La dolorosa indigestión de la izquierda K
LUIS RAPPOPORT (*)
Digirieron a una pareja presidencial que, durante su gestión provincial, hizo lobby para asegurar la privatización de YPF. No vieron mal que esa pareja nunca haya rendido cuentas por los fondos que recibió la provincia tras la operación. Tampoco se molestaron cuando echaron al procurador de la provincia, ni cuando desobedecieron a la Corte Suprema en su demanda de restitución al cargo. No se indignaron ni emitieron ninguna expresión crítica pública cuando, en el final de la saga, esa misma pareja presidencial “negoció” con Repsol la venta del 25% de la empresa a un misterioso fondo australiano, cuyo aparente dueño es un amigo del poder, experto en “mercados regulados”. No tuvieron dolores estomacales cuando, para pagar ese 25%, la pareja de marras determinó que se repartieran dividendos excesivos a los accionistas, a costa de que la empresa dejara de invertir y el país perdiera el autoabastecimiento energético. Mucho menos cuando, a falta de ese autoabastecimiento, la Argentina pasó a sentir un estrangulamiento externo. Ellos no sintieron sus tripas estranguladas… No les generó acidez que el vicepresidente colaborara con la “soberanía” monetaria, ayudando a un “no-amigo” en Ciccone. Comen regularmente discursos presidenciales en los cuales es difícil encontrar alguna cifra verdadera y que, cuando la hay, está suficientemente amañada como para pintar un mundo feliz donde hay miseria. Y eso, tampoco les genera dolor alguno. Se comieron a Oyarbide y al Indec sin chistar. Después de todo, un modelo de “matriz diversificada con inclusión social” merece tolerar mentiras mensuales y el “fin justifica los medios” constituye un digestivo excelente. Para evitar atragantarse, prefieren no ver que la Argentina ya no crea más puestos de trabajo. Son de izquierda progresista y –seguramente– digieren, con una cápsula recubierta, que nuestro país sufra el mayor deterioro de la educación pública del mundo. Con esa cápsula evitan tener que enojarse con el poder. Después de todo, son disciplinados y la disciplina ayuda a una correcta digestión. Últimamente fagocitaron, sin aparentes consecuencias, una inflación de más del 25% y el deterioro de las condiciones de vida de las familias más humildes. Y no iniciaron la más mínima investigación sobre la posible complicidad del poder con barras bravas conurbanas, pagadas con fondos públicos, para quemar edificios en Junín. La muerte de 51 pasajeros del Sarmiento no les generó indignación. Tampoco les aportó reacciones viscerales la contrapartida de esas muertes: los diez años de abandono del ferrocarril y la riqueza de Jaime. Encontraron palabras difíciles para explicar lo de Schoklender. Para evitar indignación y dolores estomacales, nunca se preguntaron si Néstor Kirchner conocía lo que pasaba en los “sueños compartidos”. La opción era cartesiana: si sabía era cómplice, si no sabía era incapaz de hacer funcionar los sistemas de control del Estado. Prefieren digerir el tema sin preguntas ni respuestas. Pero la disciplina se terminó, por fin algo de dolor estomacal. Por fin indignación con los compañeros de ruta: se puede robar, se puede mentir, se pueden usar barras bravas para hacer política, se puede destruir el federalismo condicionando con fondos públicos fidelidades interesadas, se puede la minería a cielo abierto y la primarización de nuestro comercio exterior, se puede López y otros amigos enriquecidos. Pero nunca, las Cartas Abiertas tolerarán a una presidenta que busque votos entre los devotos. En particular cuando son devotos a un obispo que viaja en subte. Eso es indigerible, ése es el límite ético de los intelectuales kirchneristas. Porque, como todo el mundo sabe, viajar en subte, dando una señal de austeridad, es la mayor de las demagogias, mientras que jugar a las Malvinas, santificar barras bravas, gastar millonadas en el fútbol para todos, “tirar la cadena” con horas de discursos e invocar al espíritu del “Él”, inaugurar varias veces obras sin terminar o desfinanciar a las provincias para asegurar que el cordón cuneta vuelto a inaugurar lo hizo la presidenta… es un digno ejercicio nacional y popular, ajeno a toda demagogia. Pero digo yo, estos intelectuales de la pavada, ¿no tendrán la brújula de la ética medio ladeada? Pensando en la Biblioteca Nacional, en Carta Abierta y en los intelectuales kirchneristas me viene a la memoria esa frase de Roberto Arlt: “En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches”. (*) Economista, profesor de la Universidad de General Sarmiento
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