No hay menores delincuentes

Redacción

Por Redacción

GASTÓN GUTIÉRREZ (*)

En lo que parece un volantazo electoralista para captar el voto de derecha que se le escapó al kirchnerismo, optando por Massa en las PASO del 11 de agosto del 2013, se pone nuevamente en el tapete la discusión sobre la baja en la edad de imputabilidad en los menores. Este proyecto, que ya fuera presentado en su momento por De Narváez, otro claro ejemplo de política retrógrada y conservadora, no hace más que quitar el foco de los factores que llevan a los niños, niñas y adolescentes a cometer delitos. No hay menores delincuentes, hay chicos y chicas que cometen actos ilícitos. Pero por qué no nos preguntamos cuáles son los factores que inciden y determinan la existencia de esos actos. A los impulsores de este proyecto pareciera que les resulta conveniente proponer la baja en la edad de imputabilidad para no admitir que los factores socio-ambientales desfavorables son los que empujan a nuestros chicos a la delincuencia: la falta de equidad económica, educativa y cultural, la falta de igualdad de oportunidades y de acceso a los servicios y a la satisfacción de necesidades básicas, al ocio, al esparcimiento y al deporte. Nuestros chicos tienen que jugar, divertirse, compartir. En lugar de eso, están permanentemente en presencia de la violencia, la corrupción que se lleva lo que es de todos, la implementación de políticas públicas electoralistas e ineficaces. Tienen que salir a trabajar o deambular por las calles, porque la inflación se devora los salarios de sus padres o porque los mismos no tienen trabajo. La igualdad no se conecta con aparatos, sino que se establece con solidaridad y entendimiento, con empatía para comprender los problemas de todos los argentinos y con compromiso para trabajar de manera mancomunada en pos de alcanzar soluciones. Aquí la violencia observada en nuestros chicos no es más que un síntoma de la verdadera patología que es la violencia política, dada por la corrupción, por la negación de los errores, por la falta de diálogo y por la respuesta tardía e ineficaz de las políticas públicas y los programas sociales o, meramente, por la ausencia de los mismos. Justicia ineficaz, ineficiente y anclada en un paradigma arcaico. El ámbito legislativo, siempre de avanzada en el territorio argentino, pero con implementaciones y reglamentaciones equívocas. Cuando los representantes del Estado, los agentes del gobierno, las leyes y la Justicia no pueden dar respuesta a una problemática tan sensible, eso también es violencia política. El trauma generado por violencia política tiene sus raíces en la sociedad, no en el individuo. Una característica importante de la violencia política es que la naturaleza del trauma es psicosocial. Es decir, el trauma recae sobre comunidades enteras. Tan importante como los efectos psicológicos son las consecuencias sociales que trae aparejada la violencia. En muchos casos, el mayor impacto de la violencia política es el empobrecimiento material de las poblaciones. La violencia daña las estructuras sociales que permiten a las familias satisfacer las necesidades básicas. La deprivación crónica lleva a la cultura de la supervivencia. Esto trae una presión enorme, lo cual agota la energía y los recursos de la población. Sin una mirada integral, interdisciplinaria y multicausal, resulta muy difícil poder plantear una estrategia que comprenda la problemática en su totalidad, lo que se transforma inmediatamente en un impedimento a la hora de dar una respuesta adecuada. Pensar es problematizar, no es ver a los chicos como delincuentes. Problematizar es pensar con jóvenes, en las políticas y programas sociales, y con los dispositivos e instituciones que les tratan. En la sociedad, los jóvenes asumen formas de ser, de estar y de relacionarse con el entorno, mediante prácticas y comportamientos que transgreden las normas y los límites sociales y culturales dominantes. No hay menores delincuentes. Ningún pibe nace chorro, ningún pibe elige estar en la calle. La baja en la edad de imputabilidad no es la respuesta, no es más que una mera consecuencia de la falta de políticas públicas que aborden integralmente la problemática de la pobreza, que sigue marginando y postergando a muchos sectores de la sociedad argentina y que sigue destruyendo a nuestros chicos. (*) CAINA – Centro de Atención Integral a Niños, Niñas y Adolescentes en situación de calle. Capital Federal


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