Blanqueo muy gris
En mayo pasado, cuando el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció el polémico blanqueo de capitales no declarados más reciente, fue criticado con virulencia por los voceros de distintas agrupaciones opositoras que lo acusaron de premiar la lógica de la evasión y, en palabras del diputado Fernando “Pino” Solanas, “hacerle pito catalán a los tontos profesionales y empleados públicos que pagan impuesto a las Ganancias”, pero pocos vaticinaron que el plan resultaría ser un fracaso rotundo. Sin embargo, según se informa, a dos semanas de la fecha fijada para que los evasores legalicen sus haberes, se había recaudado apenas 111 millones de dólares, o sea, una pequeña fracción de los 4.000 millones que fueron previstos en un rapto de optimismo por el gobierno nacional. Aunque es probable que llegue más dinero en los días próximos, sorprendería que el total se acercara al monto esperado por Cristina, el viceministro de Economía Axel Kicillof, el secretario de Comercio Guillermo Moreno y los demás integrantes del heterogéneo equipo económico kirchnerista. Parecería, pues, que a cambio del costo político significante que le supuso impulsar un esquema que, conforme a sus propios criterios, es inmoral, el gobierno no recibirá beneficio alguno. Por cierto, a menos que nos tengan reservada una sorpresa mayúscula los prohombres de la patria financiera en la sombra local, sólo conseguirá monedas. Descartada la hipótesis absurda de que, por ser casi todo el dinero en el país ya en blanco, escasean los deseosos de lavar lo suyo, podría atribuirse la respuesta negativa a la oferta gubernamental a que, en las circunstancias actuales, no les convendría a los habituados a operar en la economía clandestina arriesgarse en la legítima, lo que harían si cambian sus dólares por pesos o equivalentes –“cuasimonedas”– como los Cedin. Es que, como saben mejor que nadie los grandes evasores, el gobierno se sintió constreñido a perdonarlos una vez más porque, de resultas de la evolución nada satisfactoria del “modelo” de Cristina, una proporción creciente de la ciudadanía trataba de alejarse de él, aferrándose a valores que a su juicio son mucho más confiables, sobre todo al dólar estadounidense que, para casi todos salvo los muy ricos, es el refugio más seguro en tiempos tormentosos. Parecería, pues, que la voluntad de mantenerse fuera del alcance de la AFIP de Ricardo Echegaray y, en cuanto sea posible, de independizarse de la maltrecha economía nacional, es mucho más fuerte de lo que creía el gobierno. Por lo demás, no existe motivo alguno para suponer que la actitud así supuesta esté por modificarse en los meses próximos. Antes bien, todo hace pensar que la confianza en el futuro del “modelo” siga reduciéndose. Los blanqueos son medidas de emergencia que, si bien en ocasiones pueden permitir que un gobierno en apuros consiga más dinero para superar una dificultad coyuntural, siempre tienen un impacto negativo ya que, entre otras cosas, sirven para que virtualmente todos los evasores entiendan que tarde o temprano podrán regularizar ventajosamente su situación impositiva, lo que, huelga decirlo, contribuye a perpetuar la cultura de la evasión –el “deporte nacional”, según una larga serie mandatarios–, que tantos perjuicios ha causado. Asimismo, puesto que el mero hecho de que un gobierno haya procurado pactar con personas que se han habituado a mofarse de la ley es, de por sí, evidencia de que el “plan” económico de turno está en graves problemas, los eventuales beneficios arrojados son forzosamente pasajeros. Por cierto, para el gobierno kirchnerista, y también para el país, tanto el blanqueo como la probabilidad de que haya fracasado por completo, deberían motivar mucha inquietud. Parecería que, después de años de despilfarro politizado, corrupción en gran escala y un grado de ineptitud administrativa apenas concebible, el Estado sencillamente no cuenta con recursos genuinos adecuados para que “el modelo” se mantenga a flote por mucho tiempo más, razón por la que se prevé que, después de las elecciones legislativas del 27 de octubre, se intensifiquen nuevamente los controles cambiarios, lo que perjudicaría no sólo a los turistas sino también a las muchísimas empresas que dependen de insumos importados.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 17 de septiembre de 2013
En mayo pasado, cuando el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció el polémico blanqueo de capitales no declarados más reciente, fue criticado con virulencia por los voceros de distintas agrupaciones opositoras que lo acusaron de premiar la lógica de la evasión y, en palabras del diputado Fernando “Pino” Solanas, “hacerle pito catalán a los tontos profesionales y empleados públicos que pagan impuesto a las Ganancias”, pero pocos vaticinaron que el plan resultaría ser un fracaso rotundo. Sin embargo, según se informa, a dos semanas de la fecha fijada para que los evasores legalicen sus haberes, se había recaudado apenas 111 millones de dólares, o sea, una pequeña fracción de los 4.000 millones que fueron previstos en un rapto de optimismo por el gobierno nacional. Aunque es probable que llegue más dinero en los días próximos, sorprendería que el total se acercara al monto esperado por Cristina, el viceministro de Economía Axel Kicillof, el secretario de Comercio Guillermo Moreno y los demás integrantes del heterogéneo equipo económico kirchnerista. Parecería, pues, que a cambio del costo político significante que le supuso impulsar un esquema que, conforme a sus propios criterios, es inmoral, el gobierno no recibirá beneficio alguno. Por cierto, a menos que nos tengan reservada una sorpresa mayúscula los prohombres de la patria financiera en la sombra local, sólo conseguirá monedas. Descartada la hipótesis absurda de que, por ser casi todo el dinero en el país ya en blanco, escasean los deseosos de lavar lo suyo, podría atribuirse la respuesta negativa a la oferta gubernamental a que, en las circunstancias actuales, no les convendría a los habituados a operar en la economía clandestina arriesgarse en la legítima, lo que harían si cambian sus dólares por pesos o equivalentes –“cuasimonedas”– como los Cedin. Es que, como saben mejor que nadie los grandes evasores, el gobierno se sintió constreñido a perdonarlos una vez más porque, de resultas de la evolución nada satisfactoria del “modelo” de Cristina, una proporción creciente de la ciudadanía trataba de alejarse de él, aferrándose a valores que a su juicio son mucho más confiables, sobre todo al dólar estadounidense que, para casi todos salvo los muy ricos, es el refugio más seguro en tiempos tormentosos. Parecería, pues, que la voluntad de mantenerse fuera del alcance de la AFIP de Ricardo Echegaray y, en cuanto sea posible, de independizarse de la maltrecha economía nacional, es mucho más fuerte de lo que creía el gobierno. Por lo demás, no existe motivo alguno para suponer que la actitud así supuesta esté por modificarse en los meses próximos. Antes bien, todo hace pensar que la confianza en el futuro del “modelo” siga reduciéndose. Los blanqueos son medidas de emergencia que, si bien en ocasiones pueden permitir que un gobierno en apuros consiga más dinero para superar una dificultad coyuntural, siempre tienen un impacto negativo ya que, entre otras cosas, sirven para que virtualmente todos los evasores entiendan que tarde o temprano podrán regularizar ventajosamente su situación impositiva, lo que, huelga decirlo, contribuye a perpetuar la cultura de la evasión –el “deporte nacional”, según una larga serie mandatarios–, que tantos perjuicios ha causado. Asimismo, puesto que el mero hecho de que un gobierno haya procurado pactar con personas que se han habituado a mofarse de la ley es, de por sí, evidencia de que el “plan” económico de turno está en graves problemas, los eventuales beneficios arrojados son forzosamente pasajeros. Por cierto, para el gobierno kirchnerista, y también para el país, tanto el blanqueo como la probabilidad de que haya fracasado por completo, deberían motivar mucha inquietud. Parecería que, después de años de despilfarro politizado, corrupción en gran escala y un grado de ineptitud administrativa apenas concebible, el Estado sencillamente no cuenta con recursos genuinos adecuados para que “el modelo” se mantenga a flote por mucho tiempo más, razón por la que se prevé que, después de las elecciones legislativas del 27 de octubre, se intensifiquen nuevamente los controles cambiarios, lo que perjudicaría no sólo a los turistas sino también a las muchísimas empresas que dependen de insumos importados.
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