El padre de “Gaia”, hoy
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
The Guardian publicó varias notas sobre James Lovelock, el famoso inventor y científico independiente que en 1970 difundió la teoría según la cual los sedimentos de la superficie de la tierra y la atmósfera del planeta forman un sistema fisiológico que se autorregula; así, la naturaleza trabajaría para mantener condiciones favorables a ella misma. La hipótesis recibió algún respaldo de científicos –en particular de la gran bióloga Lynn Margulis, quien le acopló su teoría del origen de las células eucariotas, ahora considerada un triunfo científico–, pero una mayoría de juicios escépticos (“ciencia poética”, “pop-ecology”, calificaron algunos). Pero en los ambientes ecologistas la idea de Gaia se hizo rápidamente popular y hasta emblemática para sectores del movimiento “verde” rotulados como “New Age” o “ecofreaks”. Viviendo bien sus 94 años y radiando alegría en su casa cercana a la playa de Dorset, el químico, meteorólogo e inventor del “electron carbon detector”, que trabajó en la NASA y descubrió el fenómeno de la depleción de la capa de ozono en la Antártida, satisfizo amplios cuestionarios de periodistas. Una pregunta esencial se refirió al cambio climático sobre el cual había formulado advertencias en su libro del 2006 “The Revenge of Gaia”. Allí aseguraba que no podía descartarse una catástrofe, aunque era muy improbable, y podrían pasar centenares de años antes de que el clima se hiciese crítico. Ahora, en vísperas del nuevo informe de la ONU sobre el asunto (días después, el 13/4, se publicaron las anodinas conclusiones del International Panel on Climate Change, IPCC), ante la pregunta de si lo que opinaba podría darles munición a los escépticos sobre la entidad del fenómeno, afirmó que “es tan tonto ser un negador del calentamiento global como ser un creyente, no se puede estar seguro”. Hablando sobre el movimiento ambientalista, este personaje jubilado pero siempre activo se describe a sí mismo como “an old-fashioned-green”, un “verde” pasado de moda. Juzga que el ambientalismo se ha convertido en una religión y acota que las religiones no se preocupan demasiado por los hechos. Por otro lado, es un entusiasta de la energía nuclear, lo que lo hace impopular entre los “verdes”. Soy un científico –dice– y no podría, porque es absurdo, rechazar la energía nuclear. La repulsa de los que la impugnan viene desde un sentimiento religioso, se sienten culpables de que se hayan arrojado atómicas sobre la gente. Pero la nuclear es un regalo extraordinario a los humanos –una fuente segura y barata de energía– que fue horriblemente abusada en su origen. Estamos jugando con sentimientos de culpa sobre ella, dice, y es una lástima. Lo de los desechos nucleares no es un problema. Ha estado en un lugar de Francia donde se han depositado residuos durante 25 años y su monitor personal no registró en la visita signo alguno de radiación. ¿Qué sobre el “meltdown” en Fukushima en el 2011? Ésa es la más divertida colección de mentiras que él conozca. No hay daño ambiental considerable, nadie murió o resultó herido, todo ha sido propaganda antinuclear que, sin embargo, asusta al gobierno. A este inglés desprejuiciado le preocupa el problema energético de su patria. Apoya, como segunda de la nuclear, la opción “fracking” para el gas de esquistos, fuertemente apoyada por el gobierno Cameron y resistida por activistas anti-fracking. Opina que si la solar no puede ser pensada por escasez de sol y la del carbón genera demasiado CO2, queda esa técnica que produce sólo una fracción del aumento y hará a Bretaña completamente segura en energía por mucho tiempo. No objeta en principio a la eólica pero estima que es ineficiente y, por otra parte, las fantasmagóricas turbinas aéreas arruinarían el amado paisaje rural irremediablemente. Hipotéticamente, cuenta con humor, si pudiéramos contar con el Sahara, una granja solar de 100 por 100 millas podría dar energía a toda Europa, pero eso es algo totalmente utópico, por política y por el riesgo de tentaciones terroristas al estilo Twin Towers de Al-Qaeda. Las crónicas nos informan sobre un nuevo libro de Lovelock “A Rough Ride to the Future” que contiene una memoria de su vida en la ciencia y formula predicciones fantásticas sobre el futuro humano. La tesis subyacente es que Gaia entró desde el siglo XVIII en proceso de “accelerated evolution”, algo que está produciendo un cambio en el planeta como de un millón de veces más rápido que la evolución darwiniana. “Los cambios en el ambiente que vemos como adversos –desde la abundancia creciente de dióxido de carbono, el cambio climático y el crecimiento de la población– son todos consecuencia de esta nueva inflación evolutiva”. La tecnología –que él aprecia como naciendo con la invención de Newcomen (la máquina de vapor anterior a la de Watt)– ha determinado un rápido y profundo cambio en el planeta. El futuro que imagina tiene parecido con el futurismo de Ray Kurzwell y de los que pronostican a la inteligencia artificial convirtiéndose en muy superior a la inteligencia humana. Lovelock expone su idea de que una de las consecuencias de la evolución acelerada podría ser que en un cierto punto comience a producirse (él, con reverencia y humor, anota su propio marcapasos como antecedente indicativo) una simbiosis final del hombre con el mundo de los aparatos y la electrónica. (*) Doctor en Filosofía
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