Un pronóstico inquietante
Según la Unidad de Inteligencia Económica, la consultora del muy prestigioso semanario británico “The Economist”, la Argentina se encuentra entre los países con más alto riesgo de inestabilidad social del planeta, un privilegio dudoso que comparte con Bahrein, Bangladesh, Bolivia, Egipto, Grecia, Nigeria, Venezuela, Yemen y Zimbabwe. A juzgar por lo ocurrido en las semanas finales del año pasado, la preocupación que sienten los investigadores es legítima. Aunque a diferencia de algunos de los países mencionados la Argentina no se ve amenazada por conflictos sectarios, o por la presencia de grandes movimientos totalitarios, tiene que enfrentar el problema mayúsculo planteado por la incapacidad ya crónica de sus dirigentes políticos de satisfacer las expectativas mínimas del grueso de sus habitantes. De un modo u otro, todos los gobiernos de las décadas últimas han tratado de hacerlo, pero en todos los casos los esfuerzos resultaron vanos. Pues bien, como los sucesivos “proyectos” de los presidentes Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, el del matrimonio Kirchner ya se ha agotado. Sería contraproducente tratar de “profundizarlo”, como quisieran algunos militantes y, quizás, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, porque cualquier intento en tal sentido sólo serviría para agravar todavía más una crisis que, tal y como están las cosas, parece destinada a tener consecuencias sumamente negativas para los más pobres. Hay algunos motivos para el optimismo. Los “presidenciables” mejor conceptuados, personas como Sergio Massa, Daniel Scioli, Hermes Binner y Mauricio Macri, parecen ser moderados sensatos que serían reacios a comprometerse con dogmas inflexibles o “relatos” voluntaristas. Así y todo, en la fase final de la década menemista, también se había difundido un clima de moderación que reflejó el deseo generalizado de que la Argentina fuera un “país normal”, pero el gobierno resultante, el de la Alianza, no tardó en decepcionar a quienes lo habían votado, lo que lo privó del capital político que hubiera necesitado para superar una crisis económica de dimensiones insólitas. Si bien en la actualidad la coyuntura internacional nos es mucho más favorable de lo que era al iniciarse el siglo XXI, corregir las distorsiones provocadas por los kirchneristas será casi tan difícil como hubiera sido para la Alianza salir de la convertibilidad antes de que los mercados, con la ayuda de ciertos políticos locales, se las arreglaran para demolerla. Siempre y cuando la “inestabilidad social” prevista por “The Economist” no tenga un impacto tan devastador como en diciembre del 2001 y las primeras semanas del año siguiente, el gobierno tendrá que esforzarse por llevar a cabo un ajuste severo que será resistido por los sindicatos y por muchos otros. En otras partes del mundo, la mayoría, consciente de que en circunstancias determinadas no hay ninguna alternativa a la austeridad gubernamental, ha tolerado con resignación programas del tipo que, mal que le pese, el gobierno ya está procurando aplicar sin que nadie se dé cuenta, pero parecería que en nuestro país abundan los convencidos de que nunca debería ser necesario reducir el gasto público. Es de prever, pues, que en los meses próximos se multipliquen las protestas sociales, lo que plantearía un problema muy difícil a un gobierno que ha hecho de su resistencia a reprimirlas una de sus banderas principales. Aunque los kirchneristas no se sintieron demasiado conmovidos por los cacerolazos multitudinarios del año pasado, ya que pudieron atribuirlos a la ira de la clase media urbana que a su juicio es “golpista” por naturaleza, les costaría mantener la ecuanimidad frente a disturbios netamente populares, sobre todo si los “barones” peronistas del conurbano bonaerense que aún son leales a Cristina decidieran que sería de su interés alejarse cuanto antes de un gobierno cuyo ciclo se acerca con rapidez a su fin. Por desgracia, no parecería que hayan exagerado los que piensan que la Argentina, lo mismo que Venezuela, Grecia y algunos países africanos y asiáticos, ha entrado en una etapa muy problemática. A esta altura, sería más sorprendente que el 2014 transcurriera con tanta tranquilidad como los primeros once meses del 2013 de lo que sería que se produjeran estallidos sociales graves como los que tanta angustia causaron en diciembre.
Según la Unidad de Inteligencia Económica, la consultora del muy prestigioso semanario británico “The Economist”, la Argentina se encuentra entre los países con más alto riesgo de inestabilidad social del planeta, un privilegio dudoso que comparte con Bahrein, Bangladesh, Bolivia, Egipto, Grecia, Nigeria, Venezuela, Yemen y Zimbabwe. A juzgar por lo ocurrido en las semanas finales del año pasado, la preocupación que sienten los investigadores es legítima. Aunque a diferencia de algunos de los países mencionados la Argentina no se ve amenazada por conflictos sectarios, o por la presencia de grandes movimientos totalitarios, tiene que enfrentar el problema mayúsculo planteado por la incapacidad ya crónica de sus dirigentes políticos de satisfacer las expectativas mínimas del grueso de sus habitantes. De un modo u otro, todos los gobiernos de las décadas últimas han tratado de hacerlo, pero en todos los casos los esfuerzos resultaron vanos. Pues bien, como los sucesivos “proyectos” de los presidentes Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, el del matrimonio Kirchner ya se ha agotado. Sería contraproducente tratar de “profundizarlo”, como quisieran algunos militantes y, quizás, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, porque cualquier intento en tal sentido sólo serviría para agravar todavía más una crisis que, tal y como están las cosas, parece destinada a tener consecuencias sumamente negativas para los más pobres. Hay algunos motivos para el optimismo. Los “presidenciables” mejor conceptuados, personas como Sergio Massa, Daniel Scioli, Hermes Binner y Mauricio Macri, parecen ser moderados sensatos que serían reacios a comprometerse con dogmas inflexibles o “relatos” voluntaristas. Así y todo, en la fase final de la década menemista, también se había difundido un clima de moderación que reflejó el deseo generalizado de que la Argentina fuera un “país normal”, pero el gobierno resultante, el de la Alianza, no tardó en decepcionar a quienes lo habían votado, lo que lo privó del capital político que hubiera necesitado para superar una crisis económica de dimensiones insólitas. Si bien en la actualidad la coyuntura internacional nos es mucho más favorable de lo que era al iniciarse el siglo XXI, corregir las distorsiones provocadas por los kirchneristas será casi tan difícil como hubiera sido para la Alianza salir de la convertibilidad antes de que los mercados, con la ayuda de ciertos políticos locales, se las arreglaran para demolerla. Siempre y cuando la “inestabilidad social” prevista por “The Economist” no tenga un impacto tan devastador como en diciembre del 2001 y las primeras semanas del año siguiente, el gobierno tendrá que esforzarse por llevar a cabo un ajuste severo que será resistido por los sindicatos y por muchos otros. En otras partes del mundo, la mayoría, consciente de que en circunstancias determinadas no hay ninguna alternativa a la austeridad gubernamental, ha tolerado con resignación programas del tipo que, mal que le pese, el gobierno ya está procurando aplicar sin que nadie se dé cuenta, pero parecería que en nuestro país abundan los convencidos de que nunca debería ser necesario reducir el gasto público. Es de prever, pues, que en los meses próximos se multipliquen las protestas sociales, lo que plantearía un problema muy difícil a un gobierno que ha hecho de su resistencia a reprimirlas una de sus banderas principales. Aunque los kirchneristas no se sintieron demasiado conmovidos por los cacerolazos multitudinarios del año pasado, ya que pudieron atribuirlos a la ira de la clase media urbana que a su juicio es “golpista” por naturaleza, les costaría mantener la ecuanimidad frente a disturbios netamente populares, sobre todo si los “barones” peronistas del conurbano bonaerense que aún son leales a Cristina decidieran que sería de su interés alejarse cuanto antes de un gobierno cuyo ciclo se acerca con rapidez a su fin. Por desgracia, no parecería que hayan exagerado los que piensan que la Argentina, lo mismo que Venezuela, Grecia y algunos países africanos y asiáticos, ha entrado en una etapa muy problemática. A esta altura, sería más sorprendente que el 2014 transcurriera con tanta tranquilidad como los primeros once meses del 2013 de lo que sería que se produjeran estallidos sociales graves como los que tanta angustia causaron en diciembre.
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