“Elecciones en Bariloche”

Redacción

Por Redacción

Finalmente se está configurando el escenario electoral de Bariloche y, en consecuencia, se ponen de manifiesto las verdaderas intenciones. Los candidatos –no todos– dicen verse obligados por la voluntad de sus seguidores, como si fueran chivos propiciatorios dispuestos al sacrificio para agradar al “dios” de la democracia. Pocos son los que dicen la única verdad :“Yo quiero”. Los candidatos –no todos– ponen palabras nunca dichas en boca de otros o realizan exegéticas afirmaciones infundadas que suenan más a falsas interpretaciones de relatos ajenos, que dejan entrever intenciones inconfesables. En estos días se ha enseñoreado “la moral”, al menos en los discursos, y los candidatos –no todos– afirman su narración sobre una supuesta superioridad moral que se autoatribuyen, pero cabe interrogarse quién les asignó esa supuesta superioridad. Algunos proponen que seamos como unos muertos vivientes y sumisos, que aceptemos calladamente los designios superiores y besemos la mano que nos aprieta sin ahogarnos para que los “poderosos” sean los que mezan la cuna. Han puesto todo lo malo en “el pasado reciente” y todo lo bueno en “el porvenir”, si “lo por venir” son ellos mismos. Han hecho de la obediencia y la genuflexión su mayor atributo, como si fueran el último y definitivo profeta. Los candidatos –no todos– no comprenden que la vida humana es algo que tiene que servir a una finalidad que trasciende la individualidad, que si solamente se cierne y se centra sobre sí misma queda incompleta. El otro, el que está a nuestro lado, nuestro vecino no es alguien que nos perturba, sino que nos completa, ¿y por qué nos completa? Pues porque nos brinda una visión del mundo que nunca tendremos sin su participación. Esos candidatos –no todos– que se declaran moralmente superiores consideran que las personas podemos ser objetos de sus pruebas de alquimia política. Al final, todo se convierte en un juego de inmorales imbuidos de una moral que parece superior sólo porque ellos lo dicen y la superioridad moral no pasa de ser un titular de una información falaz o interesada. Antonio Sánchez Díaz – San Carlos de Bariloche

Antonio Sánchez Díaz – San Carlos de Bariloche


Finalmente se está configurando el escenario electoral de Bariloche y, en consecuencia, se ponen de manifiesto las verdaderas intenciones. Los candidatos –no todos– dicen verse obligados por la voluntad de sus seguidores, como si fueran chivos propiciatorios dispuestos al sacrificio para agradar al “dios” de la democracia. Pocos son los que dicen la única verdad :“Yo quiero”. Los candidatos –no todos– ponen palabras nunca dichas en boca de otros o realizan exegéticas afirmaciones infundadas que suenan más a falsas interpretaciones de relatos ajenos, que dejan entrever intenciones inconfesables. En estos días se ha enseñoreado “la moral”, al menos en los discursos, y los candidatos –no todos– afirman su narración sobre una supuesta superioridad moral que se autoatribuyen, pero cabe interrogarse quién les asignó esa supuesta superioridad. Algunos proponen que seamos como unos muertos vivientes y sumisos, que aceptemos calladamente los designios superiores y besemos la mano que nos aprieta sin ahogarnos para que los “poderosos” sean los que mezan la cuna. Han puesto todo lo malo en “el pasado reciente” y todo lo bueno en “el porvenir”, si “lo por venir” son ellos mismos. Han hecho de la obediencia y la genuflexión su mayor atributo, como si fueran el último y definitivo profeta. Los candidatos –no todos– no comprenden que la vida humana es algo que tiene que servir a una finalidad que trasciende la individualidad, que si solamente se cierne y se centra sobre sí misma queda incompleta. El otro, el que está a nuestro lado, nuestro vecino no es alguien que nos perturba, sino que nos completa, ¿y por qué nos completa? Pues porque nos brinda una visión del mundo que nunca tendremos sin su participación. Esos candidatos –no todos– que se declaran moralmente superiores consideran que las personas podemos ser objetos de sus pruebas de alquimia política. Al final, todo se convierte en un juego de inmorales imbuidos de una moral que parece superior sólo porque ellos lo dicen y la superioridad moral no pasa de ser un titular de una información falaz o interesada. Antonio Sánchez Díaz - San Carlos de Bariloche

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