El hombre

Hace poco más de tres meses Javier Álvarez fue el único habitante que no quiso irse de Caviahue ante la amenaza de erupción del volcán Copahue: se quedó a cuidar a sus 34 perros. Ahora acaba de ganar con diez de ellos el campeonato sudamericano de carreras de trineos en Chile y organiza paseos y excursiones en la aldea de montaña neuquina.

Redacción

Por Redacción

Javier Avena

Cien días atrás, su nombre apareció en las crónicas que registraban la evacuación de los 900 habitantes de Caviahue. Apenas a unos cinco kilómetros de su cabaña, un gigante amenazaba con entrar en erupción. Los expertos elevaron el nivel de alerta de la actividad del volcán Copahue de amarillo a rojo y las autoridades decidieron el traslado de la población hasta Loncopué. Javier Alvarez no fue parte entonces de la caravana que recorrió 50 kilómetros por ese hermoso camino que serpentea entre valles, laderas, puestos de veranada y formaciones milenarias de lava. No quiso irse: mientras su mujer Josefina y sus dos pequeños hijos Lautaro y Mora se resguardaban en la casa de una amiga en San Martín de los Andes, él se quedaba junto a sus 34 perros. “No lo hice de mártir ni de renegado. Lo hice porque era muy complicado llevarme a todos. Y si los dejaba se podían convertir en jauría. Los perros son mi sustento de vida y correspondía que los cuidara. Tengo un vínculo con ellos”, cuenta mientras les prepara el almuerzo, mezcla de alimento balanceado y los huesos y cortes sobrantes que aporta la Parrilla de Nito, que colabora con la causa. Aquellos fueron días de incertidumbre, de viento blanco que permitía ver poco, de ruidos que sobresaltaban y la certeza de que si sobrevenía un gran estruendo debía soltar a los alaskan huskies y los greiser y escapar con ellos. Pero eso no pasó, la amenaza cedió y todos volvieron a casa. Así son las cosas cuando se vive cerca de un volcán.

Javier Alvarez lo sabe bien, porque hace 16 años vive en Caviahue y conoce la montaña y sus secretos. Llegó un día desde San Fernando y nunca más se fue, atrapado por la belleza agreste y esa tierra virgen donde los chicos y los perros pueden correr en libertad entre las araucarias, algo imposible de lograr en la ciudad del norte del Gran Buenos Aires que empezaba a dejar atrás. De 36 años, alto, delgado, de pelo largo castaño que a veces ata con una colita y barba rala, tiene un aire al Gato Gaudio, sobre todo cuando hace una mueca para reafirmar una frase o larga su sonrisa contagiosa. Pero en verdad, el único gato de la casa es Gurú, que se mueve con naturalidad en ese territorio en apariencia tomado por el enemigo.

Una semana atrás, con sus 10 mejores animales, Javier ganó por tercera vez consecutiva el campeonato sudamericano de Sled Dogs. Corrió con su tropa de elite 375 kilómetros del otro lado de la cordillera, al pie de otro volcán en actividad, el Villarrica, que largaba una humareda que le hacía acordar al Copahue.

Su equipo tiene dos estrellas: una es Zen, la perra que piensa. “Es Messi. Es genial. Sabe cuándo hay que hacer cada cosa. Casi diría que tenemos telepatía”, relata. El otro es Odin, el perro locomotora. “Tira, tira, tira, tiene una fuerza descomunal”, dice Javier, que maneja al grupo con sonidos guturales de origen esquimal. Por ejemplo, si dice “geeee”, los perros doblan a la derecha. Y si dice “jou”, a la izquierda. Una combinación de silbidos y palabras de aliento completan el repertorio. “La idea es mantenerlos motivados todo el tiempo, cada uno sabe cómo hacerlo mejor. Ésta es mi manera”, describe. Durante los tres días de la competencia, dividida en tramos de enlace y de velocidad al estilo de un rally, su trineo tuvo un promedio de 15 km/h, con un pico de 62 km/h en una recta en bajada, récord personal que quedó grabado en el GPS y asombró a sus colegas. Ganó con un tiempo de 9 horas 52 segundos y le sacó 90 minutos al segundo.

Ahora, de vuelta en casa, se prepara para encarar el último tramo de la temporada de paseos y excursiones en trineos, que se estira hasta fines de octubre. Los chicos juegan y Josefina está a punto de salir a buscar más huesos a lo de Nito, el sponsor. La luz natural se filtra por los ventanales y del otro lado aparece ese paisaje de árboles nevados que lo cautivó hace tiempo. A lo lejos, el volcán despide su fumarola. Como siempre en Caviahue.

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