Zerdán, un caso suspendido en el tiempo
La bioquímica fue salvajemente asesinada, en septiembre de 1999. Con pocas pruebas, la Justicia acusó a su pareja y al hijastro. Hubo un proceso viciado y forzado que terminó en fallo absolutorio.
CIPOLLETTI
Buena vida, son las palabras elegidas para despedirse. Es al menos inquietante que de su boca salgan esas últimas inflexiones de voz antes de perderse en los pliegues de la ciudad. Justo de un hombre de 39 años con aspecto de muchacho, que estuvo tras las rejas acusado de haber asesinado a su madrastra, la bioquímica Ana Zerdán.
Juan Manuel Aguirre Taboada no quiere estar en Cipolletti. Ni siquiera se siente a gusto en Buenos Aires, o en cualquier lugar de Argentina. La patria grande le queda incómoda, se le hace insoportable. Conoce otros diez países y cualquiera de ellos le vendría mejor que éste. Recuerda las playas de Costa Rica, el calor en la piel y la calidez humana, y suelta una sonrisa de dos bocas. Juan Manuel vivió dos vidas con un sólo documento: hasta los 24, la del joven despreocupado, noctámbulo, superficial, sumergido en las comodidades de una cotidianeidad sin mayores responsabilidades que verse bonito y tener ropa acorde; luego la del paria, el preso, el perseguido por la Justicia. Desde hace 15 años se encuentra suspendido en el pasado con un futuro sujeto con alfileres. ¿Mató a Ana Zerdán? ¿Lo hizo su padre? ¿Tuvieron algo que ver en uno de los tantos asesinatos que en Cipolletti continúan en la triste sombra de la impunidad?
En este caso, la Justicia dio tantas vueltas que es hasta difícil seguir su acontecer. Juan Manuel y su padre Juan Carlos Aguirre fueron tres veces encarcelados y puestos en libertad (nueve jueces fallaron a su favor ya), con el sugestivo dato que la primera vez ocurrió el 28 de diciembre de 2000, un año y medio más tarde del asesinato, en un día de Inocente que jamás olvidará. El último capítulo fue aún más sorpresivo: el Superior Tribunal de Justicia anuló la sentencia absolutoria pero convalidó la prueba producida en el juicio. Al menos aquí, un hecho inédito.
Aguirre jr. camina por la ciudad con cierta incomodidad. Pocos lo reconocen, aunque siente ojos inquisidores en la nuca. Las mañanas lo sorprenden sumergido en expedientes, cientos de hojas, varios cuerpos. Ahí está parte de su vida. Sin dinero, es hace tiempo el secretario de su propio abogado, el defensor oficial Juan Pablo Piombo. Recita de memoria parte de la causa, algunas declaraciones, las pericias. Le genera pavor la burocracia y más la posibilidad de volver a sentir el frío acero de las esposas en las muñecas. Es que su vida podría dar otro brusco vuelco. Un nuevo juicio asoma, y eso le quita el sueño. Eso y la oscuridad de la cárcel.
El 17 de septiembre de 1999, Ana Zerdán fue hallada muerta en su laboratorio de San Martín 930, en Cipolletti. Juan Carlos Aguirre declaró que se despertó a las 4 de la mañana de ese día y como no encontró a su pareja, preocupado, la buscó en el laboratorio. La puerta estaba abierta y el coche en la calle. Entró al baño y descubrió una escena macabra: Ana estaba atada de pies y manos con la tela rasgada de su delantal. La habían molido a golpes con un tubo de oxígeno y las ataduras tenían nudos similares a los que hacen los trabajadores rurales. Desde entonces, nadie tiene certezas de lo que en verdad ocurrió.
-¿Cómo era tu relación con Ana Zerdán?
– Yo la quería, pero la conocí pocos años de mi vida. No era la mejor relación porque ella venía de una clase baja que había luchado mucho y yo venía de clase media, y me la rascaba. Aunque estudiaba y de vez en cuando trabajaba, era una especie de parásito para el entorno de Ana. Pude ser eso, pero de ahí a ser un asesino hay una diferencia muy grande.
La bioquímica era oriunda de Salta y, con tesón, había amasado una pequeña fortuna. Tenía una linda casa, un cero kilómetro, construía un edificio y viajaba por el mundo con un Juan Carlos Aguirre, débil por la carne y las mujeres. Él vivía con Ana y alimentaba una doble vida con otra mujer. El hombre que hoy camina por Cipolletti como un espectro se dedicaba a vender rifas de los Bomberos y la Policía. Pero de nada le sirvieron sus contactos con la fuerza. “Mi padre era un conocido adúltero, que tenía una relación con otra mujer. Eso le vino perfecto al abogado de la querella Oscar Pandolfi. No éramos de la zona, no teníamos apellidos resonantes, no era ingeniero, apenas un vendedor de rifas. Necesitaban un autor y lo encontraron a mi padre”, dice Juan Manuel.
-¿Y por qué terminás vos tras las rejas?
-Porque yo acompañé a mi padre a la fiscalía cuando lo detuvieron. Y quedé pegado. Fueron por uno y se llevaron a los dos.
Todas y cada una de las pruebas que se aportaron en su contra se fueron cayendo con el correr de las audiencias. Algunas sonaron hasta irrisorias. Sólo los Aguirre saben si mataron o no a Zerdán, pero la realidad es que todo el proceso estuvo viciado, forzado. Jamás se pudo constatar que estuvieron cerca del lugar del hecho, los peritajes dieron negativos y sólo Pandolfi y el fiscal Maggi mantuvieron viva la idea de llevarlos presos. “Tengo las filmaciones del juicio y las he visto decenas de veces, son 55 cds, duró tres meses, más tiempo que el juicio a las juntas. Y la única prueba en mi contra se cayó en la primera audiencia”, explica el entrevistado. Y recuerda que no hubo prueba científica, testimonios ni siquiera indicios sólidos para condenarlos. Nadie los vio en el laboratorio la noche del crimen, la huella con sangre que el asesino dejó en la tapa de la mochila del inodoro no pertenece a su padre (aunque fue manipulada para demostrar lo contrario) y varias líneas de investigación jamás se abordaron.
En el penal de Roca, donde estuvo preso dos años y cuatro meses (su padre más de tres años), de noches en vela y días interminables, comenzó su propia investigación. Estrechó una relación con la abogacía y los tecnicismos jurídicos, pergeñó un blog para denunciar (se llama cronicascasozerdan.blogspot.com.ar), pensó en la posibilidad de un libro e hizo un pacto con su yo interior: no bajar los brazos.
“Siempre tuvimos dudas en torno al crimen. Fue un misterio y si bien acusaron a los Aguirre, quedó dando vueltas el tema de la contaminación de Añelo”, relató una amiga que al día siguiente iba a juntarse con Ana. Es que la bioquímica hizo análisis sobre un supuesto foco de contaminación de una importante petrolera en esa zona.
Ana era accesible, solidaria y muy discreta. Siempre estaba bien y nunca contaba lo que le pasaba, recuerda la mujer, que pide a los periodistas reservar su identidad. Las amigas no tenían un vínculo cercano con Aguirre padre y conocieron a Juan Manuel el día del velorio. “Sabíamos que él tenía un amante y creo que ella también lo sabía”, dice la mujer que habló con “Río Negro”.
“Para las amigas y la familia de Ana mi padre deja de ser el viudo desconsolado cuando lo citan y él declara la verdad: que cuando ocurrió el asesinato había estado con su amante. Desde ahí, nos empezaron a mirar mal. En cierta forma, hasta se puede tomar como normal”, remarca Juan Manuel.
“Pasaron cosas insólitas con esa causa”, describe un juez penal. Y continúa: “Juan Carlos apeló su procesamiento y el Superior Tribunal de Justicia (STJ) también resolvió la falta de mérito de Juan Manuel, cuando en realidad la falta de mérito es inapelable por el imputado”.
Entre otras rarezas, el voto de Alberto Balladini (uno de los anteriores vocales del STJ) sitúa a los Aguirre en el laboratorio y describe cómo fue asesinada Ana Zerdán, casi como si hubiese existido un testigo directo. Y como corolario, por mayoría, el mismo STJ anula la absolución de la Cámara Segunda pero convalida la prueba del juicio. ¿Eso significa reeditar el debate y condenarlos? Es uno de los tantos interrogantes todavía sin respuestas.
Las hermanas de Ana, que viven en Salta, desistieron de su rol como querellantes. Y enviaron una carta a la Cámara Segunda para manifestar su descreimiento de la justicia rionegrina.
“Río Negro” llamó a la casa de Myrian Zerdán, en el norte, pero atendió una amiga y dijo que la mujer se está recuperando de una operación y que le hace mal hablar del caso de su hermana.
El fallo absolutorio dice, en uno de sus párrafos, que la Justicia no está para juzgar cuestiones morales sino pruebas, en referencia a las supuestas infidelidades de Aguirre. “Si el imputado era un ‘vividor’, como dicen los testigos, ¿para qué Aguirre iba matar a la gallina de los huevos de oro?”, se pregunta uno de los camaristas en la sentencia.
Está claro que pudo ocurrir y no sería el primer caso. Pero los investigadores no hallaron un sólo indicio firme para condenarlos. “Caímos porque el abogado de la querella tenía mucho poder. Él nos arruinó la vida y nunca investigó para llegar a la verdad”, acusa Aguirre jr.
Lejos de aquel joven despreocupado y superficial, ahora es una suerte de existencialista atrapado por las normas. Y por una causa que volvería a abrirse. El tiempo vuelve, no avanza. “Siempre dije lo mismo: la idea de matarla por codicia, por dinero, es disparatada porque ellos no estaban casados y a mi padre sólo le hubiese correspondido una pensión, que nunca pidió. ¿Cómo vamos a matarla para heredar? Yo tengo la herencia de mi familia materna de Santiago del Estero, que tampoco me interesa. Sólo quiero que esto se termine, subirme a una bicicleta con mi mujer y mi perro (se llama Hoy) y viajar, irme, ser libre. Pero también deseo que haya justicia para Ana, que encuentren al verdadero culpable, que alguna vez las cosas funcionen acá”.
Sebastián busader
Juan Cruz García
CIPOLLETTI
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