Confusiones
La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra
El disparador
Cuando Isidoro Reyes era niño llenaba de queso rallado los platos de pasta porque creía que así se enfriaría más rápido. Hasta que un día su abuela le dio una pista que lo ayudó a descubrir que estaba equivocado: “No le pongas tanto queso a los ravioles, te van a quedar muy salados”.
Reyes le contó la anécdota a Latana Buendía, que le comentó: “Para mí los errores son algo tan pero tan terrible, que me costaría decir en voz alta las cosas locas que uno cree equivocadamente”.
-¡Qué contradictorias somos las personas! -dijo Reyes-. Sabemos que el error es la base del aprendizaje pero vivimos escondiendo los errores, que además tardamos en reconocerlos.
-¿Eso de convivir con un creencia errada te pasó más veces? -se interesó Latana.
-Sí, varias. Creía que se decía “lipódromo”, porque en mi familia no hablamos muy claro, hasta que saliendo de la adolescencia escuché: “Hoy fui al hipódromo”.
-Te voy a confesar algo -anunció Latana-. Hasta los cinco años pensaba que el pelo de las muñecas podía crecer. Entonces se lo cortaba y cada día iba a chequearlo. Además creía que crecía más si le ponía agua, como a las plantas. Así que las bañaba y las bañaba. Hasta que mi mamá me explicó. ¿Y si nunca hubiese tenido esa charla a lo mejor seguiría pensando que el pelo crece porque uno le da agua?
-Puede ser -dudó Reyes-. Mirá, yo recién descubrí que los espirales ahuyentan los mosquitos pero no los mata. Llegué a esa conclusión porque también creía que la naftalina mataba a las polillas. Mi pensamiento era lineal: naftalina es igual a no polillas.
-¿En serio? -se intrigó Latana.
-Sí… Será que antes no me hacía preguntas… No sé, hace unos meses puse naftalina entre la ropa en la habitación y a los pocos días vi que las polillas volaban pero en otra parte de casa. Ahí le trasladé mi inquietud a un vendedor: ¿la naftalina mata o ahuyenta las polillas? Me miró como si le estuviera tomando el pelo, pero bueno, me sacó la duda.
-Claro -siguió Latana- hay cosas que son cuestión de preguntar o buscar la respuesta. De otras uno también se da cuenta si presta atención.
-¿Por ejemplo? -tanteó Reyes.
-Te voy a confesar algo más: hasta recién, pero recién, no tenía muy claro cómo crecen las uñas. Pensaba que iban creciendo desde la parte de afuera y no desde adentro. La revelación me llegó cuando me hice un moretón en una uña. Unos días después me sorprendí al ver que el moretón empezó a moverse mientras crecía la uña. ¡Nunca lo había pensado antes!
-¿Cuántas cosas -ahondó Reyes- creemos que son de una manera sin indagar, no? O sea, en un momento incorporamos que son así, y listo. Como cuando un niño ve a su mamá barrer el piso y piensa que solo barren las mujeres.
-Me da la impresión de que todos vamos escondiendo cosas -añadió Latana-. O sea, los que las saben, las esconden de los que no saben; y los que no las saben, esconden lo que no saben en lugar de preguntar. Parece un trabalenguas… Pero, ¡qué lindo es poder decir “No sé”! O dejarse sorprender porque algo es diferente a lo que creíamos. Me parece que es muy liberador.
El disparador
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