Diosdado Cabello y el papa Francisco: un universo de distancia

Redacción

Por Redacción

Hay, entre los mensajes realmente centrales del papa Francisco a todos sus fieles, algunos que, por sus implicancias de todo orden, deben leerse y releerse. Siempre, pero particularmente cuando los pueblos de pronto atraviesan situaciones difíciles, en las que la unidad de su plexo social queda comprometida y, ausente la solidaridad, expuesta a enfrentamientos que pueden, de pronto, ser posibles. Vale entonces la pena recordarlos. Refiriéndose a la necesidad de la fraternidad en el universo de la política, el papa dijo: “Debemos rezar para que el señor nos de la unidad, que es superior al conflicto”. Y, concretamente respecto del diálogo social, agregó: “Que el Señor nos conceda a todos la gracia de cuidar un poquito más la lengua respecto de los comentarios que decimos de los demás”. Y continuó precisando: “La calumnia es peor que un pecado, es la expresión directa de Satanás”. A lo que creyó necesario agregar también: “El que denigra necesita rebajar al otro para sentirse alguien. Si no vamos por el camino fraterno, terminaremos mal”. Mensajes todos que son claros, como el agua. Esto contrasta ciertamente con las palabras recientes del siempre verborrágico venezolano, Diosdado Cabello, que es el presidente de la Asamblea Nacional de su país. Un verdadero provocador profesional. Hace algunos días Cabello aseguró, sin que se le moviera un pelo, como si fuera cosa de todos los días, que la oposición venezolana “no tiene patria”. Un insulto tan grotesco como inmenso. Al que agregó que ella va “mutando, como buenos parásitos”. Todo de una bajeza que, sin embargo, no sorprende tratándose del personaje en cuestión. Cabello, seguramente preocupado por las consecuencias de haber destrozado la economía de su país, está apelando ahora constantemente al apoyo de sus Fuerzas Armadas, militarizando rápidamente a Venezuela, como no había ocurrido nunca hasta ahora, llamándolas “pilares de la revolución”. Sugestivamente. A lo que Cabello sumó que la presunta “revolución” tiene que ir contra las elites políticas, “contra los vende patria que están ahí, conspirando todos los días, que nos les importa nada para llegar al poder”. Increíble, viniendo de quien viene. Disfrazar la defensa de la libertad y un estilo de vida con conspirar es inadmisible. Más aún viniendo de un autoritario. A lo que agregó, con palabras casi incomprensibles: “La Fuerza Armada (no el pueblo a través de las urnas) tiene que definir si está con el pueblo mayoritario o con la mayoría burguesa, que quiere acabar con este país”. Créase o no, eso es lo que textualmente dijo. Un mensaje de desprecio a la gente, es obvio. Quizás por esto es que Nicolás Maduro recoge ahora muy tremendas rechiflas en los estadios de béisbol venezolanos, cuando concurre a ellos sin la compañía de sus aplaudidores alquilados, profesionales de la comedia, entonces. Para enseguida atacar curiosamente a los militares que, cree, son responsables del contrabando de productos venezolanos con precios artificiales, que venden luego –con enormes diferenciales– del otro lado de la frontera con Colombia. Señalando que, “si hay militares y civiles involucrados, tienen que pagar por ello”. Una de cal y otra de arena, es evidente. Todo con un telón de fondo de enorme fragilidad económica y social que, como consecuencia de los errores de estrategia, política y conducción, se ha abatido finalmente sobre la castigada Venezuela y su pueblo. Un mundo entero de distancia entre la procura de unidad de la visión del papa Francisco y la realidad profundamente divisionista bolivariana, que notoriamente se edifica sobre los insultos, enfrentamientos, resentimientos, odios y provocaciones. Lo que hasta no hace mucho llamábamos “lucha de clases” y hoy se disfraza con otros nombres. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)


Hay, entre los mensajes realmente centrales del papa Francisco a todos sus fieles, algunos que, por sus implicancias de todo orden, deben leerse y releerse. Siempre, pero particularmente cuando los pueblos de pronto atraviesan situaciones difíciles, en las que la unidad de su plexo social queda comprometida y, ausente la solidaridad, expuesta a enfrentamientos que pueden, de pronto, ser posibles. Vale entonces la pena recordarlos. Refiriéndose a la necesidad de la fraternidad en el universo de la política, el papa dijo: “Debemos rezar para que el señor nos de la unidad, que es superior al conflicto”. Y, concretamente respecto del diálogo social, agregó: “Que el Señor nos conceda a todos la gracia de cuidar un poquito más la lengua respecto de los comentarios que decimos de los demás”. Y continuó precisando: “La calumnia es peor que un pecado, es la expresión directa de Satanás”. A lo que creyó necesario agregar también: “El que denigra necesita rebajar al otro para sentirse alguien. Si no vamos por el camino fraterno, terminaremos mal”. Mensajes todos que son claros, como el agua. Esto contrasta ciertamente con las palabras recientes del siempre verborrágico venezolano, Diosdado Cabello, que es el presidente de la Asamblea Nacional de su país. Un verdadero provocador profesional. Hace algunos días Cabello aseguró, sin que se le moviera un pelo, como si fuera cosa de todos los días, que la oposición venezolana “no tiene patria”. Un insulto tan grotesco como inmenso. Al que agregó que ella va “mutando, como buenos parásitos”. Todo de una bajeza que, sin embargo, no sorprende tratándose del personaje en cuestión. Cabello, seguramente preocupado por las consecuencias de haber destrozado la economía de su país, está apelando ahora constantemente al apoyo de sus Fuerzas Armadas, militarizando rápidamente a Venezuela, como no había ocurrido nunca hasta ahora, llamándolas “pilares de la revolución”. Sugestivamente. A lo que Cabello sumó que la presunta “revolución” tiene que ir contra las elites políticas, “contra los vende patria que están ahí, conspirando todos los días, que nos les importa nada para llegar al poder”. Increíble, viniendo de quien viene. Disfrazar la defensa de la libertad y un estilo de vida con conspirar es inadmisible. Más aún viniendo de un autoritario. A lo que agregó, con palabras casi incomprensibles: “La Fuerza Armada (no el pueblo a través de las urnas) tiene que definir si está con el pueblo mayoritario o con la mayoría burguesa, que quiere acabar con este país”. Créase o no, eso es lo que textualmente dijo. Un mensaje de desprecio a la gente, es obvio. Quizás por esto es que Nicolás Maduro recoge ahora muy tremendas rechiflas en los estadios de béisbol venezolanos, cuando concurre a ellos sin la compañía de sus aplaudidores alquilados, profesionales de la comedia, entonces. Para enseguida atacar curiosamente a los militares que, cree, son responsables del contrabando de productos venezolanos con precios artificiales, que venden luego –con enormes diferenciales– del otro lado de la frontera con Colombia. Señalando que, “si hay militares y civiles involucrados, tienen que pagar por ello”. Una de cal y otra de arena, es evidente. Todo con un telón de fondo de enorme fragilidad económica y social que, como consecuencia de los errores de estrategia, política y conducción, se ha abatido finalmente sobre la castigada Venezuela y su pueblo. Un mundo entero de distancia entre la procura de unidad de la visión del papa Francisco y la realidad profundamente divisionista bolivariana, que notoriamente se edifica sobre los insultos, enfrentamientos, resentimientos, odios y provocaciones. Lo que hasta no hace mucho llamábamos “lucha de clases” y hoy se disfraza con otros nombres. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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