Una brecha que se amplía cada vez más
SEGÚN LO VEO
Hasta hace apenas medio siglo, los occidentales interesados en lo que se llamaba “el Tercer Mundo” coincidían en que el islam era un credo más apropiado para soldados que para pacifistas. Los así convencidos no querían denigrar el islam; por lo contrario, se sentían debidamente impresionados por lo que a su juicio era una de sus cualidades más admirables. Pero los tiempos han cambiado. Para las elites políticas e intelectuales de Europa y Estados Unidos, las viejas virtudes militares son reliquias cavernarias, la guerra nunca sirve para nada, el pacifismo es bueno por antonomasia. Así, pues, los defensores actuales del islam, a diferencia de sus antecesores, insisten en que es “la religión de la paz”.
La realidad se ha encargado de triturar esta ilusión y otras que le son afines, de la que la más arriesgada ha sido la idea de que sería relativamente sencillo amalgamar la cultura -de raíces grecorromanas y judeocristianas que andando el tiempo posibilitaría la Ilustración- de Europa con la islámica, contra la cual había luchado durante más de mil años. Una vez persuadida de que los credos religiosos carecían de importancia -al fin y al cabo, con la excepción de aquellos patéticos fundamentalistas norteamericanos, pocos occidentales tomaban en serio las anticuadas doctrinas eclesiásticas-, una generación de políticos decidió que, en vista de la negativa de los europeos a reproducirse, convendría importar a millones de musulmanes que, como era notorio, estaban más que dispuestos a obedecer la orden bíblica de “fructificad y multiplicaos”.
Los partidarios de la inmigración irrestricta imaginaban que los paquistaníes, árabes, bereberes y otros que aprovechaban la oportunidad para trasladarse a países más ricos no tardarían en metamorfosearse en europeos, que a lo sumo conservarían algunas tradiciones pintorescas que harían menos aburrida la vida de los nativos. No se les ocurrió que muchos se aferrarían a su propia cultura por creerla superior a la que encontraron en su nuevo lugar de residencia o que los hijos y nietos de los pioneros resultarían ser aún más hostiles hacia Occidente que sus progenitores.
Pues bien: tanto la aparición repentina del Estado Islámico como la creciente reislamización de Turquía, un gran país que muchos esperaban que casi un siglo de secularización kemalista le permitiera servir de “puente” entre Europa y el mundo musulmán, han obligado a las elites occidentales a considerar la posibilidad de que la convivencia pacífica no sea viable. Es lo que teme el papa Francisco cuando alude a la “tercera guerra mundial”. De todos modos, ya había llegado a dicha conclusión la mayoría de los europeos, en especial los de la clase obrera, que se sienten más amenazados que enriquecidos por el ingreso multitudinario de extranjeros de costumbres radicalmente distintas de las suyas, de ahí la proliferación de movimientos xenófobos calificados de ultraderechistas de los que el más significante es el Frente Nacional francés.
Puede que, a juicio de Cristina, los guerreros santos del Estado Islámico sean demasiado “cinematográficos” como para ser genuinos, pero para quienes procuran derrotarlos no se trata de fantasmas hollywoodenses sino de combatientes temibles que ya han perpetrado un sinfín de atrocidades. Por lo demás, la esperanza de que sería posible eliminarlos desde el aire, como quisiera el presidente norteamericano Barack Obama, ya parece ingenua. A pesar de la ayuda que les han prestado los aviones de guerra norteamericanos, franceses y británicos, los kurdos, pertrechados de armas livianas contra los tanques y artillería pesada en manos de los yihadistas, podrían perder la batalla que están librando en defensa de la ciudad siria de Kobani.
Mientras tanto, el ejército turco, el segundo de la OTAN por la cantidad de efectivos, parece más interesado en impedir que los kurdos reciban refuerzos que en colaborar con ellos en defensa de la ciudad fronteriza sitiada. Como es natural, la pasividad turca, que hace recordar la actitud del ejército ruso que, cuando Varsovia procuraba liberarse del nazismo, optó por limitarse a mirar, ya que Stalin quería que murieran muchos polacos, ha provocado la ira de la gran minoría kurda, el veinte por ciento de la población de Turquía, que se sabe traicionada por sus putativos connacionales.
En las capitales occidentales, casi todos atribuyen “la ambivalencia” del presidente islamista turco, Recep Tayyip Erdogan, a su voluntad de sacar provecho de las convulsiones que tanto sufrimiento están causando en tierras que antes formaban parte del Imperio Otomano. No cabe duda de que el golpe a su prestigio personal y, desde el punto de vista de los europeos, al de su país ha sido muy fuerte. Parecería que los únicos realmente decididos a luchar contra los yihadistas, cuya brutalidad extrema ha horrorizado a los norteamericanos y europeos, son los kurdos, los que por lo tanto merecen el apoyo pleno de Estados Unidos y la Unión Europea.
Aunque se entiende que las prioridades de Erdogan no son las de sus supuestos aliados, el que haya tomado la irrupción del Estado Islámico por una oportunidad para castigar con ferocidad a la perseguida minoría kurda ha convencido a muchos de que siempre ha sido una ilusión suponer que, andando el tiempo, Turquía se convertiría en un país europeo más.
De más está decir que no se trata de la única ilusión que difícilmente sobrevive a lo que está sucediendo en Siria e Irak. Otra tiene que ver con la idea de que, a pesar de algunos malentendidos y los roces ocasionales, Occidente podría convivir tranquilamente con el Islam. Para que fuera posible sería necesario separar a los militantes de los correligionarios más pacíficos que, se supone, estarían dispuestos a adaptarse a las exigencias planteadas por sociedades pluralistas mayormente laicas en las que la fe es considerada un asunto privado.
Por desgracia, discriminar entre la presunta mayoría “moderada” por un lado y, por el otro, la minoría de fanáticos intolerantes no ha resultado ser tan fácil como muchos previeron. Parecería que en buena parte del mundo musulmán, sobre todo en los enclaves que ha establecido en Europa, las hazañas de los yihadistas han motivado un grado sorprendente de entusiasmo, razón por la que miles de jóvenes con pasaportes de la UE se han sumado a sus filas. Para quienes quisieran creer que hace poco la historia alcanzó su fin al inaugurarse la época de la globalización, una fantasía que ha resultado ser más cara a los progresistas occidentales que a “neoconservadores” impresionados brevemente por la tesis del pensador norteamericano Francis Fukuyama, se trata de una aberración, pero no lo ha sido para quienes sospechan que, en el fondo, la naturaleza humana no ha cambiado desde la Edad de Piedra.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora