados por los resultados concretos del gobierno chavista los atribuyan a la ausencia del caudillo, acusando a los herederos desafortunados de no estar a la altura de un personaje tan extraordinario. Parecería que mientras aún era capaz de dar órdenes, el propio Chávez les había advertido que tendrían que prestar más atención a la evolución alarmante de la economía que se hundía en el caos. Nunca sabremos lo que hubiera tratado de hacer para impedir que el modelo bolivariano estallara, pero muchos fieles creerán que sí se las habría arreglado para que todo siguiera como en los buenos tiempos. Todos los modelos populistas, basados como están en el reparto de lo ya existente, vienen con una fecha de vencimiento, detalle éste que no debería de preocupar demasiado a los militantes porque, al fin y al cabo, otros tendrán que encargarse de reparar los daños, lo que les brindaría un sinfín de oportunidades para criticarlos por su falta de solidaridad y de tal modo prepararse para recuperar el poder, como lograron hacer una y otra vez en nuestro país, pero sucede que los actualmente comprometidos con esta modalidad autodestructiva también fantasean con eternizarse en el gobierno. Así, pues, tanto en Venezuela como en la Argentina, agrupaciones populistas de instintos autoritarios que, entre otras cosas, han conseguido debilitar a la oposición interna, están por verse obligadas a enfrentar las consecuencias de su propia miopía. Es de suponer que, para minimizar los costos políticos de lo que está por venir, los chavistas y los kirchneristas intentarán culpar a sus enemigos –oligarcas, el empresariado, los financistas, Estados Unidos, Europa, el capitalismo liberal– por el colapso del nivel de vida de amplios sectores de la población, en especial de los conformados por los más pobres, aunque la estrategia así supuesta sólo sirva para agravar todavía más la crisis fenomenal que ellos mismos han sabido engendrar. La diferencia principal entre la Venezuela chavista y la Argentina de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es que en el país caribeño las fuerzas armadas constituyen un poder fáctico fundamental –no fue por capricho que los restos del caudillo fueron velados en la Academia Militar, no en la sede del Parlamento–, mientras que aquí las fuerzas armadas se han visto virtualmente desmanteladas. Así, pues, aun cuando un partido opositor venezolano lograra derrotar al oficialismo actual en elecciones futuras, el gobierno constitucional resultante correría el riesgo de caer víctima de un golpe militar. Por fortuna, en la Argentina el panorama es mucho menos sombrío. Si bien un eventual gobierno no kirchnerista heredaría una economía muy enferma y tendría que tomar muchas medidas antipáticas, la situación en la que se encontraría distaría de ser tan peligrosa como la de un hipotético equivalente venezolano. De resultas del poder omnímodo y sumamente personalista del que disfrutó por 14 años Chávez, la muerte del hombre que efectivamente había tomado el lugar de las instituciones podría significar el comienzo de un período acaso prolongado de anarquía en un país que ya está entre los más violentos del planeta, uno en que los más poderosos son claramente incapaces de manejar la economía con un mínimo de cordura porque lo único que saben hacer es repartir petrodólares, y quienes tal vez estarían en condiciones de administrarla con cierto realismo carecerán del poder necesario.
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