Un aniversario moderno
Comienzan a sucederse en Europa las conmemoraciones relativas al centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Fue durante el año 1914 cuando, según el historiador británico Eric Hobsbawm, se inauguró la era de las matanzas. No es sorprendente que para los británicos y los franceses, que lucharon durante la mayor parte de esa guerra en el frente occidental, aquella fuera y siga siendo la Gran Guerra, más temible y todavía más traumática que la Segunda Guerra Mundial. Los franceses perdieron casi el 20% de sus hombres en edad militar y, contando los heridos y los prisioneros de guerra, tan sólo un tercio salió indemne del conflicto. Esa misma proporción puede aplicarse a los cinco millones de soldados británicos. Gran Bretaña perdió una generación, medio millón de hombres que no habían cumplido aún los treinta años. En las filas alemanas el número de muertos fue mayor aún que en el Ejército francés. Las pérdidas aparentemente modestas de los Estados Unidos (116.000), frente a 1,6 millones de franceses, casi 800.000 británicos y 1,8 millones de alemanes, ponen de relieve el carácter sanguinario del frente occidental. Vale como muestra de ello que en la batalla de Verdún, entre febrero y julio de 1916, en una contienda en la que se enfrentaron dos millones de soldados, hubo un millón de bajas. A partir de entonces el mundo se acostumbraría al destierro obligatorio y a las matanzas perpetradas a escala astronómica, fenómenos tan frecuentes que sería necesario inventar nuevos términos para designarlos, como “apátrida” o “genocidio”. Durante la Primera Guerra Mundial Turquía dio muerte aproximadamente a unos 1,5 millones de armenios, en lo que puede considerarse como el primer intento moderno de eliminar a todo un pueblo. Más tarde tendría lugar la matanza de unos cinco millones de judíos a manos de los nazis. Zygmunt Bauman recuerda que esa ingeniería de la muerte se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura. Al punto de ser resultado de los rutinarios procedimientos burocráticos, del cálculo de la eficiencia y de la cuadratura de las cuentas. De modo que los ingredientes del compuesto asesino estuvieron constituidos por una ambición típicamente moderna de diseño e ingeniería sociales, mezclada con una concentración intrínsecamente moderna de poder, recursos y administración. Para el sociólogo polaco, además, el moderno asesinato en masa se distingue por la ausencia de toda espontaneidad y por la incidencia de la planificación racional y calculada. Se caracteriza por la casi completa eliminación de la contingencia y de la casualidad, así como por su autonomía frente a las emociones grupales y los motivos personales. De modo que los demonios que habitaron y desgarraron el siglo XX se gestaron en el curso de decididos esfuerzos para completar la tarea fijada en los mismos inicios de la edad contemporánea. Aquélla se centró en imponer un diseño transparente y manejable sobre un caos sin reglas ni control, todo ello para llevar al mundo de los humanos un orden bajo la inquebrantable regla de la razón. La convicción de que tamaño logro es posible, factible y está al alcance de los hombres, junto al irresistible apremio de actuar de acuerdo a esta convicción, fue y sigue siendo el atributo que define a la modernidad y alcanza su cumbre en el inicio del siglo XX. Sin embargo, la era contemporánea clásica vio minada su confianza en sí misma por el estallido de la Gran Guerra, la cual evidenció que, a un mismo tiempo, se trababa también de una era de destrucción: la búsqueda de la perfección llevó a erradicar, destruir y deshacerse de numerosos seres que no podían ser integrados en un esquema perfecto del mundo. Es decir que más que una rebelión contra la civilización moderna, la era de las matanzas consistió en un movimiento totalmente leal a los preceptos esenciales de ésta. Afortunadamente, afirma Bauman, la mayor parte del tiempo se evita que la modernidad se descontrole. Sus ambiciones chocan con el pluralismo del mundo y se detienen antes de realizarse por falta de un poder absoluto y de un ejecutor monopolista. Al menos, lo suficientemente poderoso como para aplastar a todas las fuerzas autónomas, compensatorias y atenuantes que la estabilizan. (*) Juez Penal. Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia por la Universidad de Utrecht, Países Bajos
MARTÍN LOZADA (*)
Comienzan a sucederse en Europa las conmemoraciones relativas al centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Fue durante el año 1914 cuando, según el historiador británico Eric Hobsbawm, se inauguró la era de las matanzas. No es sorprendente que para los británicos y los franceses, que lucharon durante la mayor parte de esa guerra en el frente occidental, aquella fuera y siga siendo la Gran Guerra, más temible y todavía más traumática que la Segunda Guerra Mundial. Los franceses perdieron casi el 20% de sus hombres en edad militar y, contando los heridos y los prisioneros de guerra, tan sólo un tercio salió indemne del conflicto. Esa misma proporción puede aplicarse a los cinco millones de soldados británicos. Gran Bretaña perdió una generación, medio millón de hombres que no habían cumplido aún los treinta años. En las filas alemanas el número de muertos fue mayor aún que en el Ejército francés. Las pérdidas aparentemente modestas de los Estados Unidos (116.000), frente a 1,6 millones de franceses, casi 800.000 británicos y 1,8 millones de alemanes, ponen de relieve el carácter sanguinario del frente occidental. Vale como muestra de ello que en la batalla de Verdún, entre febrero y julio de 1916, en una contienda en la que se enfrentaron dos millones de soldados, hubo un millón de bajas. A partir de entonces el mundo se acostumbraría al destierro obligatorio y a las matanzas perpetradas a escala astronómica, fenómenos tan frecuentes que sería necesario inventar nuevos términos para designarlos, como “apátrida” o “genocidio”. Durante la Primera Guerra Mundial Turquía dio muerte aproximadamente a unos 1,5 millones de armenios, en lo que puede considerarse como el primer intento moderno de eliminar a todo un pueblo. Más tarde tendría lugar la matanza de unos cinco millones de judíos a manos de los nazis. Zygmunt Bauman recuerda que esa ingeniería de la muerte se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura. Al punto de ser resultado de los rutinarios procedimientos burocráticos, del cálculo de la eficiencia y de la cuadratura de las cuentas. De modo que los ingredientes del compuesto asesino estuvieron constituidos por una ambición típicamente moderna de diseño e ingeniería sociales, mezclada con una concentración intrínsecamente moderna de poder, recursos y administración. Para el sociólogo polaco, además, el moderno asesinato en masa se distingue por la ausencia de toda espontaneidad y por la incidencia de la planificación racional y calculada. Se caracteriza por la casi completa eliminación de la contingencia y de la casualidad, así como por su autonomía frente a las emociones grupales y los motivos personales. De modo que los demonios que habitaron y desgarraron el siglo XX se gestaron en el curso de decididos esfuerzos para completar la tarea fijada en los mismos inicios de la edad contemporánea. Aquélla se centró en imponer un diseño transparente y manejable sobre un caos sin reglas ni control, todo ello para llevar al mundo de los humanos un orden bajo la inquebrantable regla de la razón. La convicción de que tamaño logro es posible, factible y está al alcance de los hombres, junto al irresistible apremio de actuar de acuerdo a esta convicción, fue y sigue siendo el atributo que define a la modernidad y alcanza su cumbre en el inicio del siglo XX. Sin embargo, la era contemporánea clásica vio minada su confianza en sí misma por el estallido de la Gran Guerra, la cual evidenció que, a un mismo tiempo, se trababa también de una era de destrucción: la búsqueda de la perfección llevó a erradicar, destruir y deshacerse de numerosos seres que no podían ser integrados en un esquema perfecto del mundo. Es decir que más que una rebelión contra la civilización moderna, la era de las matanzas consistió en un movimiento totalmente leal a los preceptos esenciales de ésta. Afortunadamente, afirma Bauman, la mayor parte del tiempo se evita que la modernidad se descontrole. Sus ambiciones chocan con el pluralismo del mundo y se detienen antes de realizarse por falta de un poder absoluto y de un ejecutor monopolista. Al menos, lo suficientemente poderoso como para aplastar a todas las fuerzas autónomas, compensatorias y atenuantes que la estabilizan. (*) Juez Penal. Catedrático Unesco en Derechos Humanos, Paz y Democracia por la Universidad de Utrecht, Países Bajos
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