De madera
Columna semanal
La peña
Ojalá fuera posible volver el tiempo atrás y dimensionar las cosas con el valor que realmente tuvieron en ese momento. Claro, en esos años no supimos darles la importancia que tenían. Era ni más ni menos que inventar un regalo para que la Navidad nos permitiera tener un juguete en las manos.
Algo falló para que no lo viéramos como tal, pero los años me dieron la posibilidad de entender que en realidad era fantástico recibir esos regalos. Tal vez el hecho de saber quién había fabricado el regalo le quitó la magia, porque ese Papá Noel que tanto esperábamos era irreemplazable y el saber que no venía de sus manos nos cambiaba el escenario.
Mi padre tuvo una pila de oficios, todos aprendidos más por necesidad que por elección, pero había uno del que hablaba poco y lo llevaba en el alma: carpintero. Nunca lo fue en realidad, nunca ejerció como tal, pero quería el oficio y se daba maña para hacer juguetes muy lindos.
Desde su inventiva nacieron los regalos que el Papá Noel imaginario no podía traer, desde sus manos surgían los juguetes que no se podían comprar en casa, siempre de bolsillos flacos.
Claro, nosotros no esperábamos ni trompos ni autos ni camiones de madera, esperábamos eso mismo pero que viniera en cajas o en vistosos paquetes, los mismos que les traían a los vecinos, los mismos que veíamos en las vidrieras.
Ya conté que nos llevó años entender por qué razón Papá Noel nos trataba distinto si éramos todos chicos, compartíamos los mismos sueños, teníamos las mismas aspiraciones. Lo único que nos diferenciaba era que no teníamos dinero. Nuestros padres eran trabajadores de todo el día. Ella docente y ama de casa, él un multioficio que se ganaba el mango a diario, trabajando de sol a sol. Pero igual no alcanzaba para siquiera imaginar un Papá Noel. Y eran tiempos en que los docentes no se distinguían precisamente por lo que ganaban.
Un par de noches buenas recibimos autitos de madera, de algarrobo para ser más exactos, irrompibles, más irrompibles que cualquiera de marca. Tenían las rueditas de madera que no se salían del eje, estaban diseñados como si fueran una Coupé Chevy, tan de moda por esos tiempos. Hasta tenían suspensión, fabricada con flejes de los que se ponían en las encomiendas que llegaban por el Correo Argentino.
Visto a la distancia eran un lujo, tanto que ojalá pudiera volver el tiempo atrás y recuperar aunque sea uno de esos juguetes. Los trompos eran decididamente maravillosos, no se partían, bailaban un largo rato y servían para lucirse. Camiones a los que podíamos cargar sin límite porque aguantaban todo.
La reacción, injusta desde donde se vea, era de rechazo. No queríamos esos juguetes, sabíamos que no estaba Papá Noel detrás, sabíamos que mi padre era el responsable de hacerlos, el inventor. Nada tapaba la ausencia concreta de Papá Noel, ni los juguetes de madera.
Recuerdo el rostro de mi padre aguantando el desplante. Todo el amor del mundo estaba puesto en esos juguetes y no supimos entenderlo.
Ahí invertía sus ideas, su tiempo, ahí ponía su empeño con el único fin de que en casa Papá Noel también estuviera, que mantuviera su fama de buen tipo, de generoso.
Pero el objetivo lo entendí con los años y me lamento tanto no haberlo medido en su tiempo, no haber podido descubrir que era ni más ni menos que un hermoso gesto de un padre que no podía comprar pero sí podía hacer con sus propias manos.
Así fueron algunas navidades, así pasó parte de nuestra niñez. Después de todo, aunque en ese momento no parecía importante, a la larga lo fue, tanto como para grabarse no sólo en la memoria sino también en el corazón.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar
La peña
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