El yuyo nos abandona

Redacción

Por Redacción

De no haber sido por los abultados ingresos proporcionados por la soja, al gobierno kirchnerista le hubiera sido muy difícil poner en marcha los programas sociales que, además de ayudar a millones de pobres, le han aportado muchos beneficios políticos. Puede entenderse, pues, la consternación que tantos sienten por el abrupto desplome del valor del producto estrella de los últimos años en el mercado de granos de Chicago. Si bien el precio internacional del “yuyo” sigue siendo alto en comparación con otras épocas, desde mayo ha caído mucho, tanto que, de prolongarse la reciente tendencia, pronto podría valer apenas la mitad de los más de 600 dólares por tonelada de inicios del año pasado. Combinado con otros factores negativos, el derrumbe del precio del producto que hizo posible la etapa de crecimiento a tasas chinas plantea al país un desafío que por ahora no parece estar en condiciones de enfrentar. Para que el superávit comercial al que nos hemos acostumbrado no se transforme en un déficit insostenible, ya que hasta nuevo aviso el país seguirá excluido de los mercados de capitales, el gobierno ha elegido obstaculizar la importación de los insumos industriales. Es como si el país sufriera un bloqueo internacional, pero se trata de uno que ha sido impuesto por el gobierno mismo, no por potencias extranjeras decididas a castigarlo. Por motivos de orgullo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se afirma resuelta a aferrarse a lo que llama su “modelo”, mientras que el ministro de Economía Axel Kicillof procura impedir que el esquema defendido por su jefa se desmorone por completo antes de diciembre del año que viene, pero sucede que acaba de perder uno de sus pilares fundamentales. Con menos dinero del esperado procedente de las exportaciones de soja y, en menor medida, de otros productos agrícolas, al gobierno no le será dado mantenerlo a flote por mucho tiempo más. Las causas del colapso del precio de la soja son evidentes: al hacerse tan rentable cultivarla, otros países, comenzando por Estados Unidos, optaron por sembrar más, mucho más, con el resultado inevitable de que la cosecha mundial se ha agigantado. Después de una etapa en que la demanda excedía la oferta, se ha restaurado cierto equilibrio. Siempre fue previsible que ello ocurriera, pero los kirchneristas lograron convencerse de que la bonanza sería permanente, que, al instalarse un nuevo orden económico, la Argentina seguiría contando con una fuente casi inagotable de dólares frescos. No es el único gobierno que ha apostado por que una fase llamativamente favorable se perpetuara –virtualmente todos, incluyendo aquellos de los países más ricos como Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y Japón, han sido igualmente propensos a cometer el mismo error– pero, debido a la dependencia exagerada de las vicisitudes de un solo producto, las consecuencias para nuestro país de la voluntad oficial de creer en sus propias fantasías amenazan con ser aún peores que en otras partes del mundo. Desde que empezó a soplar el “viento de cola” en el 2002, muchos economistas han advertido que se trataría de un fenómeno coyuntural y que por lo tanto sería aconsejable aprovechar la oportunidad, tal vez irrepetible, así planteada para preparar el país para afrontar etapas más duras. Huelga decir que los kirchneristas, resueltos a atribuir el rápido crecimiento que la economía se había anotado a su propia habilidad y a las hipotéticas bondades del “modelo” que habían improvisado, se negaron a prestarles atención. Lejos de sentirse preocupados por los riesgos que les supondría la “soja-dependencia”, continuaron aumentando el gasto público y, para colmo, permitieron que el costo de importar energía, de la que el país no puede prescindir, alcanzara niveles cada vez más elevados. El resultado de tanta irresponsabilidad está a la vista. La Argentina, aislada financieramente y vapuleada por una tasa de inflación anual que está entre las más altas del mundo entero, se ha privado de los fondos que necesitaría para funcionar normalmente. Con suerte, la crisis socioeconómica que ya ha comenzado no tendrá consecuencias tan graves como la del 2001 y el 2002, pero no cabe duda de que será muy pero muy dolorosa para el grueso de la población, en especial para los sectores más pobres.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 6 de octubre de 2014


De no haber sido por los abultados ingresos proporcionados por la soja, al gobierno kirchnerista le hubiera sido muy difícil poner en marcha los programas sociales que, además de ayudar a millones de pobres, le han aportado muchos beneficios políticos. Puede entenderse, pues, la consternación que tantos sienten por el abrupto desplome del valor del producto estrella de los últimos años en el mercado de granos de Chicago. Si bien el precio internacional del “yuyo” sigue siendo alto en comparación con otras épocas, desde mayo ha caído mucho, tanto que, de prolongarse la reciente tendencia, pronto podría valer apenas la mitad de los más de 600 dólares por tonelada de inicios del año pasado. Combinado con otros factores negativos, el derrumbe del precio del producto que hizo posible la etapa de crecimiento a tasas chinas plantea al país un desafío que por ahora no parece estar en condiciones de enfrentar. Para que el superávit comercial al que nos hemos acostumbrado no se transforme en un déficit insostenible, ya que hasta nuevo aviso el país seguirá excluido de los mercados de capitales, el gobierno ha elegido obstaculizar la importación de los insumos industriales. Es como si el país sufriera un bloqueo internacional, pero se trata de uno que ha sido impuesto por el gobierno mismo, no por potencias extranjeras decididas a castigarlo. Por motivos de orgullo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se afirma resuelta a aferrarse a lo que llama su “modelo”, mientras que el ministro de Economía Axel Kicillof procura impedir que el esquema defendido por su jefa se desmorone por completo antes de diciembre del año que viene, pero sucede que acaba de perder uno de sus pilares fundamentales. Con menos dinero del esperado procedente de las exportaciones de soja y, en menor medida, de otros productos agrícolas, al gobierno no le será dado mantenerlo a flote por mucho tiempo más. Las causas del colapso del precio de la soja son evidentes: al hacerse tan rentable cultivarla, otros países, comenzando por Estados Unidos, optaron por sembrar más, mucho más, con el resultado inevitable de que la cosecha mundial se ha agigantado. Después de una etapa en que la demanda excedía la oferta, se ha restaurado cierto equilibrio. Siempre fue previsible que ello ocurriera, pero los kirchneristas lograron convencerse de que la bonanza sería permanente, que, al instalarse un nuevo orden económico, la Argentina seguiría contando con una fuente casi inagotable de dólares frescos. No es el único gobierno que ha apostado por que una fase llamativamente favorable se perpetuara –virtualmente todos, incluyendo aquellos de los países más ricos como Estados Unidos, los miembros de la Unión Europea y Japón, han sido igualmente propensos a cometer el mismo error– pero, debido a la dependencia exagerada de las vicisitudes de un solo producto, las consecuencias para nuestro país de la voluntad oficial de creer en sus propias fantasías amenazan con ser aún peores que en otras partes del mundo. Desde que empezó a soplar el “viento de cola” en el 2002, muchos economistas han advertido que se trataría de un fenómeno coyuntural y que por lo tanto sería aconsejable aprovechar la oportunidad, tal vez irrepetible, así planteada para preparar el país para afrontar etapas más duras. Huelga decir que los kirchneristas, resueltos a atribuir el rápido crecimiento que la economía se había anotado a su propia habilidad y a las hipotéticas bondades del “modelo” que habían improvisado, se negaron a prestarles atención. Lejos de sentirse preocupados por los riesgos que les supondría la “soja-dependencia”, continuaron aumentando el gasto público y, para colmo, permitieron que el costo de importar energía, de la que el país no puede prescindir, alcanzara niveles cada vez más elevados. El resultado de tanta irresponsabilidad está a la vista. La Argentina, aislada financieramente y vapuleada por una tasa de inflación anual que está entre las más altas del mundo entero, se ha privado de los fondos que necesitaría para funcionar normalmente. Con suerte, la crisis socioeconómica que ya ha comenzado no tendrá consecuencias tan graves como la del 2001 y el 2002, pero no cabe duda de que será muy pero muy dolorosa para el grueso de la población, en especial para los sectores más pobres.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora