Los buitres son lo de menos

Redacción

Por Redacción

Para el gobierno, ha de ser en cierto modo reconfortante que la mayoría suponga que es debido sólo a las maniobras de “los buitres” que la Argentina se encuentra nuevamente al borde del default, pero acaso sería más realista atribuirlo a la caída estrepitosa de las reservas del Banco Central en el transcurso de los años últimos. En enero del 2011 alcanzaron los 52.654 millones de dólares estadounidenses, pero en la actualidad apenas superan los 28.000 millones, razón por la que el tener que desembolsar varios miles de millones para cumplir con el fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa ha motivado un grado de preocupación rayano en el pánico. De haber actuado con mayor previsión el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el país tendría reservas más que suficientes como para permitirle satisfacer a “los buitres” sin verse constreñido a ajustar el cinturón. Al fin y al cabo, en diciembre del 2005 el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner pudo darse el gusto de entregar casi 10.000 millones de dólares al FMI con el propósito de “ganar grados de libertad para la decisión nacional”. Por desgracia, Cristina aprovecharía dicha libertad para aumentar de manera temeraria el gasto público, estimular el consumo por motivos electoralistas y demorar el desmantelamiento de un sistema de subsidios ruinoso. Asimismo, se estima que importar energía nos costaría aproximadamente 16.000 millones de dólares el año corriente si no fuera por una recesión que ha hecho caer la demanda; antes de optar los Kirchner por ensañarse con las empresas energéticas, la Argentina disfrutaba de un superávit en el rubro así supuesto. Los ataques de los fondos especulativos mundialmente conocidos como “buitres” sólo preocupan a países que ya son vulnerables. Luego de años de crecimiento relativamente rápido impulsado por una coyuntura internacional muy favorable, la Argentina debería estar en condiciones de repelerlos con la misma facilidad con la que Néstor Kirchner ahuyentó a los inspectores del FMI. No lo está porque el gobierno, al subordinar todo a sus necesidades políticas inmediatas, nunca quiso entender que siempre es mejor prepararse para lo peor. Antes bien, apostó a que la euforia consumista de parte de la clase media le aportaría no sólo beneficios políticos, como en efecto sucedió hasta el día que siguió a la reelección triunfal de Cristina, sino que también serviría para que la economía siguiera expandiéndose indefinidamente a tasas “chinas”. Como podía preverse, la burbuja estalló: aun cuando no hubiera “buitres” resueltos a hacer valer sus derechos legales a costa del país, a la Argentina le aguardarían años de estanflación exasperante. Parecería que la Argentina está condenada a hundirse en una crisis profunda cada diez años aproximadamente, que etapas consideradas promisorias siempre se ven seguidas por otras calamitosas, después de las cuales el país ensayará un nuevo “modelo” destinado a compartir la suerte de los anteriores. ¿A qué se debe esta historia deprimente de fracasos sucesivos? Acaso a que nuestros dirigentes políticos son auténticos maestros del arte de responsabilizar por los desastres colectivos a rivales locales, a una conspiración internacional, cuando no a las presuntas deficiencias morales y por lo tanto antiargentinas del sistema capitalista, lo que a su juicio los exime de la necesidad de preguntarse si la trayectoria económica lamentable del país no tendrá algo que ver con sus propias actitudes. Sea como fuere, ya están en marcha los mecanismos defensivos tradicionales. Los culpables de ponernos en riesgo del enésimo default serán los fondos buitre y los jueces norteamericanos que anteponen la letra chica de la ley a los intereses no sólo de los argentinos sino también, Cristina dixit, con el apoyo aparente de sus homólogos de Estados Unidos y Francia, además de la directora gerente del mismísimo FMI, de la comunidad internacional en su conjunto. Tales argumentos serían más convincentes si no fuera por el hecho de que la economía argentina se ha desplomado con mayor frecuencia que la de cualquier otro país de cultura occidental y que, en esta ocasión, podría haberse ahorrado un nuevo desastre manejando las finanzas nacionales con un grado mínimo de sensatez, pero tal y como están las cosas no sorprendería que el grueso de la clase política los reivindicara como si se tratara de una verdad revelada irrefutable.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 21 de junio de 2014


Para el gobierno, ha de ser en cierto modo reconfortante que la mayoría suponga que es debido sólo a las maniobras de “los buitres” que la Argentina se encuentra nuevamente al borde del default, pero acaso sería más realista atribuirlo a la caída estrepitosa de las reservas del Banco Central en el transcurso de los años últimos. En enero del 2011 alcanzaron los 52.654 millones de dólares estadounidenses, pero en la actualidad apenas superan los 28.000 millones, razón por la que el tener que desembolsar varios miles de millones para cumplir con el fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa ha motivado un grado de preocupación rayano en el pánico. De haber actuado con mayor previsión el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el país tendría reservas más que suficientes como para permitirle satisfacer a “los buitres” sin verse constreñido a ajustar el cinturón. Al fin y al cabo, en diciembre del 2005 el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner pudo darse el gusto de entregar casi 10.000 millones de dólares al FMI con el propósito de “ganar grados de libertad para la decisión nacional”. Por desgracia, Cristina aprovecharía dicha libertad para aumentar de manera temeraria el gasto público, estimular el consumo por motivos electoralistas y demorar el desmantelamiento de un sistema de subsidios ruinoso. Asimismo, se estima que importar energía nos costaría aproximadamente 16.000 millones de dólares el año corriente si no fuera por una recesión que ha hecho caer la demanda; antes de optar los Kirchner por ensañarse con las empresas energéticas, la Argentina disfrutaba de un superávit en el rubro así supuesto. Los ataques de los fondos especulativos mundialmente conocidos como “buitres” sólo preocupan a países que ya son vulnerables. Luego de años de crecimiento relativamente rápido impulsado por una coyuntura internacional muy favorable, la Argentina debería estar en condiciones de repelerlos con la misma facilidad con la que Néstor Kirchner ahuyentó a los inspectores del FMI. No lo está porque el gobierno, al subordinar todo a sus necesidades políticas inmediatas, nunca quiso entender que siempre es mejor prepararse para lo peor. Antes bien, apostó a que la euforia consumista de parte de la clase media le aportaría no sólo beneficios políticos, como en efecto sucedió hasta el día que siguió a la reelección triunfal de Cristina, sino que también serviría para que la economía siguiera expandiéndose indefinidamente a tasas “chinas”. Como podía preverse, la burbuja estalló: aun cuando no hubiera “buitres” resueltos a hacer valer sus derechos legales a costa del país, a la Argentina le aguardarían años de estanflación exasperante. Parecería que la Argentina está condenada a hundirse en una crisis profunda cada diez años aproximadamente, que etapas consideradas promisorias siempre se ven seguidas por otras calamitosas, después de las cuales el país ensayará un nuevo “modelo” destinado a compartir la suerte de los anteriores. ¿A qué se debe esta historia deprimente de fracasos sucesivos? Acaso a que nuestros dirigentes políticos son auténticos maestros del arte de responsabilizar por los desastres colectivos a rivales locales, a una conspiración internacional, cuando no a las presuntas deficiencias morales y por lo tanto antiargentinas del sistema capitalista, lo que a su juicio los exime de la necesidad de preguntarse si la trayectoria económica lamentable del país no tendrá algo que ver con sus propias actitudes. Sea como fuere, ya están en marcha los mecanismos defensivos tradicionales. Los culpables de ponernos en riesgo del enésimo default serán los fondos buitre y los jueces norteamericanos que anteponen la letra chica de la ley a los intereses no sólo de los argentinos sino también, Cristina dixit, con el apoyo aparente de sus homólogos de Estados Unidos y Francia, además de la directora gerente del mismísimo FMI, de la comunidad internacional en su conjunto. Tales argumentos serían más convincentes si no fuera por el hecho de que la economía argentina se ha desplomado con mayor frecuencia que la de cualquier otro país de cultura occidental y que, en esta ocasión, podría haberse ahorrado un nuevo desastre manejando las finanzas nacionales con un grado mínimo de sensatez, pero tal y como están las cosas no sorprendería que el grueso de la clase política los reivindicara como si se tratara de una verdad revelada irrefutable.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora