Tinieblas
Columna semanal
EL DISPARADOR
Hay momentos que a ella la arrastran. Un torrente de confusión y tristeza tiñen todo de un denso gris. No entiende y ni sabe de dónde viene todo eso. Pero tampoco es nuevo. Tiene, apenas, una débil sospecha de los orígenes que la llevan a las tinieblas. Siente miedo. También, por suerte, un aliento de tranquilidad: sabe que la oscuridad es la ausencia de luz, y que a la larga siempre vuelve a salir el sol.
Pero ahora, en medio de la tormenta, se siente una peregrina con alucinaciones y perdida en el desierto. La acecha el malestar y, por momentos, un tremendo dolor interior. Cuando empieza a sufrir, se acuerda de que en yoga hay posiciones que son un calvario. Y que la profesora le dice: “Son resistencias que se manifiestan”. Logró comprenderlo al ver a una compañera que se arqueaba y echaba el cuerpo hacia atrás, pero no lograba aflojar el cuello y soltar la cabeza. “Eso te pasa por no poder abrir del todo tu corazón”, le dijo la profesora.
Ella, en el fondo, sabe que hay que entregarse al dolor, pero no desde la derrota sino desde la aceptación. Como si estuviera cruzando un bosque y, a mitad de camino, se largara a llover: no te queda otra que mojarte. Empaparte del dolor, recibir ese momento en una posición incómoda. Lo tiene comprobado: juzgar y pelear no la va a ayudar. Conoce el camino: ver la herida, saber que está ahí, sentir y reflexionar. Y recordar: en la misma posición, los dolores se repiten hasta que se superan. Y sabe que es así. También, que cada vez será diferente. Cada vez es la primera vez.
Esa tarde recibe el mail de una amiga del alma que está en la otra punta del mundo. Con la que no habla desde hace semanas. Y vuelve a comprobar que la vida es también una sucesión interminable de coincidencias que parecen fortuitas o parte de un guión maestro, que de tan extraordinario resulta inverosímil. Y se pregunta si por eso mismo deja de prestarle atención.
La amiga le cuenta que hace poco la quebró el dolor: su madre tiene cáncer. Eso la llevó a meditar y a una búsqueda espiritual, sacándose de encima los prejuicios que olía a su alrededor. El mail es larguísimo. Al leerlo, le queda grabada una parte: “La vida es la que más sabe, no te confines a los límites de tu intelecto. Rendite cuando no sabés, cuando no estás segura, cuando estás preocupada o llena de miedo. Rendite a la sabiduría de la vida. Hablale y preguntale, con intenciones genuinas y palabras simples. Confiá. Por un rato, serená el cerebro y abrí tu corazón. Y escuchá, porque la vida nos habla todo el tiempo”.
Automático, su primer impulso mental es decir: “Todo esta porquería es autoayuda barata”. Pero, en un rincón de su interior, percibe que le hace bien. Y se debate, entonces, entre aceptar lo que siente o ejecutar su implacable juicio intelectual. Después de un rato, se propone darle chance a la tristeza escondida detrás de sus resistencias y, por una vez, no evadirla con lo mundano: la humaniza y le habla. Le pregunta qué hace ahí y se aguanta que no haya una instantánea y única respuesta.
Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)
EL DISPARADOR
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