Los profetas de una generación

Blur, el grupo liderado por el incombustible Damon Albarn, dio un show inolvidable en el Quilmes Rock.

Redacción

Por Redacción

Los acordes inconfundibles del inicio de Girls & Boys –emblemática acuarela musical que sintetiza toda una década–, la combustión inmediata del público y el despliegue escénico y oral de Damon Albarn, líder de Blur, dieron la pauta, desde la primera canción, de que estábamos ante un espectáculo que podía resultar único. Catorce años después de su primer viaje, Buenos Aires recibía a una banda seminal de lo que se conoció como el nuevo brit pop. Si aquella primera vez –1999– el desembarco resultó algo agridulce –fue la visita de un grupo intoxicado de éxito precoz a punto de desmantelarse–, esta vez se trató, simplemente, de una actuación sin fisuras, inolvidable. Además de por las canciones, el show de Blur será recordado –o al menos destacado– por el escenario en el que se desarrolló, el enorme predio donde funcionaba Interama, al sur de la Ciudad. La famosa torre retrofuturista del lugar y una monumental montaña rusa en desuso –un dinosaurio de acero blanco–, le dieron a la escena un inconfundible sabor vintage. Como si estuviésemos en 1996 y el pop pudiese darnos refugio. Atrapado en un cuerpo que no envejece –pareciera que se puso la campera de jean en 1993 y no se la sacó más–, apasionado hasta el límite que sus genes británicos se lo permiten, Albarn dio el sábado una masterclass de cómo ser un frontman. Salvaje por momentos –desbocado, corría por el escenario de punta a punta–, con mirada omnisciente –hizo subir a cantar a una fan que se lo pedía con un cartel–, manejando la temperatura del show y animándose a comulgar con el público –bajó varias veces a recorrer el pasillo que se hundía entre la gente–, Albarn demostró por qué es considerado un músico notable, cómodo integrante de la aristocracia del rock británico. Muchos de los mejores estribillos que supo dar el pop inglés en los últimos años le pertenecen. El sábado, en una noche agradable y estrellada, fueron coreados con pasión por más de 25 mil fans. Esa energía se palpaba en el aire. La banda repasó todos los hits con los que consiguió ubicarse en el olimpo musical en aquella década. Clásicos como There’s No Other Way o Parklife desataron la euforia entre la gente, que por momentos convirtió esa porción de campo en una discoteca. Un efecto similar provocó la incandescente Coffe & TV –el lado urbano de Cigarettes & alcohol, hit de sus ex archienemigos Oasis–, cantada por Grahan Coxon, el fascinante y taciturno guitarrista, pieza vital en la estructura –y la grandeza– del grupo, acaso el mejor representante de eso que se denominó “Cool Britannia”. Otro momento de gloria fue la interpretación de Tender, pináculo compositivo de la banda –esas guitarras exquisitas, inoxidables–, con Albarn totalmente entregado al –y abrazado por el– público. Fueron siete minutos de una postal que durará por siempre. Pasada la hora y media de show, el final llegó primero con The Universal, tema que permitió desplegar toda la profundidad sonora y orquestal de la banda, vientos y coros incluidos. El furioso comienzo de Song 2 marcó el epílogo definitivo. Otra gema de pura cepa noventosa –esa guitarra sucia– que disparó un pogo explosivo en el que todo pareció darse vuelta. La tierra latió con ese alarido primal, testimonio de una era. Himno para una generación que tuvo a Albarn y compañía de profetas.

Pablo Perantuono


Los acordes inconfundibles del inicio de Girls & Boys –emblemática acuarela musical que sintetiza toda una década–, la combustión inmediata del público y el despliegue escénico y oral de Damon Albarn, líder de Blur, dieron la pauta, desde la primera canción, de que estábamos ante un espectáculo que podía resultar único. Catorce años después de su primer viaje, Buenos Aires recibía a una banda seminal de lo que se conoció como el nuevo brit pop. Si aquella primera vez –1999– el desembarco resultó algo agridulce –fue la visita de un grupo intoxicado de éxito precoz a punto de desmantelarse–, esta vez se trató, simplemente, de una actuación sin fisuras, inolvidable. Además de por las canciones, el show de Blur será recordado –o al menos destacado– por el escenario en el que se desarrolló, el enorme predio donde funcionaba Interama, al sur de la Ciudad. La famosa torre retrofuturista del lugar y una monumental montaña rusa en desuso –un dinosaurio de acero blanco–, le dieron a la escena un inconfundible sabor vintage. Como si estuviésemos en 1996 y el pop pudiese darnos refugio. Atrapado en un cuerpo que no envejece –pareciera que se puso la campera de jean en 1993 y no se la sacó más–, apasionado hasta el límite que sus genes británicos se lo permiten, Albarn dio el sábado una masterclass de cómo ser un frontman. Salvaje por momentos –desbocado, corría por el escenario de punta a punta–, con mirada omnisciente –hizo subir a cantar a una fan que se lo pedía con un cartel–, manejando la temperatura del show y animándose a comulgar con el público –bajó varias veces a recorrer el pasillo que se hundía entre la gente–, Albarn demostró por qué es considerado un músico notable, cómodo integrante de la aristocracia del rock británico. Muchos de los mejores estribillos que supo dar el pop inglés en los últimos años le pertenecen. El sábado, en una noche agradable y estrellada, fueron coreados con pasión por más de 25 mil fans. Esa energía se palpaba en el aire. La banda repasó todos los hits con los que consiguió ubicarse en el olimpo musical en aquella década. Clásicos como There’s No Other Way o Parklife desataron la euforia entre la gente, que por momentos convirtió esa porción de campo en una discoteca. Un efecto similar provocó la incandescente Coffe & TV –el lado urbano de Cigarettes & alcohol, hit de sus ex archienemigos Oasis–, cantada por Grahan Coxon, el fascinante y taciturno guitarrista, pieza vital en la estructura –y la grandeza– del grupo, acaso el mejor representante de eso que se denominó “Cool Britannia”. Otro momento de gloria fue la interpretación de Tender, pináculo compositivo de la banda –esas guitarras exquisitas, inoxidables–, con Albarn totalmente entregado al –y abrazado por el– público. Fueron siete minutos de una postal que durará por siempre. Pasada la hora y media de show, el final llegó primero con The Universal, tema que permitió desplegar toda la profundidad sonora y orquestal de la banda, vientos y coros incluidos. El furioso comienzo de Song 2 marcó el epílogo definitivo. Otra gema de pura cepa noventosa –esa guitarra sucia– que disparó un pogo explosivo en el que todo pareció darse vuelta. La tierra latió con ese alarido primal, testimonio de una era. Himno para una generación que tuvo a Albarn y compañía de profetas.

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