Carlitos

Redacción

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

Ya teníamos cierta experiencia en correr con autitos de plástico en el cordón de la vereda. Sabíamos que con ciertas cartas podíamos ganar carreras. Había un Falcon azul que era imbatible pero, cuando ése no corría, las chances de los demás eran parejas. Las opciones eran muchas, pero no todas aseguraban la entereza del pequeño automóvil. Una cuchara de café le daba cierta estabilidad al auto, la arena también, pero lo ponía muy pesado y las rueditas no duraban mucho. Lo más efectivo era el plomo, unos cuadraditos que en el correo le ponían a las encomiendas. Eso y algo de papel hacían el auto perfecto. Juntábamos decenas de chicos del barrio y otros de un poco más lejos. Se armaban verdaderas carreras con insultos infantiles multiplicados. Pero era un peligro. El pueblo de calles angostas nos ponía en riesgo cada vez que alguien quería estacionar o pasaba un camión. Así fue que comenzamos a buscar un lugar para correr tranquilos. Don Amadeo nos dio permiso para que en su terreno, de grandes dimensiones, hiciéramos la pista tan deseada. El entusiasmo duró poco porque, como el circuito era de tierra, los autitos se enterraban y se hacía imposible correr. La convocatoria se fue apagando hasta quedar en la nada. Pero fue hasta que una empresa vial se asentó en el pueblo. Venían a hacer una ruta. Toda una novedad para nosotros porque viajar hasta ese tiempo era casi sinónimo de llegar con la cabeza blanca de tierra y las pestañas pesadas del polvillo. Un señor de poca altura, de muchos kilos y de buenos modales era el capataz. Y fuimos a verlo para ver si, de lo que sobraba del asfalto, nos podían tirar un poco en el terreno prestado para que pudiéramos tener nuestra propia pista asfaltada. –¿Cómo te llamás? –Jorge. –¿Vas a la escuela? –Sí, a cuarto grado. –Bueno, vamos a ver. Si me dan permiso, les daremos un poco de asfalto. Y por unos cuantos días no pasó nada, así que pasada una semana volví por mi cuenta a verlo y a pedirle que no dejara que nuestro entretenimiento se muriera. Apenas me vio dijo: “Hola Carlitos, no me olvidé de ustedes. Ya me dijeron que sí, pero un día de estos vendrá el camión y les llevo el asfalto”. Ni me dio tiempo para aclararle que no era Carlitos. En tres o cuatro días más llegó una camioneta con una pequeña carga de asfalto, con operario y todo para desplegar el asfalto. No se imaginan lo lindo que quedó. Impresionante, la única pista infantil de asfalto de todo el país. Medía no más de 40 centímetros de ancho la calle principal, así que había que ingeniárselas para pasar a otro corredor. Al día siguiente fui a ver al capataz para agradecerle el enorme gesto que había tenido. Y lo encontré en el obrador, estaba con unas copas de más. Le di las gracias y un par de lágrimas se le escaparon. “Con tan poco hice feliz a un montón de chicos”, me dijo. Y aproveché a aclararle que yo era Jorge, no Carlitos. Le pregunté su nombre y me dijo sonriente: “Carlitos”. Parecía una broma, pero de ahí en más, él fue Carlitos y yo también. De tanto en tanto pasaba él a ver las carreras y, si no, yo iba a visitarlo. Charlábamos en la vereda. Las últimas veces que fui lo encontré alcoholizado. Sabía poco de él, apenas alcancé a descubrir su corazón enorme, su tono paternal, sus gestos. Un día golpeó la puerta de casa, era mi cumpleaños. Llegó con un regalo para Carlitos. Mi padre lo invitó a pasar y no quiso, dejó el regalo –un libro– y se fue. Al poco tiempo Carlitos murió y, como por arte de magia, la pista perdió todo su esplendor.


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