La historia y las armas
HÉCTOR LANDOLFI (*)
George Orwell (1903-1950), el famoso autor británico de dos novelas emblemáticas del siglo XX, “Rebelión en la Granja” y “1984”, decía en un reportaje en el diario norteamericano “Tribune”, del 19 de octubre de 1945, que la historia de la civilización es la historia de las armas. El escritor inglés fundamentaba su visión aludiendo a que el uso del fusil de chispa concedió supremacía a los imperios europeos que lo poseían sobre los países que carecían de él. Para comprender mejor este concepto de Orwell tenemos que tener en cuenta que el mundo, en esa época, estaba en guerra y hacía tres meses que los Estados Unidos habían detonado en el desierto de Nuevo México el primer armamento atómico de la historia. Y faltaban tres meses más para que la superpotencia americana arrojara las nuevas bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Albert Einstein (1879-1966) dio la impresión de compartir, anticipadamente, el pensamiento del novelista británico sobre el poder decisorio de las armas. El genial científico alemán, al igual que Leonardo da Vinci, tenía plena conciencia de las consecuencias que originaba el uso –o la mera posesión– de un armamento poderoso. Al tomar conocimiento de que la Alemania nazi hacía desarrollos científicos nucleares con aplicación bélica, le envió al presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt una serie de cartas donde le advertía de esa situación y le sugería la fabricación de la bomba atómica para poder anticiparse a la que estaría construyendo Hitler. Lo que difirió en el acuerdo logrado entre el creador de la teoría de la relatividad y el presidente norteamericano fue que la bomba no se arrojó sobre Alemania, que ya estaba vencida, sino sobre Japón. Einstein, posteriormente, se arrepintió de haber promovido la fabricación de la bomba atómica al ver que fue arrojada sobre ciudades japonesas. Esta relación entre el poder y las armas no puede descartarse al analizar la realidad geopolítica de los países llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Esta poderosa “clase media”, y en ascenso, está integrada por países con rasgos comunes. China, Rusia, India y Brasil tienen dimensiones casi continentales, economías fuertes y el tamaño de sus poblaciones es acorde al de sus respectivos territorios. Todos tienen armamento atómico y submarinos de propulsión nuclear, menos Brasil. La sospecha, nunca totalmente aventada, de que Brasil construye su propio armamento atómico debe sopesarse en relación a que Estados Unidos, su gran aliado histórico, nunca manifestó inquietud alguna ante la posibilidad de que los brasileños cuenten con ese tipo de armamento, por una parte. Y por la otra, que no estaría dentro de “la naturaleza de las cosas” ver a Brasil, careciente de armas nucleares, integrando el “club” BRICS, cuyos socios, Rusia, India, China y Sudáfrica, son potencias atómicas. En la década del sesenta del siglo pasado el mariscal Montgomery expresaba: “Las flotas de guerra se sumergirán cada vez más bajo las aguas, siendo su arma principal el submarino”. Esta tendencia a utilizar el arma subacuática se acentuó al emplear esos buques la propulsión nuclear. Las potencias atómicas son poseedoras de submarinos impulsados por esa energía y Brasil no se quedará afuera de ese estatus armamentístico: tiene planeado construir cinco submarinos de estas características. Uno de ellos lo está construyendo en Francia y el resto se fabricará en Brasil, con transferencia de tecnología francesa y desarrollos propios. La reciente revelación (diario “O Globo” de Brasil del 16 de septiembre de 2013) de que la dictadura militar brasileña transfirió armas químicas al gobierno de Pinochet (1973-1990) pone en evidencia que la problemática referida a este tipo de armamento no se ubica solamente en un lejano país de Medio Oriente –Siria– si no que está más próxima de lo pensamos. El citado artículo del diario carioca informa que el pertrecho químico enviado a Chile por el Ejército brasileño se fabricó en el Instituto Butantan de São Paulo; y contiene una toxina botulínica, altamente letal, producida por una bacteria cuyo nombre científico es Clostridium botulinum. No sería arriesgado relacionar la muerte del poeta Pablo Neruda (1973) –si se comprueba que fue provocada por la inyección de una toxina mortal– y el envenenamiento del expresidente chileno Eduardo Frei (1982) con las armas químicas enviadas por el gobierno militar brasileño al chileno. Ambos fallecimientos están siendo investigados por la Justicia del país trasandino. Tanto Brasil como Chile firmaron su adhesión al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Químicas, en 1993. Deberíamos preguntarnos si esas armas químicas fabricadas a partir de toxinas botulínicas –o de otro origen pues el Instituto Butantan produce varias clases de venenos de aplicación civil y, por lo visto, también militar– se mantienen aún en el arsenal brasileño y si Chile conserva asimismo las que importó de Brasil. A pesar de lo espeluznante de esta cuestión, el uso del veneno como arma atraviesa todas las culturas. Los indígenas amazónicos emponzoñaban sus flechas con curare, veneno utilizado para atacar a sus enemigos y para abatir a sus presas. Los Medicis, en la Florencia renacentista, fueron famosos por usar pócimas para ultimar a sus adversarios políticos. El espía ruso Aleksandr Litvinenko, exiliado en Londres, fue envenenado con una sustancia radioactiva; todas las sospechas por su asesinato apuntaron al gobierno de su país. Los militares brasileños sólo se diferenciaron de sus antecesores aborígenes en que éstos usaron plantas de la selva amazónica para producir su arma química (curare) y sus coterráneos castrenses emplearon el producto de una bacteria para obtener un arma similar. La actual tensión internacional originada con Siria por la tenencia y utilización de armas químicas se debe a que esta realidad se convirtió en el epicentro sobre el que confluyen dos superpotencias atómicas: Estados Unidos y Rusia. A la que se agrega una colindante confrontación entre Israel e Irán, donde la omnipresencia del armamento atómico sumerge a los oponentes en una suerte de guerra fría. No estamos hoy en el mismo escenario de 1962 (crisis de los misiles en Cuba), donde el poder aplastante del arsenal atómico de Estados Unidos y la ex Unión Soviética, en la medida en que se enfrentaron, se paralizaron mutuamente. La influencia de las armas nucleares vuelve a sentirse hoy en Medio Oriente. Lo novedoso de la crisis actual radica en que los enemigos enfrentados de entonces hoy se alían para presionar a Siria, con el devastador poder atómico que reúnen, y obligarla a que destruya su arsenal de armas químicas. La rapidez con que Estados Unidos aceptó la propuesta rusa para actuar en conjunto frente a Siria se debería a que la superpotencia americana pensó que una acción unilateral de sus fuerzas armadas podría desencadenar una conflagración nuclear en el paralelo y tenso enfrentamiento entre Israel e Irán. Todo hace pensar que el submarino es el principal armamento subacuático, las armas atómicas seguirán siendo incontrastables en la superficie terrestre y misiles y satélites tendrán preponderancia bélica en la atmósfera y la estratosfera. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina
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