Paritaria doméstica

Redacción

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

La capacidad de negociación de los padres con los hijos a la hora de la comida suele ser un trago difícil para ambos. Uno porque pretende lo mejor para sus hijos y otro porque cree que eso que dicen es lo mejor, no lo parece, sobre todo a juzgar por el sabor, la apariencia y hasta el aroma. Pero los tiempos fueron cambiando vertiginosamente las cosas a tal punto que hoy es más común que un chico se plante y diga ¡esto no como! En otros tiempos, un par de décadas atrás, sin ir más lejos, se comía lo que a uno le servían y si no nos gustaba, no había yogures ni galletitas ni nada que lo reemplace hasta la hora de la cena, donde probablemente se sirviera la comida que sobró del almuerzo. Es que se cocinaba mucho una sola vez al día y generalmente almuerzos y cenas eran lo mismo, con la diferencia de que la cena generalmente era recalentada. No había margen para negociar, si el almuerzo era con verduras, todos comían verduras, si en cambio se comía hígado, todos comían hígado y si la opción eran milanesas de mondongo, todos comían milanesas de mondongo. Claro, vistas así, parecen un coctel explosivo, pero en el medio había tallarines, asados, empanadas, guisos, sopas, pasteles, tartas y demás. Los días para habilitar la protesta infantil eran tres o cuatro en el mes, los suficientes como para que todos dijéramos que en esta casa siempre se come lo mismo, otra vez sopa o ¿no hay otra cosa que no sea mondongo en esta casa? Éramos exagerados, pero también nuestros padres lo eran. Si demorábamos en comer, aparecía la frase clásica “te vas a quedar en la mesa hasta que termines” o la otra que decía “todo lo que no comas ahora lo vas a comer a la noche” y amenazas de ese estilo. No nos quedaba otra que comer. No había ni siquiera un gesto que nos indicara que podíamos negociar y comer sólo las papas cuando el resto del menú no nos gustaba. Recuerdo que la mesa del comedor en casa era de madera, grande, familia numerosa. Debajo de la tabla principal había dos maderas más chicas que hacían las veces de soporte para que la mesa no se aflojara. Vistos desde nuestra desesperación exagerada por no comer algo que no nos gustaba, hacían las veces de estantes ocultos que nos permitían dejar discretamente ahí los restos de hígado, mondongo o zanahoria que no estábamos dispuestos a comer. Nuestra madre, que solía vernos hacer esa trampa, silenciosamente cuando todos terminábamos de comer, recogía los restos y aquí no pasó nada. Ahora lo complicado era cuando nuestro padre nos descubría. De ahí aprendí su dicho: “guay conque no comas las verduras”. Ese guay implicaba una especie de ojo que te estoy mirando y puede ser peor. Y lo peor, aunque nos pareciera cruel, era que indefectiblemente tuviéramos que comer. Creo que el tiempo jugó en favor de los hijos y su capacidad de lograr que no sea obligatorio comer de todo, porque dentro de ese de todo hay cosas que no les gustan a todos. Las verduras creo que están a la cabeza de las menos deseadas por los chicos. Son pocos los que eligen las verduras, aunque tengo la certeza de que con el tiempo aprenderán a comerlas. Si no dígame por qué las personas grandes comen verduras y los chicos no. Porque con los años se aprende a comer, a descubrir sabores. Me pasó con la berenjena, a la que no le tenía ninguna simpatía y con los años fui descubriendo que en realidad no era tan fea como yo la sentía sino que tenía más cosas a favor que en contra. El escenario se repite en cada casa donde hay niños o adolescentes y la paritaria del ¿qué comemos hoy? tiene su desgaste, sólo que en este tiempo los menores tienen más chances de negociar que en otras épocas. Cuestión de gustos.


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