Un final a toda orquesta
SEGÚN LO VEO
Cristina nos advierte que “el norte”, es decir Estados Unidos, la tiene en la mira, que Barack Obama y compañía se han propuesto “voltear este gobierno” con la colaboración de siniestros “sectores concentrados” locales respaldados por empresarios rapaces, banqueros insaciables, periodistas mentirosos, acaparadores de soja, encanutadores de autos y otros, muchos otros. ¿Lo cree de verdad o sólo se trata de una expresión de deseos? Los hay que sospechan que lo que Cristina quiere es que su gestión termine con ella en un papel heroico que generaciones futuras recuerden con nostalgia, el de la abanderada de los pobres y de un nuevo orden mundial que fue derrotada por las fuerzas del mal. El relato resultante sería mucho más atractivo que uno en que protagonizara un colapso económico parecido a aquel que puso un fin prematuro al período en el poder de Fernando de la Rúa.
Parecería que en Nueva York, territorio buitre, Cristina se dio cuenta de que el mundo no está a su altura. Le sorprendió ingratamente el que los dignatarios reunidos por la fiesta retórica anual de la ONU se resistieran a brindarle su apoyo en la guerra contra los terroristas más peligrosos, los financieros. Tampoco se comprometieron a respetar los derechos humanos de los idealistas jóvenes del Estado Islámico. Al regresar a casa, a la señora la esperaban el disparate del juez Thomas Griesa y los dislates del encargado de negocios de la embajada yanqui que, para hacer aún más fea la relación bilateral, aconsejó a los turistas procedentes de su país “mantener un alto nivel de vigilancia” porque la Argentina es un lugar poco seguro. Como no pudo ser de otra manera, Cristina entendió que todo estaba interconectado. Los golpistas estaban a la puerta.
El consenso entre quienes no comulgan con el evangelio kirchnerista es que la maltrecha economía nacional está por precipitarse en el caos. En todas partes se oyen palabras como “locura” y “delirio” para calificar lo que está sucediendo. La renuncia de Juan Carlos Fábrega -hasta que Cristina lo vapuleó en público, el presidente supuestamente inamovible del Banco Central- privó al país de uno de los escasos funcionarios gubernamentales sensatos.
Cristina y sus admiradores están preparándose anímicamente para enfrentar lo que gente mezquina diría que fue un fracaso humillante pero que, pensándolo bien, debería considerarse un gran triunfo moral. Quieren convencer no sólo a los partidarios más fervientes de la señora sino también a los indecisos de que el gobierno popular se ve amenazado por golpistas dispuestos a violar todas las normas democráticas. Esperan que, de irse antes de la fecha prevista, Cristina ocupe un lugar en el santoral progresista al lado de personas como Salvador Allende, a su entender víctimas no sólo de sus propios errores sino también del salvajismo militar e imperialista.
La presidenta ya ha descartado otra alternativa, una que, antes del fallo de Griesa, pareció haber elegido, de intentar llegar a diciembre del año que viene con la economía más o menos intacta. Por estar el país en default selectivo y en desacato, retomar el camino que abandonó cuando los buitres la atacaron le supondría una ordalía insoportable, ya que bajo los ojos rabiosos de los mercados tendría que implementar un ajuste feroz eliminando subsidios a millones de hogares de clase media, planes sociales y asignaciones familiares que benefician a los más pobres, empleos públicos superfluos y otros gastos prescindibles, sin garantía alguna de que logre demorar el derrumbe hasta que Mauricio Macri o Sergio Massa, Daniel Scioli o alguien aún desconocido la haya reemplazado en la Casa Rosada. En tal caso, muchos que todavía la apoyan la acusarían de haberse metamorfoseado en una neoliberal odiosa. No es el destino que creía suyo cuando el 54% del electorado le dio su aval.
Sería comprensible, pues, que en vista de la alternativa Cristina optara por una derrota a su juicio gloriosa. En tal caso, seguiría adelante hasta que las circunstancias le digan basta. Mientras tanto, aseguraría a todas y todos que el gobierno enfrenta golpistas de carne y hueso, que la debacle económica que el país está viviendo se debe a una conspiración planetaria, no a una combinación de ideas estrafalarias y funcionarios inoperantes. Es lo que intentó hacer cuando estaba a un tris de echar la toalla por el conflicto con el campo, pero lo de “generales mediáticos” no sirvió para que el pueblo se lanzara a la calle para defenderla contra el golpe insólito que supuestamente se avecinaba. En cambio Obama, presidente de un país que a veces sí ha intervenido en el “patio trasero”, le parece la persona indicada para encabezar una conspiración genuina. Es más temible que el contador Héctor Magnetto, comandante en jefe de las legiones de Clarín.
La presidenta se siente indignada por la falta de solidaridad ajena. Da por descontado que no es culpa suya que nada funcione como debería. Supone que todo sería distinto si los demás presidentes, primeros ministros, emires y lo que fuera tomaran en serio el relato que les ha ofrecido pero, con algunas excepciones como los compañeros Nicolás Maduro, los hermanos Castro y, a su modo, Evo, son tan estúpidos que ni siquiera escuchan sus consejos. El peor de todos será Obama: pudo haber sido su mejor amiga, pero le dio la espalda. Permitió que la insultara un senil juez municipal. ¿Por qué? Será por miedo a desatar una crisis constitucional o tal vez porque el “municipio” de Thomas Griesa, el estado de Nueva York, no carece de importancia: tiene un producto bruto que es mayor que los de la Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Perú sumados. O puede que, a pesar de su plumaje progre, Obama sea en realidad un típico buitre yanqui.
Pero no sólo se tratará de la incapacidad de políticos menos dotados que ella para comprender que, a menos que adopten sus recetas, el mundo seguirá siendo un desastre, con guerras insensatas, desempleo masivo, miseria. Fronteras adentro, los conspiradores se las han arreglado para que las malditas variables económicas se nieguen a obedecerla. Y gracias a las maquinaciones de sus cómplices externos, la soja ya no rinde como antes. El consumo cae porque los comerciantes no quieren vender nada. La inflación, este invento de neoliberales resentidos que quieren que el modelo se hunda, sigue agujereándolo sin que los muchachos de La Cámpora sepan hacer mucho más que denunciar a los empresarios y, para colmo, el dólar ha puesto pies en polvorosa para dejar al gobierno en la vía.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora