Cristalizar
Columna semanal
EL DISPARADOR
Es martes, temprano. Isidoro Reyes está en una de esas mañanas en que su día no tiene un rumbo definido. El plan es que no hay plan. Va de la habitación a la cocina. De la cocina, al living. Y ahí mira su biblioteca. Lee los títulos de algunos libros. Lo hace al pasar, como quien repasa las tapas de los diarios en un puesto callejero. Está buscando algo, pero no sabe qué.
Vuelve a a la cocina y pone a calentar agua. Se da cuenta de que preparar mate le resulta cada vez más un ritual. Poner la cantidad de yerba justa y echar un chorro del agua tibia. Dejarlo reposar un ratito y, luego, un paso clave: ubicar la bombilla inclinada y tapando con el dedo gordo la parte superior de la bombilla para generar vacío y que luego no se tape.
A Reyes le gusta su mate de vidrio forrado en cuero negro. Lo mira como si ese objeto le pudiera dar una respuesta a su incertidumbre matinal. Sonríe y suspira a la vez. De pronto, como el asalto de un mosquito, en su mente surge un nombre. Es un título, en realidad: “El peregrino ruso”.
El libro, anónimo y de mediados del 1800, cuenta el extenso peregrinar de un campesino de 33 años que busca la perfección espiritual y que se pregunta sobre el verdadero amor. Hay referencias a esta obra de cien páginas en “Franny y Zooey”, de Salinger, y en “Los hermanos Karamázov”, de Dostoyevski.
Con el agua en el termo y el mate en la mano, Reyes vuelve a la biblioteca. Ahora tiene claro qué libro busca. Da un vistazo y descubre que hay otros tantos que le gustaría leer ya, ahora mismo, todos juntos. Pero los deja para más adelante, y enseguida encuentra el que quería.
Isidoro hojea “El peregrino ruso” y ve una frase que subrayó la primera vez que lo leyó: “De la fe proceden las obras, pero sin obras la fe no existe”. Saltea páginas y sigue tomando mate. Se queda pensativo, como si estuviera a punto de embarcarse en una gran decisión. Ve otra línea marcada: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”.
Con el libro entre sus manos, Reyes se echa en el sillón. Mira el techo, piensa un rato. Lo vuelve a abrir y lee otro pasaje: “Permanece sentado en el silencio y la soledad, inclina la cabeza y cierra los ojos; respira suavemente, mira por la imaginación en el interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir, tu pensamiento, de tu cabeza a tu corazón. Esfuérzate en echar fuera todos los demás pensamiento, sé paciente y repite a menudo este ejercicio”.
Ahora Reyes lo tiene claro. Termina de redondear algo que estaba hundido en su interior y que, antes de naufragar por completo, sale a flote. Le parece una enorme revelación para su mañana sin rumbo. “Esto es lo que quiero, leer. Me importa más que cualquier otra cosa”, dice, y se acomoda en el sillón. Es ahí cuando, en un movimiento torpe, con una mano engancha la bombilla. El mate se cae al suelo. El vidrio cruje, se fractura, pero queda contenido por el cuero que lo recubre. La yerba se desparrama. “Uh”, dice Isidoro. Busca un trapo, limpia el suelo y susurra: “Algo que se cristalizó”.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
EL DISPARADOR
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