La novia del océano: Valparaiso

Así Pablo Neruda la describió en un célebre poema. Un periodista de VOY estuvo un mes allí y cuenta por qué también cayó en la extraña seducción de una ciudad lista para enamorar.

Redacción

Por Redacción

Diario de Viaje | Chile

Tardé algo más de una hora desde el aeropuerto de Santiago de Chile hasta la terminal de ómnibus de Valparaíso. Al llegar llamé a una estudiante que ofrecía por internet una habitación en su departamento. Quedaba a dos cuadras. Crucé calles sucias, caminé por veredas ocupadas por vendedores ambulantes y encontré el edificio. La chica de 22 años me atendió por el portero eléctrico. Subí tres pisos por escalera y toqué la puerta. Estaba en toalla y con el pelo mojado: “Disculpa, po, me estaba duchando”.

JUAN IGNACIO PEREYRA

pereyrajuanignacio@gmail.com

Charlamos unos minutos, me explicó que desde ahí tenía transporte para moverme hacia todos lados, me dijo que ella no estaría varios días porque viajaba con su novio y me contó que la tercera habitación la ocupaba otra estudiante que casi nunca estaba. El lugar era amplio y luminoso. Decidí quedarme ahí.

El motivo del viaje fue un diplomado en periodismo a través de una beca del gobierno chileno. Las clases eran en Curauma, un emergente barrio universitario en las afueras donde no hay mucho para hacer. Por eso, lo recomendable era pasar esas cuatro semanas en el centro de Valparaíso o en Viña del Mar, que están pegadas entre sí.

El segundo día tuve el primer encuentro con mis compañeros y comprobé dos cosas: 1) la mayoría se había organizado muy bien para estar en el bohemio Cerro Alegre, a quince minutos de mi departamento; 2) yo me hospedaba en una de las zonas más peligrosas de la ciudad, donde estaban los mercados populares y en los alrededores del puerto, considerado riesgoso. Una compañera italiana que ya conocía Valparaíso lo comparó con su Nápoles natal: “Estás en el lugar más sucio, ruidoso y peligroso”. Una tarde que paseaba sacando fotos con mi celular se me acercó una señora para advertirme: “Te recomiendo que guardes el teléfono porque te lo van a robar”. Me pareció exagerada pero le hice caso. En comparación con Buenos Aires no me parecía un lugar peligroso.

GRAFITIS,PUERTO Y COMERCIOS

No pretendo ser objetivo sobre Valparaíso: la ciudad me enamoró y eso es algo que no tiene mucha explicación, simplemente sucede. A esto se sumó la enriquecedora experiencia de intercambiar ideas con 16 colegas que trabajan en medios de diferentes países de Latinoamérica.

La cursada diaria y las conferencias dejaron tiempo para conocer los pliegues de esta ciudad, que por un lado está rodeada de 42 cerros -donde vive la mayor parte de la gente- y por el otro la contiene el mar, con una planicie en el medio donde está el centro administrativo, comercial y financiero. Por su geografía, lo mejor es olvidarse del auto y caminar. O usar los trolebuses, antiguos pero pintorescos. Los cerros embellecen la ciudad pero ahí también surgen los sitios más peligrosos. Se puede subir a pie o en ascensores y desde arriba se ve la ciudad y la enorme bahía. Recorriendo sus calles nos encontramos con casas hechas de piedra, hierro o madera, pintadas de diferentes colores. Otras están cubiertas por inmensos grafitis que por momentos le hacen creer a uno que está en el East End de Londres.

Valparaíso ganó fuerza a mediados del siglo XIX, tras convertirse en un puerto estratégico hasta el que llegaron inmigrantes alemanes, franceses, italianos y británicos. En aquella época se transformó en el principal centro comercial y financiero del país con la fundación de bancos y la primera bolsa de valores de Chile. Con el paso de los años las cosas cambiaron, sobre todo con la apertura del Canal de Panamá en 1914 y el surgimiento del puerto de San Antonio, el principal de Chile desde 1980. Sin embargo, conserva un gran movimiento por ser un centro administrativo, comercial, cultural y universitario. A su vez, en 2003 la Unesco declaró su casco antiguo como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

BOHEMIA, TERREMOTOS Y BARES

En la última década, una parte de la ciudad se volvió bohemia, en especial los turísticos cerros Alegre y Concepción, que están lleno de cafés, bares y restaurantes. Allí hay preciosos miradores, está lleno de artistas que exhiben sus obras en las calles. Aquí, varios extranjeros compraron propiedades para montar alojamientos y asentarse.

Se trata de dos cerros vecinos y uno casi que no se da cuenta cuando pasa de uno a otro. Por ahí andábamos en grupo con los colegas, buceando los rincones de nuestras inquietudes. Las charlas se extendían hasta la madrugada. “Vamos por una más”, decía el uruguayo, un editor de Cultura que se la pasaba hablando de su novia que había dejado en Montevideo, confesando sus miedos de que hubiera un terremoto en la cuadra de su hostal y compartiendo su pasión por el mundo hipster.

Cuando le decíamos que era improbable que hubiera un terremoto, argumentaba que Valparaíso los sufrió varias veces, como en 1971 y 1985, aunque el más recordado es el de 1906 por los casi 3.700 muertos que dejó y por todo lo que destruyó. Es cierto: aún quedan muchas fachadas heridas en una ciudad que entremezcla los estilos colonial y victoriano.

Los lugareños explican que a raíz de los terremotos no hay una arquitectura homogénea, ya que en las distintas reconstrucciones se priorizaron edificaciones antisísmicas.

El uruguayo tenía su estrategia para pensar en otra cosa y no entrar en pánico: armaba la agenda de entretenimiento del grupo. Nos llevó a El Irlandés, un paraíso para los amantes de la cerveza; fuimos a El Pagano, que tiene un no sé qué extraño que atrapa, una atmósfera hardcore, pantallas gigantes y varios ambientes diferentes a los que se llega por pasillos laberínticos, y pasamos un par de noches en La piedra feliz, un amplio bar de salsa donde nuestro compañero mexicano se lucía en la pista de baile.

PERROS E INSEGURIDAD

El uruguayo no estaba solo. Tenía como fiel ladero a un colombiano. Juntos siempre encontraban una excusa para saltar hacia otro bar y prolongar la tertulia: “Tomemos una cerveza más y seguimos discutiendo”, decía. “Claro, siempre hay una excusa para ir a otro bar”, añadía la napolitana, firme integrante del grupo que continuaba hasta la madrugada. Algo que agradecimos es que todos los días había un par de restaurantes y bares abiertos. Si se hacía tarde, siempre nos quedaba nuestra adorada “Máscara”.

En plena Plaza Aníbal Pinto este gran lugar mezcla cerveza en botellas de litro, bandas tributo en vivo en una parte y otro ambiente con una pista rodeada de pantallas gigantes en las que pasan los videos de la música que suena en ese momento. Los temas de Oasis, The Killers, Blur, Pulp, Radiohead, Sublime, The Strokes y MGMT, entre otros, sonaban enteros, de principio a fin, sin cortes. Al salir de los bares, el uruguayo siempre se sorprendía de la cantidad de perros sueltos que había en las calles.

Les sacaba fotos, los acariciaba y nos contaba que tenía en mente hacer algo con los perros callejeros aunque todavía no tenía muy claro su proyecto. Seguíamos hablando y cada uno caminaba tranquilo hacia su hospedaje. Al menos así fue las primeras semanas.

“Probablemente, Chile es uno de los países más seguros de América latina. En caso de cualquier problema, no duden en acudir a la Policía, que en Chile es honesta”, nos aseguró el coordinador del diplomado. Nuestro compañero colombiano pudo comprobar la buena voluntad de la Policía después de que le robaran en los primeros metros de la subida al Cerro Concepción, vecino del Alegre.

Al ver que el colombiano no caminaba del todo firme, cinco rateros se aprovecharon para sacarle su campera de cuero, donde tenía un ipod y las llaves de su habitación.

Luego la Policía le devolvió los documentos y se preocupó en ayudarlo en lo que necesitara. La gente local nos dijo que no es habitual que pasen estas cosas. Al final, en todos lados hay que andar con los ojos abiertos, sobre todo en la noche.

NERUDA: “AMO, VALPARAISO”

Valparaíso no es sólo la noche y sus bares, al contrario: sus cafés amanecen bien temprano. En el Cerro Alegre, por ejemplo, El desayunador es ideal para empezar el día. Era el preferido de la napolitana, que llegó a este rincón chileno algo triste por su vida sentimental pero, con el paso de los días, se volvió optimista: “El amor es posible”, repetía. Según ella, todo cambió después de visitar la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, a poco más de una hora de Valparaíso: “Quiero vivir en un lugar así, frente al mar”, decía y sonreía. Parecía que había encontrado su lugar en el mundo. Le encantaba Neruda y nos llevó a La Sebastiana, la otra casa del poeta en Valparaíso, donde se instaló para “vivir y escribir tranquilo”.

Para Neruda no era una ciudad más. “Amo, Valparaíso, cuanto encierras y cuanto irradias, novia del océano, hasta más lejos de tu nimbo sordo. Amo la luz violeta con que acudes al marinero en la noche del mar y entonces eres -rosa de azahares- luminosa y desnuda, fuego y niebla”, escribió el poeta.

La italiana se reencontró con la poesía del Premio Nobel y, al parecer, quedó sensible: se emocionaba con los atardeceres y se sorprendía con los detalles de los grafitis callejeros. “Miren la luz, es increíble”, decía mientras caminábamos por los cerros. Desde ahí veíamos el mar inmenso y el puerto, que también le recordaba a su Nápoles.

Algunas tardes fuimos en grupo hasta el hostal Adlafken y nos quedamos en la terraza conversando. También fuimos a cenar a Mori sushi, que se destaca por su variedad de sushi y por lo económico de sus platos. Y, en tren de recomendar, hay que mencionar la carta de pescados de Café Vinilo y las pizzas de Allegretto. Definitivamente, Valparaíso me encantó. Probablemente no tenga los atractivos de los grandes centros turísticos. De hecho, contra lo que muchos piensan, no tiene playa. Para eso hay que moverse unos quince minutos hasta Viña del Mar, donde están las arenas bañadas por heladas aguas del océano Pacífico. Mi hermano Agustín fue con su novia unas semanas después y su relato fue tan breve como contundente: “No nos gustó Valparaíso, sí Viña”. En fin, una muestra de que los viajes también son lo que nos pasa mientras viajamos.

UN DÍA EN LA CIUDAD

Si en lugar de un mes el viajero sólo estará un día en Valparaíso, la recomendación es básicamente no tener un plan estructurado, todo lo contrario. Eso sí, algunas guías vienen bien: en caso de estar en auto, dejarlo estacionado y moverse a pie o trolebuses. Ir directo a la plaza Aníbal Pinto y desde ahí caminar por los cerros Alegre y Concepción, tomar alguno de los ascensores para tener una vista panorámica de la ciudad, almorzar en alguno de los tantos restaurantes que hay y tomar un café en cualquiera de sus bares.

Si da el tiempo, dar un paseo por La Sebastiana, la casa de Neruda. En caso de tener al menos una noche, una opción interesante es La Máscara, donde se pueden escuchar bandas que hacen covers o bien bailar en una pista separada. Otra opción es probar algunas de las tantas cervezas que ofrece El Irlandés.


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